lunes, noviembre 12, 2007

Raymond Chandler: la austera sencillez de la ficción



Vive en el 615 Edificio Cahuenga, Hollywood. En el Boulevard Hollywood cerca de Ivar. Su teléfono es Glenview 7537.
Tiene una habitación y media. La media habitación es una oficina dividida en dos salas para recibir gente. Siempre deja la recepción sin llave por si se presenta algún cliente y quiere sentarse y esperar. Es una suerte para nosotros: podemos esperarlo. La lluvia arrecia. El agua llega a la altura del pavimento de las aceras y una fina película acuosa cubre la superficie. No sería nada grato tener que esperarlo a la intemperie. Probablemente esté emborrachándose en algún bar de poca categoría y no vendrá sino hasta la madrugada.
Su nombre es Philip Marlowe y es detective privado. No siempre se llamó así, hubo quienes lo conocieron como John Dalmas, Ted Carmady, Malvern y Mallory. Finalmente entendió que era inútil ocultarse en otros nombres, y se acostumbró al de Philip Marlowe. Sabía que era su carta de presentación la que lo delataba una y otra vez: la respuesta ingeniosa e invariablemente pendenciera, el cigarrillo colgando de la comisura de la boca, la rebeldía, el sombrero apenas ladeado, los mismos modales duros, desafiantes.
Antes de montar su propio negocio trabajó en la oficina del fiscal de distrito de Los Ángeles, a las órdenes de Taggart Wilde, donde fue despedido por esa misma insubordinación que hoy lo convierte en el mejor detective que se pueda comprar... y el más barato: apenas veinticinco dólares diarios, más gastos. Como mucho, eso podrá sumar cincuenta dólares y un poco de gasolina.

Llega con el cuello del impermeable levantado y el ala del sombrero baja. La lluvia ha mojado la parte de la cara que quedaba descubierta.
Sin decir palabra, como si no hubiese reparado en mí, se quita el abrigo y saca el pañuelo para secarse. De igual modo se libró del sudor del rostro, el cuello y el dorso de las muñecas la primera vez que visitó al general Sternwood en aquel invernadero en el que el millonario se había confinado para atender su salud. En esa ocasión el encargo había sido un asunto de deudas: un pagaré extendido por una de las dos hijas del general —ambas iban a la perdición, aunque por caminos separados y ligeramente divergentes—, un vulgar caso de extorsión que devendría en varios asesinatos.
—¿Un trago? —me pregunta.
No espera respuesta, va hacia la cocina.
Con la ventana abierta desde ese sexto piso el aire de la noche entra a raudales con una especie de dulzura añeja que todavía recuerda los tubos de escape de los automóviles y las calles de la ciudad.
Olfateo con disimulo mi vaso. Copio los movimientos que he visto en Marlowe alguna vez. El trago tiene el olor adecuado. De todos modos espero a que él beba antes de hacerlo yo. Retengo el bourbon un momento en la boca antes de tragarlo. No hay cianuro.
Noto que Marlowe sonríe, creo que ha percibido mi desconfianza.
Se oyé el ruido de la lluvia golpeando en las paredes.
—¿Y bien…? —dice al fin.
—Busco información de Raymond Chandler —le suelto sin más vueltas—. ¿Ha oído hablar de él?
No me pregunta las razones de mi búsqueda, me evita inventar mentiras torpes.
Esta es la crónica de lo que escuché aquel día entre tragos de bourbon, cigarrillos rubios y un ejemplar de El sueño eterno. La austera sencillez de la ficción más que la enrevesada trama de los hechos.

Raymond Chandler nació en Chicago en 1888. Como ha sucedido con muchos grandes escritores, comenzó escribiendo poesía. Vivía de la indulgencia de un tío que lentamente se iba quedando sin indulgencia.
—¿Sabía usted que Chandler era poeta? —dice Marlowe.
—No habría apostado un dólar —contesto.
Con movimientos lentos, Marlowe abre un cajón y me pasa un ejemplar de The Westminster Gazette.
Busco la fecha: 1° de marzo de 1912.
No puedo creer lo que veo. Me esfuerzo en ocultar mi sorpresa.
—Chandler tenía algo más de veinte años para aquella época —me dice Marlowe, que ha adivinado mi desconcierto.
Leo:
El rey
por Raymond Chandler
La noche cortó con cuchillo de sombra
el reino del sol por la mitad;
el amanecer rojo con ella entra en lucha;
vasallos míos, a ambos abrazo.
Los marineros cantan junto al mástil,
la tempestad azota la turbia espuma,
pero yo, el Rey, camino raudoh
acia la proa, para guiarlos a casa.
Soy el amante dedicado a las lágrimas,
soy el cínico frío y sabio,
soy el fantasma de años nobles,
soy el profeta envuelto en rabia.
Soy el templo olvidado
que se desmorona en la cima de un monte salvaje;
soy el dios fresco y radiante
a quien las religiones jóvenes veneran.
La perfección buscada de tantas formas
es a mi cargo, bestia en un establo;
lunas innumerables miran desde mis ojos;
mundos innombrados se sientan a mi mesa.
Mi mirada está en el mediodía espléndido,
en la orquídea dorada que florece al sol;
mi frente es como la laguna del sur,
y todas las estrellas están a mis pies.
Mares perdidos lloran: yo hice su canción.
Tierras perdidas sueñan: yo les concedí el éxtasis.
La tierra es antigua, y la muerte poderosa;
más fuerte soy yo, el verdadero Romance.

—Jamás lo hubiera imaginado —le digo a Marlowe—. Es un buen poema.
—Tal vez el mejor —dice él, me pide la revista y la vuelve a su cajón—. No quisiera usted ver los otros. Chandler lo entendió a tiempo y prefirió alejarse de ese "arte luminoso" y meterse en su lugar, en el submundo del cuento.

Su primer cuento, "Los chantajistas no disparan", fue publicado por Black Mask en 1933.
La carrera de Chandler como poeta se interrumpió de golpe —acaso por la necesidad— en 1912. Las mudanzas y los empleos mundanos serían su nueva rutina por mucho tiempo. No escribió una sola página en veinte años.
Se desconoce qué extraño azar lo devolvió a las pistas: un día cualquiera comenzó a publicar otra vez. Ya no se trataba de poemas, también había variado el escenario: ahora publicaba para revistas baratas de crimen.
Edición de junio de 1938 de Dime Detective, con la publicación de "Bay City Blues", de Chandler.
En 1939 publicó su primera novela, El sueño eterno (The Big Sleep).
Ya nunca sería igual.
Sólo siete años después, con una fortuna ganada en Hollywood, compraba una lujosa mansión cerca de San Diego.
Acaso pocos autores de su generación hayan envejecido menos.
Era un escritor lento, de aquellos que sopesan bien cada palabra antes de pasar a la siguiente. No son muchas las novelas que publicó: apenas siete, muchas de ellas refundiendo cuentos que ya conocían los lectores de Black Mask y Dime Detective, revistas pulps que publicaban historias de detectives cínicos y desencantados.

No puedo apartar una idea de mi cabeza: poeta.
Me pongo de pie.
Marlowe me cruza el brazo, impidiéndome salir.
—¿Usted me ve cara de Cary Grant? —expulsa el humo por la boca.
Espera una respuesta que no tengo intención de darle. Yo ya he obtenido lo que necesito, no hay razón para permanecer un solo minuto más en esta oficina tan necesitada de aseo.
—¿Sabe? —insiste—, le escuché decir a Chandler que si alguna vez hubiese tenido la oportunidad de elegir al actor de cine que representa mejor mi imagen, habría elegido a Cary Grant.
Lo miro fijo:
Yo sé bien que, sin importar los deseos de Chandler, quién tengo delante de mis ojos es a Humprey Bogart.
Acaso Sam Spade, el investigar imaginado por Dashiell Hamett, principal competidor de Marlowe, también tenga la cara de Humprey Bogart.
—¿Quiere que le cuente un secreto? —me pregunta. Habla detrás del humo del cigarrillo.
—Este tal Chandler no es tan inteligente. Ha olvidado un asesino. En 1946, cuando se filmó El sueño eterno, ni el director Howard Hawks ni el guionista William Faulkner pudieron descifrar parte de la trama. Interrogaron a Chandler, desde luego, y lograron arrancarle una confesión: admitió que ni siquiera él mismo era capaz de decirles quién había matado a uno de los personajes.
Me libero de su brazo y salgo.
Ahora, mientras camino bajo la lluvia por el distrito comercial, refugiándome en los toldos de las tiendas, imaginó a Marlowe apurando otra botella de bourbon, padeciendo una terrible resaca. ¿Cómo decirle que Chandler ha hecho un trabajo estupendo, cómo hacerle entender que a Marlowe se lo quiere desde la primera línea?

martes, octubre 02, 2007

IN MEMORIAM





Conversando con Raúl Gómez Jattín
por Harold Alvarado Tenorio

Después de nueve años de ausencia, este Julio (1987) regresó a Bogotá, donde había consumido su juventud, el poeta y hombre de teatro Raúl Gómez Jattín (Cartagena, 1945-1997). Esta dilatada ausencia lo llevó por las tierras del Bajo Sinú, donde recorrió descalzo y a pie pueblos como Ciénaga de oro, Cereté, Lorica, San Bernardo, San Carlos, Ayapel, Sahún, etc.

Gómez Jattín hizo estudios de primaria y bachillerato en Cereté, Montería, Pamplona y Cartagena, y los universitarios, de derecho, en la Universidad Externado, donde hizo teatro con Carlos José Reyes. Ha dirigido dieciocho obras de teatro y actuado en otras veintidós. Su primer libro, Poemas, fue publicado en mil novecientos ochenta; para algunos de ellos han compuesto música Beatriz Castaño y Silvia Mejía, quienes lo han cantado a través de la república. Su último libro, Tríptico Cereteano (Retratos, Amanecer en el Valle del Sinú y Del Amor), aparecerá en las ediciones de la Fundación Guberek en Diciembre de este año.

Entiendo que su padre descendía de patricios cartageneros...

-Joaquín Pablo Gómez Reynero, mi padre, es sobrino en segundo grado del canónigo José Joaquín Gómez, fundador de la Universidad de Cartagena en 1827. Su hermano Raúl fue gran amigo del tuerto López, le diseñaba los libros y le dibujaba sus carátulas. Mi antepasado Tomás de la Cruz Gómez, tío en segunda línea ascendente de mi padre, fue ejecutado en 1783 en Lorica cuando el levantamiento comunero, y su cabeza fue expuesta en una jaula de hierro para escarmiento público. Mi abuelo José Joaquín Gómez fue contacto liberal durante la Guerra de los Mil Días y amigo personal del general Uribe Uribe, mi tío Carlos Gómez Reynero llevó la máquina Singer al Sinú.

Mi padre fue abogado, gran lector de Montaigne, de los novelistas rusos, de Shakespeare, de Balzac, de José María de Eça de Queiroz. Me legó una biblioteca no muy grande porque regalaba los libros a quien podía, pero si con joyas literarias como Las mil y una noches, que leí a los seis años, y una traducción de El Decamerón que aprendí a leer a los nueve. Desde muy niño se dedicó a mi educación intelectual y moral. Historia y filosofía, literatura, geografía y astronomía me enseñó Joaquín Pablo, pues adivinó y fomentó conscientemente mi vocación de escritor. Pero no pensó que fuera poeta, sino novelista. Fue periodista en Cartagena sobre temas educativos y de beneficio público. Escribía para El Universal.

¿Y los Jattín?

Los Jattín vienen de una aldea homónima cercana a Beirut. El 14 de Noviembre de 1900 mi abuelo Miguel, de apenas dieciséis años, llegó al puerto de Cartagena de Indias con tres hermanos mayores, una faltriquera de monedas de oro y un español un tanto atravesado y precario. Semanas después, por mar, se trasladaron hasta Lorica, en el bajo Sinú, y se dedicaron al comercio. Instalaron una factoría para vender telas, alambres de púas y grapas. Siete años después contrajo matrimonio con mi abuela Catalina Safar, natural de Sahleh, Siria. No hablaban español sociable, pero una gran colonia, que pronto se les sumó, permitió el desarrollo de la familia sin demasiadas tristezas. En Mayo de mil novecientos ocho nació Lola Jattin, mi madre.

Los Jattín hablaban francés y había una escasa biblioteca en ese idioma y en árabe. Mi madre me cuenta que de niña Miguel, el abuelo, le leía párrafos no escabrosos de Las Mil y una noches. La astucia para el comercio y su conocimiento milenario los enriqueció y otros jattin vinieron desde el Líbano.

A mediados de los años veinte mi madre y mi tío Miguel, el menor de la familia, fueron llevados en un viaje de placer por el Mediterráneo hasta la tierra de los orígenes familiares, donde permaneció mi madre por tres años, conociendo las costumbres no solamente del Líbano sino de Turquía, Egipto y la Arabia en general, y mi tío Miguelito fue internado en un colegio francés de Beirut, donde cursó el bachillerato en dos idiomas, el árabe y el francés.

Miguel Jattin, el abuelo, medía casi dos metros, de la estirpe de los árabes libaneses, de bellos ojos negros y de facciones nobles. Era generoso hasta casi ser dilapidador para ofrecer a sus hijos todos los placeres que fueran posibles. No fueron pobres los Jattin. Tenían el problema religioso de las desavenencias de las diversas sectas cristianas y, como árabes, ya conocían a los españoles. Mi abuela fue más conservadora y era de familia de menos recursos y cultura, pero era una mujer de una gran intuición de la vida y gran conocedora de las virtudes de las plantas.

¿Podría intentar un retrato de Lola Jattin, su madre?

- Lola Jattín tenía todas las virtudes y defectos de una princesa oriental. No era culta, a la manera occidental, aunque mi padre le enseñó inconscientemente, pero tenía la idea de un hogar fuerte y condescendiente, ante todo lo último, fuerte ante todo en el cariño y la protección de los hijos. Era de una gran belleza física y una gran estatura moral y una gran cocinera de los alimentos de su raza y cultura. Me mimó hasta el día de su muerte y crío nietos, los hijos de mi hermano Rubén, con la dedicación de una maestra. Hasta muy anciana, nosotros y Cereté todos la llamamos La Niña Lola. Desde muy niño me enseñó a comer la carne cruda, el ajonjolí, los pistachos, me enseñó y pulió una fuerte tendencia al placer con el comedimiento de la voluntad y de la necesidad del mejoramiento espiritual, me hizo bueno pero feliz.

Usted se educó en lugares diferentes de la costa...

- Mi padre fue un gran maestro. Cuando comencé a leer ya él había pasado la barrera de los cincuenta años y de memoria me repetía la obra de Darío y de López. Me enseño a injertar naranjos y a cultivar vegetales, a diferenciar un adjetivo de otro, él mismo me enseñó a leer. En Cereté fui a mi primera escuela, con una maestra genial, que dictaba clases a cursos de primaria y de bachillerato al tiempo. Esa mujer extraordinaria sabía desde las cuatro operaciones hasta las intimidades de Diógenes y Platón. Después estuve en el colegio de las monjas Capuchinas, con muchísimas mujeres, con centenares de ellas. A los seis años, mi padre, con el afán de educarme lo mejor que podía según sus recursos, me mandó a Montería y a los nueve, para curarme de una asma congénita, me enviaron a la colonia vacacional de Pamplona. De regreso de allí fui a Cartagena a vivir con Catalina Safar viuda de Jattin, mi abuela, que me odió pero enseñó a vivir.

¿Cómo fue su vida en Cartagena?

- El esplendor de Cartagena palió un poco el dolor de la separación de mi madre y de mi padre. Todos los días, después de salir del colegio, me escapaba a la muralla y al mar para recoger conchas y caracoles y a escribir una pequeña novela sobre mi madre y mi familia. Una novela de nueve páginas donde narraba la fuerza emotiva de mi madre, su relación a veces conflictiva con sus familiares y la separación obligada de unos hijos que tuvo de un primer matrimonio y mi soledad, mi desamparo en la casa de mi abuela, que quedaba en el centro de la cuidad, en la calle de la Mantilla, así llamada porque una dama de la época de la colonia se suicidó, ahorcándose con su mantil, al verse abandonada por el amante.

Cartagena tenía el esplendor arquitectónico que nunca imaginé existiera en una ciudad y tenía cines donde refugié mi soledad y mi imaginación. La primera película que recuerdo haber visto en Cartagena fue Velvet con la Taylor, luego vi decenas de filmes del Oeste. Yo veía hasta diez y doce películas semanales. Recuerdo que el 23 de Octubre de 1958 comencé a ver El último Cuplé, de Sarita Montiel, durante trece sesiones consecutivas, de esa artista española que admiro profundamente. En 1959 vi Vértigo, de Hitchcock, que me fascinó.

A los nueve años mi madre me enseñó a fumar y a los catorce un primo árabe me indicó los secretos del ron y de ciertos burdeles que él frecuentaba. Recuerdo uno, en especial, El niño de oro. El día que mi primo me llevó, había llegado un alegre grupo de quinceañeras. Le tuve tanto miedo al asunto que me orine en los pantalones. El burdel era de luces multicolores y de plantas tropicales, cerca de la parte de Tesca, rodeado de mar muerto y hediondo. Era un lugar lujoso y caro. Todavía recuerdo a una mujer de ojos verdes que me inspiraba una profunda timidez porque tenía algo maternal en su ánima.

Luego fue maestro al terminar su bachillerato...

-Mi padre gastaba todo su dinero en satisfacer los deseos de mi madre, que se compraba, prácticamente, un vestido cada día, tanto que decía que le iba a poner un trapoducto desde los almacenes del pueblo hasta las maquinas de coser de las modistas. Como no contábamos con recursos económicos suficientes para ese entonces, mi padre me convenció que fuera profesor de Historia y Geografía en los colegios de bachillerato. Yo tenía diecinueve años y me resistí durante varios días, pero al fin triunfó la persuasión y pude gozar del trabajo maravilloso de estar cuarenta y dos horas semanales hablando de Eurípides, Pandora, la Osa mayor, la forma geográfica de las Españas, de Italia, de África, a unos alumnos que muchas veces eran mayores que yo. Enseñé Historia y Geografía de primero a sexto de bachillerato en tres colegios donde la gente, venciendo la natural resistencia, aprendió a escucharme con generosidad y me preparó para mi futuro trabajo de teatro, de ocho años de actor, en el Externado, donde estudié derecho...

Hablemos de esa época cuando fue actor...

-Los primeros papeles que hice fueron cuatro cuentos adaptados de Los Funerales de la Mamá Grande, luego hice la adaptación de La prodigiosa tarde de Baltasar y un pequeño papel en Los baúles empolvados, de Reyes. Era muy tímido y no podía casi hablar en el escenario, pero me apasionaba mi trabajo y Carlos José fue siempre paciente y alentador. En mil novecientos sesenta y nueve me concedió un papel protagónico en Gran imprecación frente a los muros de la ciudad, de Dors. Y después trabajé, haciendo de madre superiora, en Las monjas, de Genet.

Para mí el teatro ocupa un lugar subsidiario, al lado de la poesía, en mi desarrollo personal, pero es algo que entraña un gran placer y una gran fuerza en mi vida de veinte años para acá. Me encanta ofrecer emociones con mi cuerpo. He representado incluso papeles femeninos, como dije arriba, y aunque desde mil novecientos setenta y uno empecé a dirigir mis propias obras, no significa nunca lo que mi alma ha alcanzado, como seguridad, en su desarrollo, en el trabajo de la poesía, que comencé a los veintiún años. He hecho también una adaptación de Eréndida y otra de Los arcaniences, de Aristófanes, también obras de Kafka y Cepeda Samudio. Al terminar mis estudios de Derecho me fui a vivir a Cereté..

Y tuvo el advenimiento de una nueva era...

La política había penetrado el teatro colombiano. Mi trabajo teatral siempre tocó lo mítico antes que lo histórico, lo estético antes que el detalle antropológico o sociológico. Soy ajeno y contrario a cualquier injerencia, de una actividad como la política, a la que considero de menor rigor intelectual que el arte, en el mundo de este. Las consideraciones políticas aparecen en las grandes obras de arte, no como una premeditación sino como una meditación y un reflejo secundario. Me sentía frustrado, no sólo por esto, sino ante todo porque se me agolpó todo lo que había visto sobre arte, sobre vida, y me sentí confundido y perdido y loco y tonto.

Me encerré en una pequeña finca que tenía mi padre en los umbrales del pueblo, con una biblioteca donde ante todo estaba la poesía, casi toda la poesía universal y perdí la relación coherente que había tenido con la vida y el arte. Mi imaginación poética empezó a nacer, dolorosamente. Lloré casi dos años mi infortunio mientras cultivaba mangos, calabazas y berenjenas. Me cuidaban mis sobrinos. Enloquecí totalmente, encerrado en la pequeña heredad. Mi padre comprendió. Mi madre sufrió. Mi hermano no entendió, él y su esposa me despojaron de los bienes que me dejo mi padre, incluso del seguro de pensionado de que yo disfrutaba a causa de mi enfermedad y de algunos solares en mi pueblo.

Los alucinógenos dieron alas y aire a mi imaginación de artista pero saturaron, de una manera mortalmente negativa, mis emociones. La muerte de mi padre fue seguida de un delirio mortal que me llevó a estar encerrado en un hospital mental durante cincuenta y seis días sin probar alimentos, sin acostarme, sin siquiera tomar agua. Pero ahí nació mi coherencia poética. Al salir escribí en unas semanas un pequeño libro que nunca publiqué. Humor negro liberándome de la tragedia de la locura. Volví a Bogotá y emprendimos con Carlos José y Miguel Durán el montaje de Final de partida, de Beckett. Montaje frustrado por un nuevo ataque a mi débil emocionalidad.

Siguieron nueve años, que han oscilado entre la mendicidad en las calles, el domicilio de aceras y parques y estancias más o menos prolongados durante once ocasiones en diferentes clínicas siquiátricas, pero no he dejado de escribir. La publicación, en mil novecientos ochenta, de un pequeño libro, promovida y realizada por mi amigo Juan Manuel Ponce, le dio un piso algo sólido a mi existencia. He trabajado en las clínicas siempre, he escrito por lo menos una tercera parte en las clínicas, si se me pidiera repetir la experiencia me negaría horrorizado, pero si me dijeran que renunciará a ella lo negaría rotundamente. La alquimia entre el dolor de la locura, mi frustración personal, el duro trabajo de leerme tantos libros, ver tantas películas y de escuchar el amado y difícil Joan Manuel Serrat que me enseñó a entender a Machado, y el duro esfuerzo de escribir diariamente quince o veinte páginas, dieron como resultado una cogida a mi obra poética, sobre todo de parte de los poetas Jaime Jaramillo Agudelo, y el difusor de la cultura y escritor Milciades Arévalo.

Después de estos ires y venires, ¿cuál es su concepto de poesía?

Como poeta pasional que soy, que me padezco, es mi problema trascendental la coherencia del poema. Siempre he envidiado la perfección conceptual de Machado o de Borges; considero a la poesía como un arte del pensamiento que incluye la filosofía, es el arte supremo del pensamiento, es el pensamiento vivido, trascendente e inconsciente, lo que agrava más su dificultad. Lo que otorga el verbo a los pueblos. La relación tradicional, desde el hombre primitivo y su lenguaje, ha sido esencialmente poética; la poesía es el pensamiento en su esencia primigenia, es el pensamiento mismo.

Soy un poeta que aspira a un rigor conceptual que me permita mostrar o demostrar una realidad, y a veces todo en una autonomía absoluta de la poesía, odio con miedo cualquier estética programática; quiero para mis compañeros poetas esencialmente libertad. Aspiro en mi obra a una claridad misteriosa, a un misterio que trate de dilucidarse a sí mismo, a una forma que se invente, no premeditada sino meditadamente, a un entronque con los grandes maestros, mis maestros de siempre. Platón, a quien considero incluso superior a Homero, más un poeta que un filósofo; Villón, que tanto fue amado por mi padre; mi adorado Rimbaud; Whitman, mi maestro moral en muchos aspectos; Machado, Kavafis, Pessoa, Borges y Paz.

Revista Papel de Luna, Bogotá, Febrero de 1988.

cocaina


martes, agosto 07, 2007





Leopoldo María Panero

PALABRAS PRELIMINARES

AUTOBIOGRAFÍA

Desde hace tiempo tengo una mujer, llamada orujo, llamada cazalla. Los alcohólicos necesitamos compañía, pero la bebida nos deja solos. Solos con el amanecer, y con lo que yo he llamado en mis poemas "la jauría atroz de los recuerdos": recuerdos de interminables torpezas, de desastres, degestos que sólo el alcohol nos hace ejecutar.
***
Ahora bien, la locura es no sé si una muerte en vida o un renacimiento. En cualquiera de los casos es un proceso humano y no marciano. Y la psiquiatría es la consideración no humana de lo humano.
Por el contrario, la literatura moderna es un texto sin nadie, un texto no-humano, pero un texto humano en su proceso de circulación social. Y escribir, ser otro hombre es todo lo que se puede —y ni siquiera eso— en un manicomio, donde se castiga hasta la menor irregularidad, hasta tener pajaritos en la celda, como el hombre de Alcatraz. La carrera moral del enfermo mental, como dijera Erving Goffman, es adelgazar hasta ser sólo un texto de antipsiquiatría y, hablando de paranoia, una maquinaria de tragar veneno.
Oh viaje difícil, oh labor improbus, oh experiencia límite de aquel que ha cruzado ya el límite. Y así, hasta llegar a la muerte de verdad, como perfecta experiencia límite. Y, siendo Jesucristo, o tal vez sólo un loco como en Ordet, de Theodor Dreyer, resucitar y ser un resucitado, y volver de la nada sin nada de abrigo.
Ah, el hombre al que nadie quiere, ah, el hombre sin nadie, el borracho en el límite del abismo. Ah, el hombre enemigo del hombre, el hombre que ya no es hombre, sino una equis en la ecuación. Ah, el temor más horrible, más horrible que un ángel es ser un hombre, alguien machacado por la vida, destruido por la letra: hubo aquí alguien que existió y se llamó "Panero".
***
Ahora bien, en el tribunal o en la cárcel se puede interponer una suplica, apelar, no así en lo que Foucault llamara el Estado del no derecho, del no ciudadano, del no-hombre o peor, medio hombre: "No hay derecho", como reza un adagio popular, no hay derecho por cuanto no hay humanidad: no hay más que unos hombres reducidos al estado de bestias, en el confín de lo humano, en el límite de lo escrito: y es así que el alcohol, o como aquí lo llaman el alpiste de los pajaritos, es tan obsesivo en los manicomios, porque somos una suerte de medio hombres, un alcohol sobredeterminado, porque en él influye, lo mismo que en el sueño, la desesperación.
***
La única revolución posible es la de la locura, si es verdad que, como dijera Rimbaud, hay que cambiar la vida, il faut changer la vie: hay que hacer salir a los muertos de los sepulcros: o, parafraseando a Spinoza, nadie sabe lo que puede la locura. (Spinoza: "Nadie sabe lo que puede el cuerpo")
***
Yo soy sólo entre colillas, soy la ceniza del poema en el que no creo, soy la ceniza del verso y del poema, soy el que vive sin tener ya sentido, "celui qui vivrá n'ayant aucun sens", como dice una profecía de Nostradamus, un labio: soy la ceniza del quise ser apagado como una colilla sobre el cenicero, como dije en una entrevista que concedieran al hombre que ya no es Leopoldo María Panero.
Y es así como firmo mis artículos, pero ya no creo en mí, como si debiera detestarme y ser sólo luz, la luz que nunca sufre, como decía Pedro Salinas. Y tanta cita para enmascarar un hombre que ya no es, que firma artículos con mi saliva, que se devana en el verso muerto, que ya no quiere ser otra vez, como con Francisco, el chulo del señorito, cuya carne comí el otro día; porque eras suave como el peligro, como el peligro de vivir de nuevo.
Ni una suave emoción aflora en mi rostro, y mis gestos son matemáticos, me comporto como una máquina, como un hombre sin rostro, lamido suavemente por la luna del espejo, por el hombre que es probable que exista, probabilidad de Luis Rosales, probabilidad de los muertos, luna del espejo.
Y así pasan los días engañando a la nada, engañando al hombre que no existe, y que camina sin piedad sobre la página, mientras arde el mar, y la niebla oculta mi sufrir, poemas del ingeniero, ceniza del sapo, bronce del cadáver.
Luna rota en el cenicero, mi único ser, mi único espejo, verso rimando el horror de la vida. Un paquete de Camel frente al espejo, mi rostro en un paquete de Camel, oh Vulcano, oh Juliano el Apóstata (I), oh nada del ser que al ser invita, oh Gorgias el sofista, que olvidó el grito de las gaviotas, oh ángel carroñero, espejo único del cadáver, del cadáver sonrosado del idiota. Oh castillo del ser, cadáver que se inclina para mirarme, bajo el ser de la nada, bajo el gusano apolíneo, bajo el rostro del Anticristo: éstas son las últimas palabras de Dutch Shoultz.
Tengo miedo de mí mismo, soy algo parecido a un verso de mi padre, ah terror del poema, terror del instante en que ya nada queda por escribir, y una mano sale de la tumba, señalando el camino, señalando el camino a nadie, ah boca del poema, humedad del verso, señor de la nada y de las formas, señor tenebroso del dolor.
DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS
Leopoldo María Panero (Madrid, 1948- ), poeta, narrador y ensayista, autor de una importante y desgarrada obra que para muchos le sitúa a la cabeza de los escritores de su generación. Su primer libro de poemas fue Por el camino de Swan (1968), al que siguió Así se fundó Carnaby Street (1970), Teoría (1973), Narciso en el acorde último de las flautas (1979), Dioscuros (1982), Poemas del manicomio de Mondragón (1987), Piedra negra o del temblor y Heroína y otros poemas (ambos de 1992). En prosa ha publicado En lugar del hijo (1972) y Dos relatos y una perversión (1984)

lunes, junio 11, 2007


Ko Un (Kunsan, 1933), hijo de campesinos pobres a los ocho años ya conocía los textos clásicos chinos, a los 15 encontró un libro al borde de la carretera que le reveló la intensidad de su propia emoción ante la poesía, a los 17 –tras estallar la guerra en su país- fue movilizado y esa dura experiencia le impulsó en varias ocasiones al suicidio, a los 19 entró en una orden budista para vivir de limosna, a los 25 publicó su primer libro y a los 29, tras ser jefe sacerdote del templo de Chondung, abandonó su comunidad. A los 30 años quemó todos sus manuscritos, y si bien a los 33 vuelve a publicar (Cantos a la orilla del mar), a los 34 se entrega a excesos alcohólicos, a los 37 intenta suicidarse de nuevo, a los 40 milita por los derechos humanos y crea la Asociación para la práctica de la libertad, a los 47 es arrestado por sospecha de alta traición y condenado a cadena perpetua, a los 50 es liberado, se casa y empieza a escribir con renovado ímpetu. Entre novelas y poesía ha publicado ya más de ciento veinte libros, ha obtenido numerosos premios y por dos veces ha sido nominado para el Premio Nobel




El delante del árbol


Mira, los humanos de espaldas.

Si Dios existe

ésta su forma

y de este modo?

Todo árbol

tiene un delante y un detrás.

No necesariamente por culpa de la luz del sol.

No necesariamente por el Norte y por el Sur.

Cruzo su delante y encuentro el árbol,

cruzo su detrás y me despido de él

y ya me falta, ese árbol.

No tiene palabras, el árbol,

pero siente palabras de amor,

tiende más hojas al soplo del viento.

Las hojas del nuevo año

son aún más verdes.

Y cuando el verano haya pasado

destellará allí,

con un rojo de fuego

que nadie podrá nunca igualar.

Con un rojo de fuego

al que ningún final de una amistad humana

podrá extinguir.



El camino


De ahora en adelante, esperanza.

Me falta el aliento,

de ahora en adelante, esperanza.

Si no hay camino

lo construyo mientras lo hago.

De ahora en adelante, historia.

Historia no como pasado,

sino como todo lo que es.

Del futuro, de sus peligros,

en mi vida presente,

hasta lo desconocido que viene,

y la oscuridad que viene.

Oscuridad

es solo ausencia de luz.

De ahora en adelante, esperanza.

El camino no existe.

Por esto lo construyo mientras lo hago.

He aquí el camino.

He aquí el camino,

y lleva siempre consigo, impecable,

numerosos mañanas.



La vela blanca


Nadie desea la tempestad, ¡esto es cierto!

Y, en cambio tú, blanca vela ahí fuera en el mar,

en lo hondo del corazón esperas que llegue la tempestad.

Porque sólo durante la tempestad

logras estar viva.

Oh, blanca vela paciente y nostálgica en el gran mar azul!

La lucha ha empezado.

Mi mirada no se aparta de ti.

Entre la hierba, bajo mis pies,

incluso una brisa suave es tempestad.