lunes, noviembre 17, 2008

Roberto Rubiano


Comencemos con una catarata de lugares comunes: Roberto Rubiano Vargas es uno de los mejores escritores vivos que tiene Colombia. Sin embargo, es uno de los más desconocidos. Lo lee una camarilla de iniciados que cultiva una pasión secreta por el cuento -un género que los tipos del departamento de mercadeo de las editoriales no quieren porque dicen que no se vende- y una pasión esotérica, casi demodé, por la literatura negra o policíaca. Rubiano se mueve entre esas dos aguas inciertas y a la fecha lleva a su cuenta tres libros de cuentos, una novela, dos libros infantiles y una antología de consejos para escritores por escritores, Alquimia de Escritor.

¿Por qué algunos de sus libros venden apenas medio millar de ejemplares, cuando se trata de narraciones de espléndida factura, hechas con oficio de escritor, de un escritor que tuvo muy clara su vocación desde muy joven y desde entonces no ha hecho más que prepararse y prepararse para su destino manifiesto, mientras que otros escritores manifiestamente mediocres venden hasta 30000?

La respuesta es muy simple: porque en la actualidad la literatura se ha vuelto más asunto de mercadeo que de arte, y Rubiano es pésimo para mercadearse a sí mismo. O por lo menos de eso lo acusan algunos de sus editores, quienes quisieran que se exhibiera más, que firmara más libros en librerías, que concediera más entrevistas (o lo que es peor, que se las lagarteara).

Esa posición de los editores confirma algo que cierta escritora amiga mía me dijo sobre cómo se alcanza el éxito ahora en este oficio tan difícil: lo que menos importa en un escritor moderno es que escriba. Lo que importa es que parezca un escritor. Saber escribir es una cualidad deseable pero prescindible. (Estamos hablando de que apenas escriba , no de que escriba bien. La obra de estos escritores de mercadeo modelo Jaime Bayly debe existir al menos como textura gráfica antes que como texto: y para el caso de que alguien decida leerla, debe tener el discreto nivel de un artículo provocador para una revista de Miami como Maxim). Lo que es imprescindible del escritor de mercadeo es que pose de escritor. En esta materia un escritor contemporáneo debe ser un experto. Debe llamar la atención con su ropa y sus compañías. También puede “epatar” con sus opiniones iconoclastas, pero esto último también es prescindible. Si opina sobre moda o sobre sexo, es útil porque sube las ventas. Pero si opina sobre, digamos, las patentes transgénicas y la biodiversidad, es mejor que guarde silencio: menos complicado y más útil. Un silencio bien administrado puede interpretarse como inteligencia y dar mayores resultados a nivel de mercadeo. Aún más útil resulta empelotarse en la portada de un pastiche, como hace Efraim Medina, cuyos libros apenas alcanzan la calidad de un largo artículo de la revista Soho (esa sí una técnica de masturbación para Batman y Robin) o publicar una ininteligible ópera prima mientras se anuncia una novela genial que se tiene en preparación. Esta novela genial puede ser un simple recuerdo de días de infancia contada de manera lineal, sosa y plana, literal, sin ninguna recreación, juego de tiempo ni profundidad alguna, como hace Santiago Gamboa: no importa. Si contiene suficientes alusiones al trópico, algunos recuerdos del abuelo sobre la dictadura o la frágil democracia y uno que otro juicio político común a nuestras sobremesas dominicales, será suficiente para llamarle la atención a algún despistado editor barcelonés.

Ahora bien, Rubiano NO es un escritor moderno (no posa de escritor) sino un escritor a la antigua: un escritor que escribe. Escribe con pasión, con método, con sutileza y con arte, y por lo tanto merece ser leído por lectores que lean con los mismos atributos. Es decir, lectores que no están en el espectro de los tipos del departamento de mercadeo de las editoriales. Los lectores que buscan los tipos del departamento de mercadeo son los llamados de nicho , es decir, que combinen poder adquisitivo, nivel social y gusto ecléctico, y para ellos se editan libros a su medida, libros que provoquen un leve boom de ventas y luego se olviden. Libros asimilados de alguna manera al periodismo, libros que se compren por su actualidad pero cuya relectura es prescindible, o peor aún, indeseable. Como los libros con largas transcripciones de entrevistas que le hacen a Antonio Caballero para recoger sus preciosas opiniones como en misa; el acto de comprarlas es una pulsión de consumo al pasar por la mesa de novedades de una librería de postín, igual a un antojo por un jamón: lo hojearán y lo dejarán enmohecerse en la mesa de noche hasta que alcance el nivel de los rimeros de periódicos viejos y vaya a parar a los tenderetes de libros de segunda en la calle 22. De estos libros lo que importa es que se vendan, no que se lean: es más, dudo mucho de que quienes los compran tengan ninguna intención de leerlos, ni mucho menos de releerlos. Pero sí de exhibirlos al desgaire encima de sus coffee table books, para que sus visitantes se enteren de que son tipos enterados.

Y Rubiano es justamente un escritor que merece releerse. Dije al principio de manera un tanto atrevida para este país de antropofagias, que se trata de uno de los mejores escritores vivos de Colombia. Y repaso la lista, excluyendo de ella al consagrado Fernando Vallejo y al monstruo GGM, y me sobran dedos: vivo está Germán Espinosa, que tiene una antología de cuentos monumental además de La tejedora de coronas. Y vivo está Antonio Caballero, que escribe sus columnas para la galería, y también posa de escritor, pero usa esta pose para seducir y no para vender libros, porque Sin Remedio, que es la novela de la Bogotá de los setentas pero sobre todo la novela de la bogotanidad, no necesita de ningún artilugio de promoción ya que es una novela magistral. Basta con que el editor le haga un poquito de ruido. Vivo también está Roberto Montes Mathieu (El cuarto bate), cuya escasa obra se lamenta. Y vivos están, cómo no, Abad Faciolince, cuyas novelas adolecen de editorialismo, exceso verbal y falta de autoedición, pero hierven, son vitales y van en vía de mejora, y el difícil Luis Fayad de Los parientes de Ester, y el prolijo Juan José Hoyos de El cielo que perdimos, y Laura Restrepo, de cuya obra se destaca sobre todo La novia oscura por su cuidadosa estructura, su bella factura y su extraordinaria anécdota. Dos paisas, dos caribes, cuatro bogotanos. Y pare de contar, a menos que hayamos de considerar literatura ese guión de dudosa sintaxis que es Rosario Tijeras. No están todos los que son pero sí son todos los que están. Entre los miembros de esta arbitraria lista no hay ninguno que pose como modelo: todos son escritores de misa y olla, y no de pasarela.

En efecto, desde muy temprana edad este bogotano sin remedio que es Rubiano supo que lo suyo iba a ser este destino un tanto incierto. Ser escritor es como ser torero: uno puede convertirse en figura mundial o seguir toreando de pueblo en pueblo, pero de todas maneras se juega el pellejo en cada palabra. Rubiano comenzó a torear muy temprano, hacia 1982, con un libro de cuentos llamado Gentecita del montón que le publicó Carlos Valencia tras hacer el normal tránsito por un premio de cuento de la editorial misma, y que hoy, como casi todo lo de Rubiano, es inconseguible. Rubiano ofrecía con él una perspectiva fresca de la sociedad colombiana, elaborada desde el ángulo de la bohemia local, a la manera de Andrés Caicedo. El valor poético de la vida anárquica, de seres insólitos que transitaban la vida en contravía, entre la droga, la rumba, la marginalidad o la subversión, era una temática novedosa entonces, cuando aún se escuchaban los ecos de la revolución beatnik en Colombia y era válido (casi que imprescindible) ostentar una posición progresista tirada a la izquierda, como lo que hoy día llaman en fútbol “volante de creación”. Profetas de nuevos modos de vida, hippies de la universidad Nacional, anarcos sin destino, mujercitas rumberas: muchos pichones de escritores actuales han abrevado en esa fuente en secreto, como si Rubiano hubiera descubierto de pronto que se podía escribir sobre esos personajes, que había una poética detrás de ellos. Hoy día esa temática luce un tanto anacrónica, pero Rubiano ha trasvasado algunos de esos personajes en sus cuentos modernos (“El gurú Mejía”, por ejemplo, en su libro Vamos a matar al dragoneante Peláez, de 1999), en donde el llamado modo de vida alternativo de las gentes de la Colina de la Deshonra (el barrio La Macarena de Bogotá en los años 70, detrás de la plaza de toros), adquiere una perspectiva madura, ya distante en la historia. Hay un escritor que acompaña a Rubiano en esa visión zurda de la vida bogotana, y es su íntimo amigo Antonio Morales Riveira, el brillante periodista hijo de Próspero Morales (Los pecados de Inés de Hinojosa), que figuraría en la atrabiliaria lista de arriba si hubiera hecho la tarea. Muestra de ello es su magistral cuento “El del ritmo no eras tú”, publicado en la antología El último macho donde se reúnen textos de tres generaciones de Morales. Mas no importa, seguiremos esperando la eterna novela en preparación de Morales, hasta el último día de la eternidad.

Felizmente Rubiano se aleja de esa temática marginal, que de alguna manera era estrecha de miras, como quiera que se deriva de un fanatismo, y lanza su declaración de guerra literaria con El informe de Galves, en 1993. En términos de mercadeo Rubiano fue durante los años 80 lo que los editores llaman “una promesa literaria”, criterio basado en la ecuación premios+corta edad= éxito+billete, y que José Saramago se ha encargado de denunciar en repetidas entrevistas con su habitual lucidez. Este síndrome de Rimbaud es en realidad una premisa falaz traída del mercadeo, según la cual un escritor joven vende más por el solo hecho de serlo, teniendo en cuenta como valor absoluto y como factor de ventas primero la juventud y luego la calidad. Por eso rara vez se tienen en cuenta en Colombia óperas primas de gente de más de 40 años, sin recordar que Conrad abandonó la marina mercante por la literatura ya bien entrado en los cuarenta y que gente como Vallejo, GGM y Mutis han producido sus grandes obras en la madurez.

Pero en lugar de infligirnos un alud de obra irregular para darles gusto a los tipos de mercadeo, Rubiano hizo dos movimientos extraños: se silenció durante unos años y se exilió en el Ecuador detrás de un amor (cuando lo políticamente correcto habría sido marcharse a París, lo cual tampoco garantiza nada, según ha podido verse en otros escritores contemporáneos). Tenía otras pasiones, además de la literatura, y probablemente no tenía nada qué decir aún (“aún” en los términos de tiempo de los editores). Sus otras pasiones eran a saber, la fotografía, el cine documental y la investigación. Produjo un par de libros fotográficos y expuso como artista, participó como investigador en libros sobre historia de la fotografía, fundó en Quito un bar de salsa que le da un mediano pasar (“Seseribó”), y trabajó en periodismo cultural y en edición. En el entretanto, tuvo tres hijos. Como consecuencia natural de este hecho en un escritor, produjo algunos libros infantiles, que se cuentan entre sus obras más vendidas, y curiosamente orientadas hacia la novela negra.

Pero estábamos hablando del Informe de Galves y la declaración de guerra hacia la novela negra. En 1993 Rubiano es ya un escritor preparado, aunque no necesariamente maduro, pero ha dejado pasar mucho tiempo desde la salida de su primer libro, y lo más grave, ha dejado de sonar. El informe de Galves pasó inadvertido, excepto para un (valga la expresión) nicho de lectores formado en la lectura del cómic moderno y en las novelas de Dashiell Hammet como Cosecha Roja. Su cuento “La muñeca de ébano” es un sutil homenaje a El halcón maltés . En este libro Rubiano se decanta por el género negro, abandonando las anécdotas de los artistas marginales, pero adaptando el género al trópico y más exactamente a Bogotá. Una ciudad de inmigrantes y de delincuentes, que no había tenido quien cantara ese ángulo suyo de mujer torva, dura y cínica, atractiva y fatal como un mal bolero.

Con Galves Rubiano alcanza la maestría en el manejo del cuento como género literario. Pero no del cuento corto, repentista, que está tan de moda como solución para exhibir el ingenio por parte de escritores y editores, sino del cuento profundo y complejo, matizado y largo. Un tipo de cuento rayano en la novela corta, pero de manejo mucho más difícil que la novela misma, porque sigue siendo un cuento, es decir, una flecha que se dirige hacia su destino sin desviarse en lo más mínimo y en busca de producir un efecto demoledor y no una serie de matices de sentimientos, según rezan los cánones de Horacio Quiroga y de Hemingway. Cuentos como “Los papeles de Juan de la Cuesta”, o personajes como Larsen, el protagonista de “Un editor pirata”, demuestran este aserto.

Pero esa maestría no le garantiza a Rubiano suficiencia en el terreno novelístico, porque se trata de géneros distintos. Una cosa es pintar un fresco social a través de unos personajes novelísticos y otra transmitir un sentimiento por medio de un cuento. Luego de una ardua separación conyugal, Rubiano vuelve al ring y produce Vamos a matar al dragoneante Peláez , segundo volumen de cuentos con una característica peculiar: son un recorrido por la historia de la Bogotá del siglo XX. Pinta las distintas épocas de la ciudad y es para mí su libro más logrado, mucho más que su novela El anarquista jubilado, del 2002. En el Dragoneante, este escritor que se autoadscribe a la novela negra pero es más bien un hiperrealista, logra mejores cuentos sobre tiempos históricos que actuales. El Dragoneante está ordenado cronológicamente, y su cuento mejor logrado es el primero, que transcurre en la época de la guerra de los Mil Días. Hernando, Elvira y Joaquín Perdomo se mueven en un ambiente denso de finales del siglo XIX, donde el honor es una apariencia y los canallas se aprovechan de los ingenuos que creen en él. Una historia de espionaje que transcurre a caballo, entre postas y cartas en alforjas de cuero llenas de secretos, conduce al protagonista a una trampa militar que despejará el camino del canalla hacia la mujer de sus sueños y enterrará de paso al partido liberal. Aunque pretenda enmarcarse en el género negro, este cuento traspasa ese estrecho marco y vuela mucho más allá, hacia la interpretación de la naturaleza humana, que es en últimas de lo que se trata esto de la literatura.

El libro avanza con cuentos representativos de cada década. Conocemos a míster Portila, un oscuro abogado encargado de cuidar un gringo que investiga en la Bogotá de los cuarenta y termina asesinado. A Máximo Frisone, escultor y anarquista de la época de la fundación del partido comunista en Colombia, hacia 1930, que intenta volar la fábrica de Bavaria enfrente del actual Museo Nacional, entonces cárcel. Al Gurú Mejía, personaje que descrestaba juventudes en la Universidad Nacional de los setentas y se convierte poco a poco en su propia sombra. Y a Culoetrueno, travesti y mesero de un peligroso bar gay del sur de Bogotá. Todo un fresco de la ciudad.

Rubiano y yo estamos en un coqueto restaurante de la Macarena bogotana, absurdamente caro y pretenciosamente parisino, un restaurante más de esos que se nutren de la memoria de Jaime Garzón y de la fama ya lejana que tuvo el barrio en su época de bohemia. Rubiano recorre con nostalgia estas mismas calles de andenes rotos, cubiertas de mierda de perro que tuvieron un encanto especial hace veinte años, cuando funcionaban bares como La teja corrida y El palomar en casas hoy abandonadas.

Entre bocado y bocado de prosciutto, Rubiano, que es un tipo alto y fornido, con físico de exciclista o de estibador de barcos, de tez mora y barba entrecana que le da un cierto encanto mediterráneo, me cuenta de los tres proyectos de novela que tiene en mente: uno sobre inmigrantes colombianos al Ecuador -vaya, qué original- otro sobre tráfico de obras de arte -me acuerda de Tintín y el arte alfa, cómic póstumo de Hergé- y una novela histórica. Salta ofendido, como si le hubiera echado alcohol en un ojo, cuando le digo que El anarquista jubilado es una novela más bien poco verosímil y de anécdota difícil de seguir, y que sus fans que hacemos procesión a San Librario para conseguir un ejemplar del Galves para regalar, esperamos una segunda novela que alcance el nivel de sus cuentos. “Pero si son cosas que me pasaron a mí” protesta, y entonces descubro que Mariana Llano, la bella cineasta que persigue traficantes de fauna y tiene sexo triste en El anarquista jubilado es el propio Rubiano, que estuvo haciendo documentales sobre ese tema en el Ecuador. A los traficantes de fauna se sobrepone una compleja trama de tres tipos que hace treinta años buscaban con un mapa de tesoro el cadáver de Camilo Torres para lograr la paz de Colombia, pero en el fondo, para hacer plata. Ahora los tipos están en orillas opuestas de la vida, el uno como traficante, el otro como ecologista y el tercero como borracho desilusionado de la revolución, que se la pasa leyendo a Shakespeare en la edición de papel biblia de Aguilar. Todo ello refuerza mi convicción de que la verosimilitud en literatura tiene poco que ver con la verdad realista, y devuelvo la conversación al tema de los proyectos de novela.

Rubiano me habla con pasión de su proyecto de novela histórica, que transcurrirá en planos paralelos entre finales del siglo XIX (como el cuento de Hernando y Elvira) y finales del XX. El mismo ejercicio del Dragoneante, que tiene unidad de estilo mas no de trama. Todo gran libro de cuentos es el germen de una gran novela, si el autor logra concretarla. Intuyo que si Rubiano logra concretar ese vasto proyecto de novela histórica, se consagrará, sin que importe su edad, la opinión de los tipos de mercadeo o las 600 páginas que tendrá el mamotreto. Juiciosito, me termino mi ensalada sin controvertir más, y muy dentro de mí oro para que Rubiano abandone el proyecto de los inmigrantes colombianos a Ecuador y se consagre a su gran fresco novelístico y me voy a mi casa a releerme Los papeles de Juan de La Cuesta, la historia de una edición príncipe de El Quijote perdida en Bogotá entre aristócratas sin escrúpulos, ladrones de antigüedades y un anarquista desesperado que quiere destruirla.


miércoles, agosto 13, 2008

JACK LONDON: LA LEY DEL MAS FUERTE


Por: Jose Angel Barrueco

Dos defunciones distintas jalonan la leyenda del escritor, idealista y aventurero Jack London: una muerte accidental y una muerte por mano propia, ambas tras larga enfermedad.
Corre el filo de la madrugada del 22 de noviembre de 1916. En el interior de la hacienda "Beauty Ranch", en Glenn Ellen, California, sobre el lecho, un hombre acabado combate la agonía de los dolores renales, el desasosiego del insomnio, la decadencia física y moral a la que el consumo frecuente de alcohol le ha empujado, la infelicidad conyugal, el desencanto y el rastro de una existencia dilapidada entre borracheras, derroches de fortuna e innumerables aventuras. En los últimos tiempos, para atenuar los padecimientos de la enfermedad, ha sustituido los analgésicos y el alcohol por la morfina y la heroína.

Se llama Jack London y la fama de sus cuentos y de sus novelas y su militancia en el socialismo han atravesado las fronteras y los países. Encima de la mesilla esperan las drogas. Con determinación y acaso el pulso tembloroso, y la frente perlada de fiebre y de los tormentos de la vigilia perpetua, toma en su mano la aguja y se inyecta una sobredosis de sulfato de morfina y de sulfato de atropina. La burla del destino quiere que ambas drogas actúen de forma contraria, luchando una contra la otra, lo que le depara, en lugar de una muerte súbita y sin dolor, una agonía de varias horas.

Acaso en aquellos momentos el escritor, atareado en la batalla contra el suplicio, alcanzara a recordar el hermoso final de su novela autobiográfica Martin Eden, donde, como en un oráculo literario, parecía haber configurado el que sería su fin. El escritor Martin Eden, inquieto e insomne en La Mariposa, el barco que navega rumbo a los Mares del Sur, y presa de los desvelos de la noche, salta al mar, tras descubrir el camino en unos versos de Swinburne. Su resolución es desconsoladora y uno de los finales más hermosamente tristes de la literatura: "Primero nadó un rato. Un bonito de los que siguen a los barcos le mordió y le quitó la carne. La Mariposa se alejaba. Dejó de nadar y se instaló en la vertical. Le rodeó como una hoguera radiante. Después, tenebrosidad". Martin Eden viaja a los Mares del Sur decepcionado por haberse traicionado a sí mismo: el ascenso a una clase social elevada, gracias a la fama que, después de una época de rechazo editorial, ha logrado con sus escritos, le proporciona la idea de que ha vendido su anterior vida de hambre y miseria por los regalos y el relajo de la sociedad que antaño despreciaba. Sin dejar un reguero de cartas de despedida ni testamentos, con el denuedo de un suicida sin vacilaciones, se arroja por la borda.

Tal vez Jack London recordara las últimas palabras que había escrito en aquella novela cuando se inyectó las drogas, sin detenerse a redactar manuscritos de despedida ni anotar en un diario su decisión. O tal vez, como cuenta otra de las leyendas en torno a su confuso tránsito, muriese de manera accidental, sin saber que aquel veneno mixto le empujaría aprisa hacia la tumba. En cualquier caso, y siguiendo a Borges, London "agotó hasta las heces la vida del cuerpo y la del espíritu. Ninguna lo satisfizo del todo y buscó en la muerte el tétrico esplendor de la nada".
Jack London había nacido cuarenta años antes, en 1876, en San Francisco, bajo el nombre de John Griffith, hijo de una espiritista soltera llamada Flora Wellman y de un astrólogo ambulante y periodista, William Chaney. El muchacho, dado el carácter enfermizo de su madre y la desaparición de su padre, fue criado por una antigua esclava, Virginia Pentiss. Pronto, Flora Wellman contraería matrimonio con un veterano de la guerra, John London, de quien John Griffith tomó el apellido.

Mientras comienza su educación, empiezan sus primeros pasos en el mundo de la miseria y el hambre. Con diez años ya vende periódicos en la calle durante la noche, hasta que llega la hora matutina de entrar al colegio. Desde entonces, junto al hambre como camarada que le roba la infancia antes de clausurarla, atraviesa un periplo en el que prueba en sus carnes los oficios más embrutecedores y dispares: ladrón de ostras, agitador político, contrabandista, pescador, soldado, marinero, buscador de oro en Alaska... Probó en sus labios la hiel del vagabundaje y, consumido por el escorbuto y el fracaso en su búsqueda de oro, regresó para iniciar una carrera literaria que iba a acarrearle fama mundial y una fortuna que derrocharía en viajes, borracheras, granjas y donaciones, siempre titubeando al filo de la ruina.

Jack London compagina su militancia en el socialismo con el descubrimiento de autores como Nietzsche, Spencer o Darwin. De estas lecturas contradictorias nace un personaje complejo; en sus obras se refleja su pasión paradójica por el individualismo nietzscheano y por el colectivismo socialista. De su trayectoria vital, como de una mina de la que extrajese oro, extirpa la materia aventurera que servirá de base literaria para sus cuentos y novelas. Algunas, como Colmillo blanco, Martin Eden o La llamada de la selva, han alcanzado por derecho propio el rango de clásicos.

London ha sido un hombre de acción y esa acción, esa supervivencia del hombre por salir adelante en un entorno hostil, cuaja con acierto en sus libros, narrados con sentido del ritmo y nervio. Con treinta años es el escritor mejor pagado de su país, y a lo largo de su trayectoria literaria publicaría más de cincuenta libros, convirtiéndose en lo que hoy conocemos como autor de best-sellers, pero dotado de un gran talento. Fue el típico escritor que ha vivido todo cuanto luego ha escrito. Su maridaje entre experiencia y literatura es completo. Pero no sólo se alimentó de filosofías contradictorias y aventuras en buques: de las bibliotecas desempolvó material abundante de lectura para perpetuar esa condición tan americana de "hombre hecho a sí mismo".

Todo su itinerario por los lados salvajes de la vida culmina aquella madrugada de 1916, en el lecho de su hacienda, carcomido por la ruina física y moral, con esa sobredosis que, acaso con el pulso tembloroso, se inocula para apaciguar el rigor de los sufrimientos. La frialdad con que su personaje Martin Eden escoge su punto final nos recuerda también al protagonista de El burlado, cuento de London recuperado recientemente en la antología de Suicidas. En este relato un hombre ve aproximarse su muerte mediante la tortura lenta y dolorosa, que sus enemigos acaban de infligirle a sus compañeros. Sabe que sólo la astucia y la elocuencia podrán granjearle una extinción rápida y digna, un pasar al otro lado sin llantos ni súplicas innobles.

De ese mismo modo, como su Martin Eden, como el Subienkow de El burlado, como el viejo indio ya inservible de Ley de vida que es abandonado a morir frente al frío del ártico y las manadas de lobos tras haberse convertido en una carga para los suyos, queremos creer que Jack London aceptó su destino, sin quejas ni llantos, con la determinación de quien se sabe vencido en esa lucha que marcan las leyes de la supervivencia. La ley de la selva y la ley del más fuerte.

domingo, mayo 25, 2008

LAS VISIONES DE FERNANDO DENIS


LAS VISIONES DE FERNANDO DENIS / NICOLÁS SUESCÚN

El poeta que hoy presento es una paradoja viviente: escogió para firmar sus libros un seudónimo tan común o más que su nombre verdadero —José Luis Gonzáles Sanjuán—, y a pesar de llevar una vida sórdida, por lo pobre, aunque no despreciable —como quiso calificarla uno de nuestros novelistas—, se ha proclamado prerrafaelista —esa sofisticada hermandad de pintores y poetas ingleses del siglo diecinueve de un romanticismo sensual y casi místico—, y se mueve, nos interna en sus poemas, en un mundo de enorme belleza: los mitos, los personajes y las imágenes de la literatura del mundo, pero sobre todo de Borges, de los prerrafaelistas, claro, y hasta de Christopher Marlowe —el genial dramaturgo inglés que quizás habría sido un digno rival de Shakespeare, de no haber sido asesinado a los 29 años en una riña de taberna—, y de ciertos pintores del romanticismo, como Turner, sobre todo Turner, cuya "…luz demencial que sueña en los espejos, /Monólogo de los crepúsculos bermejos / Fragatas incendiadas de mortales colores", le inspira el título y el tono de su primer libro, La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner, o Piranesi, ese grabador genial del siglo dieciocho, que "trazó la arquitectura de los infiernos".

Lo obsesionan ciertos temas —, los elementos, el fuego en primer lugar, la pintura, los colores, la noche, el infierno, los espejos, el doble y lógicamente para este férvido hijo del trópico, la nieve, los lagos de hielo, los hielos azules— y ciertos personajes de la literatura y el arte. El resumió esos temas, aunque dejando bastante por fuera, en la "Palabra liminar" para este deslumbrante primer libro, donde habla de "mi amor por el sueño, por los colores sin los cuales muere la mirada, por esa criatura que no conozco y que me invade infinitamente, por Borges, cuya genio importa una complejidad para las letras y la soledad del verso".

Denis llama a Turner, "hermano del fuego" y le pide que su espíritu "haga brotar llamas / En nuestras palabras". Este hermoso libro nos transporta a su "dorado" siglo diecinueve y consiste, añade con recato el poeta en "unos breves ejercicios". En un segundo libro —que después deshizo—, Leo casi toda la noche y viajo al sur en el invierno, título sacado de "La tierra baldía" de T. S. Eliot, tal vez el más famoso —y desolado— poema del siglo veinte, se desdobla el autor en Phileas —evocación, típica del sedentario soñador inveterado del famoso y muy práctico, aunque imaginado, viajero de Julio Verne, Phileas Fogg, que le dio la vuelta la mundo en 80 días—, Phileas Denis, entonces"un joven pintor del Caribe colombiano, viajero y ornitólogo", a la vez tallador que "con la mano del amor reinventa los colores" —y que viaja, en un bello homenaje a Aurelio Arturo, "al sur de fuego y madera roja nutrida por el fuego"—, al evocar a la "bellísima joven Magdalena que aparece en sus cuadros, cartas y memorias", y también a la región de "intensos azules" donde nació; que presencia cómo "regresa la noche a su lienzo y nos encierra"; y que en el cine, ese "salón de los sueños", siente "la extrañeza de una pared donde empieza el mundo".

En Ven a estas arenas amarillas, como tituló aquellos poemas para su segundo libro, Phileas Denis, ese "pintor de aves y viajero" imaginario, ese doble soñado, llega pues, creador de ensueños y de fantásticas imágenes, "al país de la metáfora, / Donde todo es pintura, esplendores / Que se apagan sobre el verano de tantas costas / Para quedarnos a morir aquí, / En estos aposentos del sur / Donde nació el mejor de los poetas". En este libro, tan rico en vívidas metáforas como el primero, el personaje del poema "De uno que vio a Circe", dice haber sido:

"…prisionero de unos brazos que conocen el vasto
Deseo del mundo, de unos cabellos que caen
Sobre mí todavía, como la lluvia de oro de Zeus
Entre acantilados vertiginosos, enrojecidos bosques
Y arenas amarillas. Fui cautivo de unos ojos
En cuya hoguera aún arden poemas de Homero.
Es imposible atravesar estos bosques antiguos
Y su magia
Sin que esta insoportable dulzura pueda matarte…
Y este deseo de volver a la isla sé que
Enloquecería a cualquiera."

Esos bosques antiguos y su magia, esas arenas amarillas a donde nos invita este poeta son pues la literatura, de Homero hasta Borges, y la que inspira la poesía "embriagada de metáforas" de este enloquecido portador de una personalidad múltiple que pinta esas —entre muchos otros fantásticos paisajes—, visiones increíbles —ese "juego de círculos y laberintos"— de Giovanni Battista Piranesi, autor de aquellas "impresiones caprichosas de cárceles", que previó en sus fantásticos grabados arquitectónicos de las ruinas subterráneas en la Roma del siglo dieciocho la opresiva atmósfera de nuestro tiempo. En sus oscuros grabados de cavernosas bóvedas, un difuso rayo de sol crea un espacio casi palpable, repleto de enormes arcos que se entrecruzan en forma ilógica, de escaleras y gigantes jarrones, candelabros, lápidas, trípodes y ornamentos, criptas y rejas, puentes levadizos y ominosos aparatos de tortura. El color está ausente en los grabados, y la impresión que causan es la de que ese monstruoso y sobrecogedor mundo subterráneo es una imagen del subconsciente colectivo, como lo son los poemas, llenos, desbordantes de color, ellos sí, de Fernando Denis, este feliz habitante del "país de la metáfora". También, como las pesadillas de Piranesi y las visiones de Turner, la poesía de Denis está signada por un fuego infernal. Como el Dédalo de uno de sus poemas, el poeta es un hechicero que llega "desde los confines donde nada es real" y "todo es pintura, esplendores de fuego".

Denis ha ido añadiendo a su poesía nuevos personajes, en este segundo libro: Remedios Buendía, por ejemplo, a quien le escribe una carta desde un cuarto de Macondo donde el poeta espía los crepúsculos; la Mohana, en cuya cabellera "se esconden los secretos de muchos"; pero sobre todo Tamerlán, y su amada Zenócrate, aunque no los personajes de la tragedia de Christopher Marlowe, sino transformados por la desenfrenada imaginación de Denis: Tamerlán, el cruel, "Azote de Dios y Terror del mundo" como se describe a sí mismo en la obra de Marlowe, conquistador del Asia central, de Rusia y de Persia, ávido de poder, pero que en los versos de Denis "observa metáforas" como cualquier poeta, y sufre de portentosos delirios, de los que lo salva, amante romántico y sensible, el recuerdo de la amada; y ella, la hija del sultán del ardiente Egipto, en el poema de Denis se desliza en su trineo "rompiendo hielos azules", como si viviera en Noruega. Cabe añadir que Marlowe fue tan libre en su interpretación de los personajes históricos como lo es Denis con los suyos. La historia para el genial dramaturgo inglés, los personajes de éste según Denis, son apenas medios para dar libre juego a sus visiones poéticas, pero en ambos está la esencia del conquistador, solo que en Denis en una forma indirecta, visto por su amada. Así, ella dice, hablando de su esposo, en un poema del libro, todavía sin título, que ahora está escribiendo:

"En su espada hay el sueño y la magia, hay un talismán
Que horroriza; su luz me aterra, enceguece a los hombres.
Por la noche el sueño no le da reposo, lo desgarra.
Imagina que ya es un dios, que es suyo el infinito.
Pero en mis brazos no es más que un hombre solo
Ardiendo en el lecho, temblor y amor
Mientras de los astros cae la nieve".

Platón, con Nietzche, el más poético de los filósofos, decía que los poetas eran mentirosos y los expulsó de su república ideal. Pueden ser mentirosos, pero lo son en una forma muy peculiar, pues se las arreglan para decir la verdad. ¿Puede haber mejor descripción que la de estos versos del poder desnudo del conquistador y a la vez del poder avasallador del amor? Y hablando de amor, de verdadero amor, ¿es posible definirlo con más ingenio y humor que éste, el más corto de los poemas de Denis, titulado "Ajedrez":

"Blanca o negra la tinta
Con la que escriba tu nombre
Siempre ganarás nuestra partida"?

Pero hay otra clase de amor —espiritual, se podría decir— el amor a la verdad y la belleza, que impregna toda la poesía de Fernando Denis, y cuyo dominio, doloroso y placentero a la vez, él imagina en William Turner:

"Un mar de ardiente fiebre calcina mis sentidos,
Mi pecho es una ciega tempestad invisible,
Siento en mí los escombros de ese sol imposible
Y el amor, el más hondo que se haya resistido,
Muero de luz en esta tarde sola del mundo,
Pasaré al horizonte incesante y profundo."

—Nicolás Suescún

sábado, marzo 01, 2008