jueves, noviembre 02, 2006


Chukri: “Yo me he casado con mis lecturas, mis escritos y mis amigos.”*

Mohamed Chukri le pide al camarero que traiga 'una botella del mejor vino que haya', y el camarero, que ha entendido perfectamente a Chukri, aunque éste haya hablado en castellano, trae una de Médaillon, un cabernet de la zona de los Uled Thaleb, en Benslimane. Chukri prueba y aprueba el vino. '¿El primer trago del día?', pregunta el periodista con una sonrisa que indica que sabe que la pregunta es tonta y la respuesta negativa. 'No', responde Chukri. 'Esto es vodka', dice señalando el vaso con un líquido blanco que bebía antes de la llegada del periodista. 'Aquí ya me he tomado tres; y en mi casa, un whisky de Chivas para desayunar'. Chukri dirige la mirada a un plato con rodajas de plátano bañados en otro líquido y añade: 'Y eso tiene un poquito de Baileys'.
PREGUNTA. Usted siempre ha bebido mucho, ¿no?
RESPUESTA. ¡Ufff! ¡Barriles! Tabernas enteras, bodegas enteras, grandes bares, pequeños bares, restaurantes, burdeles, hoteles... He bebido sin parar.
P. Y sigue bebiendo.
R. ¡Claro! Mi cuerpo lo soporta hasta ahora. Y a mi edad no tengo nada que perder. Nada que perder, oye.
Chukri nació en una aldea del Rif en 1935, en la época del Protectorado español en el norte de Marruecos, y desde su juventud vive en Tánger. A sus 67 años es un tipo de cabello leonino y canoso, amplia frente cruzada por una cicatriz, bigote de puntas caídas bajo una nariz de halcón y ojos chicos y tan vivos e inteligentes como tristes. También es una leyenda viviente de la literatura magrebí y árabe. En 1972 escribió El pan desnudo, el furibundo y doloroso relato de su infancia y adolescencia en el rebelde y miserable Rif ocupado por los españoles y en el Tánger cosmopolita de la época internacional. Fue el retrato de un lugar y un tiempo desde el lado de los que limpiaban botas, vendían cigarrillos de contrabando, trapicheaban con quif, cometían pequeños hurtos o se prostituían con los extranjeros. Luego, en Tiempo de errores, Chukri contó su extraordinario esfuerzo para convertirse en escritor desde su condición de pícaro analfabeto. Ahora cuenta un puñado de historias tangerinas, autobiográficas una vez más y de las que te golpean al hígado, en Rostros, amores, maldiciones, recién publicado en España.
P. Rostros arranca con los personajes del bar Granada, unas prostitutas llamadas Lala Chafika, Malika, Fati... Usted ha ido mucho de putas, ¿verdad?
R. ¡Mucho! Antes yo podía follar dos o tres veces al día con mujeres distintas y luego hasta me masturbaba antes de dormirme. Cuando tenía 19 años, hubo un día en que eché nueve polvos. Claro, ahora sólo una o dos veces al mes, ya no estoy tan en forma. Pero las putas de antes eran más cariñosas y tenían cultura, al menos tenían cultura oral. Sabían contar historias, ¿entiendes? Como Fati, Fátima, marroquí pura, de Larache, que todavía vive en Dinamarca. Y las de antes tenían tiempo. Las de ahora ponen el reloj y ni disimulan: 'Son quince minutos'.
P. ¿Hay algún gran amor frustrado en su vida?
R. He tenido algunos amoríos. Pero yo me he casado con mis lecturas, mis escritos y mis amigos. Y si me casara algún día con una mujer, no querría tener un hijo. Temo comportarme como mi padre se comportó conmigo, ¿entiendes? Siempre he vivido con ese complejo.
El padre de Chukri era un desertor del Ejército colonial español que ataba al niño Chukri a un árbol y le azotaba con un cinturón de cuero, y que un día, en un arrebato de cólera, estranguló hasta causarle la muerte al hermano de Chukri. Chukri contó esa historia, y el odio al padre que enraizó en su alma, en El pan desnudo. Y lo hizo del mismo modo directo y descarnado con el que ahora habla en Rostros de las prostitutas del Granada o de Alal, el hijo que le hace una felación a su anciano padre para evitar que se case de nuevo y tener que compartir su herencia. Así que sus temas y su estilo le han convertido en un escritor maldito, en un escritor que ha sido comparado al norteamericano Bukowski y al cubano Pedro Juan Gutiérrez. Pero la condición de maldito es aún más explosiva en el mundo árabe y musulmán. En 1989, Chukri fue condenado a muerte por el régimen de Jomeini y en los noventa sus obras fueron prohibidas en Egipto por la presión de los ulemas.
P. Cuando salió la traducción al castellano de El pan desnudo, Juan Goytisolo escribió que usted había escrito la primera autobiografía árabe honesta, sincera, verdadera. En el mundo árabe es rarísimo el que uno proclame públicamente sus debilidades y sus vicios. ¿De dónde le viene la fuerza?
R. Las autobiografías árabes, que se cuentan con los dedos de una mano, están escritas con pocas confesiones. Yo, para escribir mi trilogía autobiográfica, me he servido más bien de ejemplos occidentales, como san Agustín y sus Confesiones, Jean-Jacques Rousseau, Somerset Maugham, Colin Wilson, Les mots de Sartre, Juan Goytisolo y Coto vedado... Estas lecturas me han dado coraje para expresarme. Sabemos muy bien que la literatura árabe clásica era más libre que la de ahora. Ahora abundan los tabúes. Pero en la época preislámica y al principio del islam había una literatura, como Las mil y una noches o El jardín perfumado, que tenía más libertad de expresarse. Hubo una decadencia en la cultura árabe, sobre todo cuando los árabes salieron de España, hace cinco siglos. Se perdió la libertad de expresarse y reinaron el fanatismo y la religión. Y la religión lo ha matado todo, ¿entiendes? Los tabúes matan la libertad, la creación.
P. El fanatismo también quiere matarles a Salman Rushdie, Naguib Mahfuz y usted.
R. Sí, vamos para abajo, no para arriba. Pero esto no me para, no es el muro de Berlín, ni es la Muralla de China. Esto no me impide seguir escribiendo lo que escribo. Si a mí me ataca un loco por la calle y me da una puñalada y muero, me importa un pepino. Porque tú te vas pero la idea queda. Yo no busco el martirio, pero si me toca la mala suerte, pues que toque. No tengo miedo de seguir escribiendo tal como escribí el primer libro. Yo también llevo conmigo un cuchillo. De gran tamaño. No quiero irme solo al cementerio. Que vayan conmigo uno o dos, oye. Puedo llevarme por delante uno o dos de esos locos. No me voy solo.
P. Cuando le he contado a algunos amigos de la burguesía tangerina que venía a la ciudad para entrevistarle, me han dicho: '!Oh, no, Chukri da tan mala imagen de Tánger!'.
R. Claro, los compatriotas son a veces... Bueno, yo te voy a hacer otra pregunta: esta gente que te dice que Chukri da una mala imagen de Tánger, ¿quiénes son esta gente? Son gilipollas, gilipollas sociales. Que te invitan a un tayín, un cuscús o una harira en sus casas y no han leído ni media docena de libros. Yo he leído cuatro mil libros y puedes creer en mí más que en ellos. A ti te invitan a un tayín y a pasarlo bien y a fumar unos pitillos de quif o de hash, pero, oye, no te van a convencer con esto, ¿no? Lo que te convence más es la palabra. Al principio existió la palabra. Éstos son cagones, no han realizado nada en sus vidas.
P. Vale, Chukri. Hablemos, pues, de Tánger. Hubo tres grandes ciudades cosmopolitas en el Mediterráneo árabe: Alejandría, Beirut y Tánger. A Alejandría se la han cargado el nacionalismo y el islamismo, pero con Beirut y Tánger aún no han podido, aunque las han dejado pachuchas. Tánger sigue siendo diferente, libre y canalla. ¿Tú cómo definirías Tánger?
R. Hombre, Tánger es una ciudad mítica. Y el mito no se explica. Si lo explicas cesa de ser un mito. Tiene sus secretos.
La conversación se desarrolla en el tangerino hotel Ritz, que no tiene nada que ver con los lujosos Ritz de París y Madrid. Allí tiene su oficina Chukri, allí recibe por las mañanas. Y mientras el escritor y el periodista almuerzan y charlan, la botella de Médaillon mengua a marchas forzadas. La charla es en castellano, lengua que Chukri, como tantos tangerinos, habla con fluidez y gracia.
P. Chukri, a usted se le nota que le gusta mucho España.
R. ¡Hombre, hombre! Yo he tenido aquí grandes amigos españoles, a partir de los gitanos y los andaluces, que eran como nosotros, marginados. Y también he tenido maestros, profesores y escritores españoles que han sido y son mis amigos. Pero nunca he tenido un amigo francés. Francamente. Y con los ingleses y norteamericanos era otra cosa. Era para follarles y para follarme. No físicamente, espiritualmente.
P. ¿Lee a escritores españoles?
R. ¡Claro! Y también he traducido poetas españoles. He traducido poemas de Bécquer, los Machado, Vicente Aleixandre, Gabriel Celaya, Lorca, Labordeta, Susana March... Los he traducido al árabe.
P. ¿Y cuál es su escritor español favorito?
R. Ahora me da la impresión de que América Latina ha superado a España. Con Juan Rulfo, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa... Esos nombres no tienen equivalentes en la actual narrativa española. Pero admiro a Juan Goytisolo y Torrente Ballester. Y de los clásicos, soy un gran admirador de Cervantes.
P. ¿Los lee en español?
R. ¡En español! ¿En qué voy a leerlos?
Con la botella de tinto vacía y los estómagos apaciguados, Chukri y el periodista se van a la casa del escritor, un ático en un inmueble próximo al Ritz. Chukri sube los cinco pisos a pie -no hay ascensor- y sin dejar de fumar. La casa es un rastrillo de ropas, vajillas, aparatos electrónicos anticuados, libros, folletos y fotos de Chukri con escritores: Paul Bowles, Alberto Moravia, Jean Genet, Goytisolo, Tahar Ben Jelloun... Hay también un retrato bien visible del líder rifeño Abdelkrim. Chukri enseña a su invitado sus propios libros, incluidas las 48 traducciones a otras tantas lenguas de El pan desnudo, y su colección de muñecas inválidas -así las llama él-; muñecas a las que les faltan ojos, brazos, piernas, cabezas.
El periodista le ha traído a Chukri dos botellas de vino Málaga, una de parte del arabista Bernabé López García, que vivió muchos años en Tánger, y otra como regalo propio. Chukri abre una, sirve dos vasos generosos y pone en el vídeo una casete. Es una emisión de Apostrophes, el programa televisivo de Bernard Pivot, de hace 20 años y aún en blanco y negro. Chukri estaba invitado -'fue mi primera salida de Marruecos'- a hablar del odio al padre con motivo de la aparición en Francia de El pan desnudo. 'Ahora', dice, 'comprendo mejor a mi padre. Su violencia venía de la violencia y la miseria en la que vivía Marruecos bajo el colonialismo. Cuando me escapé de casa, yo vivía en los cementerios para no ser violado por los mayores'.
P. Pero la cosa no ha mejorado tanto tras más de cuarenta años de independencia. Las ciudades marroquíes están llenas de niños, adolescentes y jóvenes que viven en chabolas, se ofrecen como guías, venden chocolate, se prostituyen o hacen de alcahuetes, sueñan con emigrar a Europa en patera.
R. Ahora es casi peor, oye. Y yo sigo hablando de eso. Estoy considerado un escritor pornográfico en el mundo árabe porque hablo de la sexualidad. Pero intento dar algunos valores en mis libros.
P. ¿Qué valores?
R. Yo estoy comprometido socialmente. Me inclino a defender a las clases marginadas, olvidadas y aplastadas. No soy Espartaco, pero creo que todas las personas tienen una dignidad que tiene que ser respetada. Aunque no hayan tenido oportunidades en la vida.
P. En el Tánger de los años cuarenta, cincuenta y sesenta vivieron o recalaron personajes como Paul y Jane Bowles, Truman Capote, Cecil Beaton, Tennessee Williams, Gore Vidal, William Burroughs, Allen Ginsberg, Jean Genet, Alberto Moravia, Jack Kerouac... Era la época del Tánger bohemio, del Tánger jet-set, del Tánger beatnik, del Tánger de los globe-trotters. Y, sin embargo, usted dijo una vez que esos extranjeros venían a Tánger 'como quien va a ver saltar a un mono de árbol en árbol'. ¿También piensa eso de sus amigos Genet y Bowles?
R. No lo pienso de Genet, que era auténtico, pero sí de Bowles. Él vino aquí en busca de un Marruecos naif. Le hubiera gustado que Marruecos siguiera como en los años treinta. Bowles no amaba a los marroquíes, amaba a su propio Marruecos. Casi todos esos extranjeros de la época dorada de Tánger venían aquí en busca de exotismo y placeres, para fumar quif y hash, para tener chicas, chicos... Yo no estoy en contra de esa gente, pero a mí no me dieron la oportunidad de vivir como ellos. Lo malo era vivir en el otro lado. Lo malo era la humillación de los que vivíamos en el otro lado. A mí también me hubiera gustado vivir esa buena vida. Pero la buena vida de esa gente era a costa de aplastar a los demás. Y aplastar a los demás es algo primitivo, ¿entiendes?
P. Pero Bowles le hizo un regalo: tradujo al inglés El pan desnudo.
R. ¡Hombre, un gran regalo!
P. ¿Cómo trabajó con Bowles en la versión inglesa de El pan desnudo?
R. Yo lo traducía en mi cabeza del árabe a mi español y se lo iba dictando. Bowles, que hablaba un buen español, mejor que el mío, lo iba escribiendo en su español y luego lo traducía al inglés. Oye, un moro y un americano se entendían entonces en Tánger en español.
P. ¿Está escribiendo algo nuevo ahora?
R. No, estoy corrigiendo cosas viejas. Oye, te voy a hacer una confesión: yo quiero matar la fama que me dio El pan desnudo. Escribí Tiempo de errores y no se murió. He escrito Rostros y tampoco. El pan desnudo no quiere morir. Y me aplasta. Me siento como esos escritores aplastados por la fama de un solo libro. Como Cervantes con Don Quijote, o Flaubert con Madame Bovary, o D. H. Lawrence con El amante de Lady Chaterley. El pan desnudo sigue sin morir, el hijo de puta. Los niños por la calle no me llaman Chukri, me llaman El pan desnudo. Ese libro me dice todos los días: 'Aquí estoy, vivo'.
P. Así que va a seguir intentando matar El pan desnudo.
R. ¡Claro! Yo soy cabezón. Soy Aries. Sabes que el lobo te va a comer, pero le das cornadas. Rostros no es mi despedida de la escritura. El escritor nunca se despide hasta que lo llevan a su tumba.
P. Y usted no tiene la intención de irse pronto a la tumba.
R. !No, no, no!
Vaciada la primera botella de Málaga, Chukri abre la segunda.
* Entrevista realizada el 5 de octubre de 2002 por Babelia.

Dylan Thomas, bohemio y borracho irredento
JAVIER MEMBA

De Dylan Thomas bien puede decirse que su precocidad fue directamente proporcional a su prematura muerte. Bohemio y borracho irredento, alcanzó la genialidad a través del caos, dejando tras de si una obra en la que se registran las resonancias más diversas: desde los metafísicos del siglo XVIII hasta los surrealistas. En palabras de William York Tindall, se valió de Freud para dar "una nueva dimensión a la "Biblia".
El hombre que habría de inspirar su nombre artístico a Bob Dylan nació en Swansea (Gales) el 27 de octubre de 1914. Fue su padre un profesor de la misma escuela en la que el futuro poeta se formaría, si bien la piedra angular de su obra sería la tradición celta. Apenas contaba doce años cuando causan sensación sus primeros versos, pero su primer libro -"18 poemas"- no aparece hasta 1934. A diferencia del resto de los poetas de su tiempo, preocupados por las cuestiones sociales, los versos de Thomas llaman la atención de la crítica por cuanto de mágico y oscuro hay en ellos A la sazón, el joven escritor ya es un veterano reportero del "South Wales Evening Post".
Una referencia obligada
En 1936, el mismo año que contrae matrimonio con Gaitlin MacNamara y aparece su segundo libro -"Veinticinco poemas"-, Thomas es una referencia obligada en la nueva poesía inglesa. Esto no le salva de una precaria situación económica. Ya borracho empedernido, encuentra la lucidez en el alcohol. El licor sería su camino hasta la tumba. Tan buen rapsoda como poeta -todos sus biógrafos señalan que para él la comunicación poética debía de ser oralidad-, en 1939 da a la estampa "El mundo que respiro" y "Mapa de amor". Declarado no apto para el servicio cuando estalla la guerra, el escritor demuestra ser un excelente guionista y comentarista radiofónico. Tanto es así que no tardará en comenzar a escribir los comentarios de algunos documentales cinematográficos.
La que para muchos es su obra maestra -"Defunciones y nacimientos"- aparece en 1946. Finalizada la guerra, viaja en varias ocasiones a Estados Unidos, donde su prestigio es tan grande como en Italia y escribe un guión cinematográfico -"El doctor y los demonios" (1953)- que nunca se llega a realizar. En uno de sus viajes a la otra orilla del Atlántico, cuando se dispone a redactar el libreto de una ópera de Igor Stravinski, sufre un hemorragia cerebral a consecuencia de su alcoholismo y fallece el 9 de noviembre de 1953.
Estrecheces económicas
Son por lo tanto póstumas publicaciones como "El bosque lácteo" (1954), drama que concibe para una emisión radiofónica, la novela incompleta "Adventures in the Skin-Trade" (1955) y las compilaciones de ensayos, narraciones y textos radiofónicos reunidos bajo los títulos "Quite Early One Morning" (1954) y "A prospect of the Sea" (1955). Once años después aparece una selección de su correspondencia, en la que se da fe de cómo toda su vida fue un continuo debate contra las estrecheces económicas. A la sazón, la crítica especializada ya ve en Thomas a un poeta cuya influencia en la lírica inglesa del pasado siglo sólo es comparable a la de Auden.

martes, octubre 17, 2006

lunes, octubre 09, 2006






Con una mano escribo y con la otra me sostengo
Por Roberto Rubiano Vargas
El vino, el licor, el trago, o sea todos esos fermentos de frutos y cereales que alteran la percepción, son parte de una amplia farmacopea que el hombre ha utilizado -desde que vive en sociedad- para celebrar sus alegrías o calmar sus ansiedades. Por lo menos así lo registran los vestigios de vida cotidiana que reposan en los museos del mundo. Copas del más variado diseño, botellas y alambiques testimonian que desde hace miles de años la humanidad se emborracha con lo que puede. En Dinamarca, proveniente de la edad de bronce, se encontró un recipiente que contenía los restos de una bebida hecha de la fermentación de cereales. «Para obtener una tosca cerveza -menciona Antonio Escohotado- basta masticar algún fruto y luego escupirlo; la fermentación espontánea de la saliva y el vegetal producirá alcohol de baja graduación».
Las leyendas orales, los primeros versos conocidos, la Biblia y otros libros de origen sagrado y ritual mencionan una y otra vez la presencia de productos embriagantes en la dieta cultural de la humanidad. «Ay de vosotros, los que os levantáis de mañana a beber vino y llegáis a la noche ebrios de vino» (Isaías, 5.11). Un cronista de América, Waman Poma de Ayala, recuerda en el siglo XVI: «De como avía borracheras y taquíes (danzas ceremoniales) y no se matavan ni reñían; todo era holganza y hazer fiesta».
El alcohol como uso ritual, como diversión o como recurso de autoflagelación, tiene una larga lista de usos y costumbres. Hacia el año 1000, Snorri Sturlusson, en su Saga de los jefes del valle del Lago, se queja de que «los jóvenes desean quedarse en casa, sentados junto al fuego, llenándose la panza de hidromiel y cerveza. Por ello la valentía y el ardor se hallan en plena decadencia…». La religión católica, pese a condenar el consumo del alcohol, incluye el vino en su ceremonia principal para hacer a sus feligreses sangre y carne con el Mesías. En la tradición griega tiene a Dionisio, que en la latina pasa a llamarse Baco. Dos caras para la misma deidad de la borrachera.
El licor como rito sagrado de transformación personal tiene una larga relación con la literatura. Malcolm Lowry, uno de los autores fulminados por el alcohol, considera que «la agonía del ebrio encuentra su más exacta analogía poética en la agonía del místico que ha abusado de sus poderes».
En todo caso, sea como combustible de trabajo para algunos escritores o ingrediente químico para memorables personajes de novela, la lista de libros escritos bajo los vapores del alcohol o de ilustres escritores beodos es tan larga como la propia literatura. Aunque no cabe decir que literatura sea sinónimo de borrachera, sí puede creerse que sin el vino y sus celebraciones tal vez se habría perdido una buena parte del patrimonio literario de la humanidad.
No todos los escritores son borrachos y muchos han llegado a cuestionar moralmente el licor. Catulo, poeta y borracho declarado, cantaba las glorias del vino pero también se burlaba del alcoholismo de sus contemporáneos, y de sí mismo, en el siglo I de nuestra era. Boccaccio describió con palabras precisas -«No hay nada que sea tan deshonesto que no pueda ser contado con palabras honestas»- los placeres de la cama y de la mesa así como la picaresca del siglo XIV en los cuentos de su Decamerón, antes de sufrir una transformación espiritual que lo llevó a renegar de esta obra. Tolstoi y Chejov despreciaron a los bebedores. Sin embargo, el proyecto de libelo antialcohólico más célebre puede ser el de Fedor Dostoievski (tahúr y bebedor él mismo, hijo de alcohólico), quien se propuso redactar un pequeño folleto en contra del alcoholismo titulado Los Borrachos y terminó escribiendo Crimen y castigo, una de las novelas esenciales de la literatura rusa del siglo XIX.
Cada literatura tiene su propia tradición alcohólica. El vino fue compañía inseparable del dramaturgo Lope de Vega, el poeta Francisco de Quevedo y, en general, del siglo de oro español. En su reciente saga sobre el Capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte rinde homenaje al insigne poeta bizco, espadachín, burlón, borracho y mujeriego al dibujarlo en su ambiente natural de oscuros mesones y duelos a muerte con acero desnudo. Del mismo modo, la poesía francesa del XIX estaría incompleta sin Baudelaire y sin el licor de ajenjo. Sin el whisky habría sido imposible la existencia de Malcolm Lowry, quien en su relato Cruzando el canal de Panamá regaló las palabras que dan título a este escrito. El irlandés James Joyce también era adicto al whisky y Samuel Beckett, quien fue su secretario por un tiempo, heredó su gusto por las altas aguas escocesas. Sin el ron, a la obra de Ernest Hemingway le faltaría octanaje, y Robinson Crusoe habría sufrido mucho de no haber sido por los tres barriles de ron que Daniel Defoe le hizo salvar del naufragio. Hasta los escritores más insensibles a la botella se han interesado en algún borracho en cierto momento de su carrera, para incluirlo en sus obras como personaje.
EL BAR DE LOS ESCRITORES
Resulta obvio que el vino sea la bebida más relacionada con la literatura, porque después de la cerveza es una de las más antiguas formas de la ebriedad conocida por la humanidad. Lo probó Homero en el siglo I, bajo la forma de la retsina griega que también emborrachó a los amigos de Lawrence Durrell en Corfú, antes de la segunda guerra mundial, según lo contó su hermano Gerald, biólogo y humorista, quien hizo un amplio retrato de la familia Durrell en varios de sus libros. Se sirvió con abundancia bajo la forma de champaña en las fiestas en las cuales dilapidó su fortuna Alejandro Dumas y con moderación en las escasas visitas que recibió Marcel Proust, un autor que vivió de noche y durmió de día.
La mayoría de escritores ha dejado una pequeña receta para el gran catálogo universal de la ebriedad. Raymond Chandler, el maestro de la novela negra y borracho profesional, dejó la receta del gimlet en su más acabada novela, El largo adiós. Escribió Chandler: «El verdadero gimlet está hecho mitad de gin y mitad de jugo de lima de Rose y nada más. Deja chiquito al martini». A su vez Hemingway, en Islas en el golfo, incluyó su propia receta del daiquirí, que esencialmente consistía en eliminarle el azúcar. El maestro Faulkner, cuya afición a la botella se materializó en casi todos sus libros plagados de humo de tabaco y violencia, nunca dejó de destacar entre párrafo y párrafo el buen whisky de centeno, característico del sur de los Estados Unidos. Claro que la mayor parte correspondió a whisky destilado ilegalmente; como se nota en su relato Cuestión de leyes, «... no estaba dispuesto a permitir que ni George Wilkins ni nadie viniera a la región en la que él había vivido durante 45 años y se pusiera a hacerle la competencia en un negocio que, desde sus comienzos, venía trabajando cuidadosa y discretamente por espacio de 20 años; desde que montó su primer alambique (...) No tenía miedo de que George lograra robarle parte de su clientela de siempre con aquella especie de bazofia para cerdos que había empezado a fabricar hacía tres meses y a la que llamaba whisky».
El ron, bebida de recios hombres de mar, pertenece con propiedad a la literatura del Caribe, aunque en el siglo XIX emborrachó a los piratas que acompañaron al tigre de la Malasia en su aventura libertadora narrada en muchas novelas de Emilio Salgari, a los marineros de Robert Louis Stevenson y a los aventureros de Jack London. Hemingway equipó al viejo Santiago que luchó durante tres días con el gigantesco pez devorado por los tiburones, en El viejo y el mar, con una pequeña dosis de buen ron cubano. También está presente, de manera discreta, en algunos pasajes de Alejo Carpentier y bajo la forma de daiquirís y mojitos en Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. Fue cantado en la poesía de Nicolás Guillén y bebido por los jóvenes juerguistas de las últimas páginas de Cien años de soledad.
Existen bebidas muy regionales, como el pisco, que se encuentra en Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa. «¿Cuándo se jodió el Perú, Zabalita?», una de las más largas bebetas de la novela latinoamericana, pues está situada de principio a fin en un bar de Lima llamado La Catedral. El pisco está presente en la obra de otros escritores peruanos como José María Arguedas y en no pocos cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Aunque el cuento alcohólico esencial para este último, también bebedor y empedernido fumador (tanto que escribió un libro Sólo para fumadores), es Las botellas y los hombres, un encuentro entre un hijo arribista y su padre calavera durante el cual viven una larga borrachera de patético final que empieza con cerveza, sigue con pisco y termina con «champán».
Otra bebida andina, la chicha, está presente en la obra de Jorge Icaza, de Arguedas y de Manuel Scorza. También acompañó las noches de bohemia pueblerina de Julio Flórez, el Jetón Ferro y otros poetas que escamparon de la guerra de los Mil Días en las chicherías donde se reunía la Gruta Simbólica a declamar los chispazos y versos festivos que caracterizaron la literatura bogotana de comienzos del siglo XX. Literatura de borrachos pueblerinos. En el caso del ecuatoriano Icaza, la chicha, el aguardiente y la cerveza son un recurso dramático para hundir a sus personajes, como el chulla Romero y Flórez, en el fondo de la desesperanza social donde habitan. A diferencia de Lowry, que considera la saga alcohólica una elección individual, Icaza recurre al alcohol como a un látigo para fustigar la miseria de la cultura andina.
Horacio, en Rayuela, ofrece vino francés «de la casa» a los clochards junto a los puentes del Sena. Y con sus amigos del «club de la serpiente» lo consume con generosidad. Luego, en Buenos Aires, con Traveler y Talita, sigue bebiendo vino argentino para matizar tanto mate. Más al sur de los Andes, en El lugar sin límites, de José Donoso, la Japonesita y la Manuela le sirven vino chileno a don Alejo en un prostíbulo perdido en medio de los viñedos de la región vinatera austral. O más exacto sería decir en medio del infierno, el lugar sin límites.
Cerca de este sitio, entre la tierra y el cielo, está Jorge Luis Borges, un autor cuya obra está llena de personajes que beben y sin embargo dejan la sensación de que no son un elemento de interés para el autor, sino tan sólo un recurso más de su juego literario. Son cuentos habitados por cuchilleros y borrachos que beben «copas», beben «ginebras», toman «cañas». Como los hermanos Nilsen, de La intrusa, borrachos, pendencieros y asesinos pasionales, que matan a la mujer que comparten para no dañar su relación filial. Es que en el amplio bar de los escritores todo cabe, todo vale.
OTRAS VOCES, OTROS TRAGOS
De las bebidas de otras latitudes podemos mencionar el vodka, que inspiró a Dostoievski y produjo repulsa al médico y cuentista Antón Chejov: «El ruso es un cerdo -escribió éste en una carta de viaje, en 1890-: si le preguntan por qué no come carne ni pescado, lo achaca a la ausencia de transporte. Sin embargo se encuentra vodka hasta en los pueblos más apartados de Rusia, y en la cantidad que a usted le plazca...».
La cerveza, la bebida alcohólica más antigua del mundo, tiene un amplio listado de escritores adictos a ella. Empezando por los japoneses, quienes beben una variante de la cerveza que no tiene gas ni hace burbujas: el sake. Mishima, Oe, Tanizaki o el medio británico Kazuo Ishiguro hacen brindar una y otra vez a sus personajes con sake. Obviamente entre los autores cerveceros hay que citar a Günter Grass, aunque éste en sus libros parece más inclinado al aguardiente alemán. Baudelaire la odiaba -«Se trata de una bebida extraída de los excrementos de la ciudad»-, pero en cambio a Ernst Jünger (alemán también) le gustaba recordar el lema de una embotelladora: «La cerveza vuelve la sed agradable». Y Rousseau en su Emilio le acreditó diversos beneficios para la salud: «Ese hombre nunca ha bebido otra cosa que cerveza corriente; siempre se ha alimentado con verduras y nunca ha comido carne, salvo en ciertos banquetes que ofrecía la familia. Al presente tiene 113 años, oye perfectamente, tiene buen aspecto y camina sin bastón». En la actualidad la cerveza se consigue en abundancia (y enlatada) en esos moteles baratos y bares de mala muerte frecuentados por los personajes de Raymond Carver y Richard Ford, los más destacados autores de la reciente «literatura de garaje».
Entre la larga lista de tragos regionales cabe mencionar el aguardiente colombiano, cuyo más destacado proveedor literario es el antioqueño Manuel Mejía Vallejo. Sus personajes lo consumen con el mismo entusiasmo con que su creador solía hacerlo. Jairo, en Aire de tango, bebía un trago de aguardiente antes de lanzar sus certeros cuchillos directo al pecho del enemigo. Las puntas ecuatorianas, un destilado de caña (alcohol al 98%), junto con la chicha, son parte del Chulla Romero y Flórez de Icaza. El tequila tiene un amplio catálogo bibliográfico, que va desde Los de abajo de Mariano Azuela hasta Bajo el volcán, aunque como recuerda Vicente Quirarte, «La Revolución no bastó para que el tequila se impusiera como bebida nacional». Los amigos de Ramón López Velarde bautizaron el estreno del vate como cronista con una botella de coñac. En su novela La batalla en el desierto, ubicada en pleno despliegue alemanista, José Emilio Pacheco subraya la urgencia de la clase media por acudir a bebidas extranjeras y «blanquear el gusto de los mexicanos».
COMBUSTIBLE LITERARIO
Cada escritor tiene, o tuvo, el trago que se merece. El vaso que acompañó sus cuitas de amor, sus momentos de depresión ante la incapacidad de iniciar una nueva novela, o la celebración de un nuevo contrato o algún premio literario. Pues siempre, en una u otra forma, el licor está junto a los escritores: como inspiración, como evasión o como diversión.
Entre aquellos con vocación para escribir bajo los vapores del alcohol se destaca John O'Brien, autor de Leaving Las Vegas, novela sobre un borracho que decide morir desocupando botella tras botella. O'Brien, en la vida real, ayudó al alcohol a cumplir su mortífera labor pegándose un tiro. Pero el más destacado, sin duda, es Malcolm Lowry, quien no sólo llevó a cabo su obra borracho sino que elevó a categoría estética la larga borrachera del cónsul de Cuernavaca, protagonista de Bajo el volcán, su novela más conocida. Incluso un acucioso investigador literario hizo una relación de la diversidad y el número de tragos consumidos en esta novela, que es una obra de culto entre lectores y escritores del mundo entero. En ella se consumen todos los tragos occidentales, vodka, gin y whisky. Abundantes cantidades de tequila -«sabe a agua oxigenada o gasolina», dice uno de los personajes que dialogan con el cónsul mientras lo toman acompañado de sal con chile anaranjado- y diversas variedades de mezcal, la brava bebida mexicana que puede producir entre bebedores poco expertos alucinaciones y otras variantes psicodélicas.
Aunque la embriaguez, el equívoco y la vida maldita fueron expresión del romanticismo de Shelley, Byron y demás colegas de fines del siglo XVIII, en realidad el protagonismo de los escritores borrachos, alcohólicos y perdidos vino a darse con el proceso de industrialización del siglo XIX. Un ejemplo típico es el de Edgar Allan Poe, quien murió víctima del delirium tremens en la puerta de una taberna. Charles Dickens, el cronista de la miseria urbana, hizo un retrato más bien patético de esos desalmados personajes abusadores de niños en Oliver Twist. Emilio Zola, a su turno, presentó la brutalidad del proletariado víctima del vino y la explotación patronal en Germinal.
Resulta curioso mencionar que la palabra «anarquía», que algunos comentaristas de libros relacionan con la vida de los escritores bohemios y borrachos, no tiene nada que ver con la realidad. Como nos recuerda Hans Magnus Ezemberger en El corto verano de la anarquía, los anarquistas eran personas de hábitos muy regulares, con compañeras o compañeros fijos y casi cero alcohol en su vida, el vino sólo era para cenar y poco más. Así que entre el anarquismo y la dipsomanía no existe relación alguna.
Otra cosa es ir contra la corriente, o lo que hace unas décadas se llamó contracultura. El ajenjo, un licor que caracterizó la contracultura del siglo XIX, fue adoptado por poetas como Baudelaire, considerados malditos por la academia, que veía en sus aberrantes costumbres un delito contra la tradición cultural francesa: «Nada puede igualar, oh botella profunda, / el penetrante bálsamo que tu panza fecunda / guarda para el poeta de las piadosas voces». A esta generación de «flores del mal» pertenecen poetas como Verlaine y por supuesto el más maldito de todos, el joven Rimbaud que escribió, como se dice, su obra completa de un tirón y después se fue a traficar armas, marfil y toda clase de mercancías ilegales al África.Otra generación bañada en el alcohol industrial fue la que Gertrude Stein bautizó como la Generación Perdida. El grupo de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ford Maddox Ford y muchos otros que utilizaron el París de entreguerra para vivir de las ventajas del cambio de moneda y absorber el bagaje cultural que no existía en el provinciano Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX. En uno de los cuentos de París era una fiesta, Hemingway refiere que cuando trabajaba en su hotel de Montmartre «guardaba una botella de kirsch que trajimos de la montaña y echaba un trago cuando se acercaba el fin de un cuento o el final de una jornada de trabajo». Sin embargo, Scott Fitzgerald fue el más destacado borracho de este grupo. Murió a los 46 años, en Hollywood, mientras trataba de reanudar su fallida carrera de guionista cinematográfico, víctima de un paro cardíaco. Estaba borracho al momento de morir.
Después de esta generación siguió la generación Beat de la posguerra. Escritores que comenzaron a probar toda clase de embriagantes y estimulantes. Allen Ginsberg, Jack Kerouac o William Burroughs abrieron otra dimensión a la embriaguez y los estímulos a la percepción. Si bien se iniciaron con estimulantes bélicos como la benzedrina o la anfetamina, y fueron de los primeros experimentadores con el ácido lisérgico, siempre y sobre todas las cosas, se distinguieron por ser un grupo de ebrios militantes del alcohol en todas su variedades.
El patrón supremo, Jack Kerouac, el más destacado narrador de la generación Beat, hizo una abundante obra literaria de tumbo en tumbo. Fue tan prolífico que escribió una novela, Del campo y la ciudad, en un largo rollo de papel para no perder tiempo con el cambio de hoja. Cuando mecanografiaron el rollo de manera normal dio una extensión de casi mil cuartillas. Su vida fue una larga borrachera ambientada por los sonidos originales de una música que influiría en todas las generaciones posteriores: el jazz interpretado por otro famoso borracho: Charlie Parker, sobre el cual -para completar la simetría- Cortázar escribió su conocido relato El perseguidor. Jack Kerouac falleció de una manera típica para un alcohólico: una hemorragia interna producto de la ruptura de las venas del esófago que no pudo ser controlada pese a las 17 transfusiones que le hicieron.
Muerte parecida tuvo el irlandés Dylan Thomas, uno de los grandes poetas británicos de este siglo y conocido borracho. Murió en Nueva York, en el legendario Chelsea Hotel (habitación 206), antes de un recital, víctima de un ataque cardíaco. En este mismo hotel trabajó (borracho) O'Henry y murió (bebiendo) el poeta irlandés Brendan Behan. También bebieron (y escribieron) durante diversas épocas Tennessee Williams y Vladimir Nabokov. Por contradicción, el único que no se mató ni se drogó y casi ni bebió en él fue el padre de todos los vicios, don William Burroughs, quien opinaba que el Chelsea Hotel «Parecía haberse especializado en muertes de escritores célebres... (sin embargo) era un hotel sin problemas, aunque pasaban montones de cosas... asesinatos, suicidios, sobredosis...».
Los hoteles son lugar favorito de los escritores para vivir, para beber y para escribir. La lista es muy amplia y no caben sino unos pocos ejemplos. En hoteles vivió Jean Genet y por supuesto un impenitente borracho llamado Charles Bukowski. Hemingway escribió en el Dos Mundos de La Habana y en el Crillon de París. En moteles pasó mucho tiempo Raymond Carver y en moteles se desarrolló gran parte de la obra de Kerouac.
Después de este autor y de la generación Beat, se desencadenó una frenética utilización de fármacos, licores y productos para machacarse el coco. Entre los años sesenta y el presente, la humanidad conoció más variedad de formas químicas para disfrutar de la alteración de los sentidos, que todas las culturas humanas anteriores. Por eso hoy la perdición no tiene ese toque de genialidad que se le atribuyó en el pasado. Ahora ser periquero o borracho no garantiza la genialidad ni nada parecido. La creciente pasión por la obra de un poeta como Raúl Gómez Jattin afortunadamente debe más a su calidad que a la afición de su autor por la marihuana y el Tres Esquinas.
SERVIR A DOS SEÑORES
Para escribir bajo los efectos de la ebriedad se necesitan condiciones culturales específicas. Tal vez una de las muchas diferencias entre el sistema de trabajo de los anglosajones y los hispanoamericanos es que mientras los primeros escriben en medio de la resaca o en la turbulencia de la borrachera, los segundos parecen necesitar que la ebriedad y el trabajo estén separados. Lawrence Durrell, autor del Cuarteto de Alejandría, por ejemplo, pese a su conocida capacidad para absorber alcohol era capaz de componer y dejar lista para imprenta una novela en siete semanas de trabajo.
La energía para el trabajo, en condiciones alcohólicas, es muy común en los escritores anglosajones, pues su educación calvinista les impulsa a cumplir responsablemente con su cuota diaria de palabras escritas sin importar el alto grado de alcohol que circule por su sangre. William Faulkner tenía una habitación pagada en un hospital de Memphis para recuperarse de sus periódicas crisis de alcohol y de esta manera no interrumpir su trabajo, que se hacía manteniendo la caldera a todo vapor mediante amplias dosis de whisky de centeno.
Graham Greene es otro autor que podía recoger información para sus documentadas novelas sin apearse de la botella. «El alcohol es como el amor -le hace decir Raymond Chandler a Terry Lennox en El largo adiós-. El primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo único que hacemos es desvestir a la muchacha». Sin embargo, Chandler mezclaba largas horas dedicado a desvestir a la muchacha con disciplinadas jornadas para cumplir sus obligaciones editoriales y cinematográficas.
En Hispanoamérica la situación es más bien inversa. En los años del famoso boom era conocida la decisión de Mario Vargas Llosa, que hasta el cigarrillo dejó con el argumento de que no podía servirse al mismo tiempo a dos señores, el de la molicie y el del trabajo. Gabriel García Márquez también cambió su estilo de vida, entre borrachos, putas y chulos, como cuenta Dasso Saldívar en su documentada biografía, para poder desarrollar su obra en la sobriedad de la vida familiar.
Curiosa actitud ésta en un oficio como el de la literatura, una de cuyas características es que necesita cierta holgazanería para realizarse. Holgazanería que permite echar globos al aire y así crear un mundo paralelo al aburrido mundo cotidiano.
Por eso, a lo largo de la historia de la literatura, la ebriedad ha estado presente como complemento de este oficio que mantiene al hombre entre el sueño y la realidad. Entre la mentira y la verdad. El oficio del encantamiento a través de la palabra.

Cerveza

Charles Bukowski

No sé cuántas botellas de cervezaconsumí mientras esperaba que las cosasmejoraran.

No sé cuanto vino, whisky y cerveza, principalmente cerveza consumí después de haber roto con una mujer esperando que el teléfono sonara esperando el sonido de los pasos, y el teléfono no suena sino mucho más tarde y los pasos no llegan sino mucho más tarde.

Cuando el estómago se me sale por la boca, ellas llegan frescas como flores en primavera:-"¿Qué carajo hiciste? Llevará tres días antes de que puedas cogerme "Una hembra dura más vive siete años y medio más que el macho, y toma muy poca cerveza porque sabe que es mala para la silueta.

Mientras nos volvemos locos ellas están fuera bailando y riendo con muchachos divertidos.Bueno, hay cerveza bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza