lunes, agosto 17, 2015

Hebe Uhart


Fogwill dijo que era la mejor escritora argentina. A ella no le importa la editorial en la que va a publicar, no se fija en las tapas y si hay que cambiarle el título, se lo cambia. Está jubilada desde hace siete años pero sigue escribiendo. Organiza asados para todos sus amigos en la parrilla del edificio: el fuego lo prende el portero y las ensaladas siempre son las mismas. Hebe Uhart cree que muchos escritores argentinos son narcisistas. Y dice que pecan de un internismo brutal: escriben pensando en los amigos, profesores y conocidos.

La estación de trenes de Frankfurt queda justo frente al hotel donde se hospeda Hebe Uhart. Ella y un grupo de escritores, una reducida pero notable delegación argentina, están en la ciudad para la Feria. Hebe tiene preparadas todas sus conferencias para las mesas del stand nacional, prolijamente impresas. Pero no se queda todo el día en la feria: es caminadora y curiosa; quiere conocer. Pasa bastante tiempo en la estación porque le gusta el mercado con sus puestos turcos, el amabilísimo señor de la cervecería que trata de hacerse entender, el restorán al paso de comida china. Es un pequeño mundo y a Hebe Uhart le gustan los pequeños mundos, con sus rituales y lenguajes, aunque aquí todos hablan alemán y no entender nada la desespera un poco.
Una noche, antes de volver al hotel, después de una cena bastante copiosa, Hebe Uhart y los escritores que la acompañan se detienen a mirar a un chico, de unos veinte años, que claramente vive en la calle, duerme en la estación, y tiene como mascota un hurón, ese animal de hocico puntiagudo y ojos tiernos, doméstico pero levemente salvaje.
Hebe se para frente al animal, le apunta con el dedo.
—¡Cuis!— dice, en voz alta.
El chico, la mira: parece desconcertado.
—¡Cuis!— repite ella, bien claro, como si eso facilitara la comunicación. —¿Es un cuis sí o no?
La decepciona un poco comprobar que no, que no es un cuis. Se queda un rato jugando con el animalito y tratando de hablar con su dueño. Tiene un poco de nostalgia, parece. Horas después, bien temprano por la mañana, conseguirá que un taxista la lleve al zoológico. No podrá convencer a ninguno de los escritores para que la acompañen. Pero Hebe Uhart no se ofende ni se resiente por cosas así. La visita a la jaula de los monos, dice cuando vuelve al hotel, al mediodía, estuvo buenísima.
En su último libro, “Un día cualquiera” cuenta sobre los monos que le gusta ver. En el cuento “Hola, chicos” se lee: “En el zoo de Buenos Aires hay una jaula con papiones. El cartel indica: ‘Papión sagrado de la India’. He ido a visitarlos tres veces; iría una cuarta. Siempre que voy me detengo antes frente del mono araña marimoña, que es el mejor equilibrista que he visto”. Pasar una tarde con Hebe Uhart es así: está llena de charlas sobre monos y novios; conversaciones largas, de pequeñas aventuras, de literatura involuntaria.
***
Hebe Uhart ve y escucha atentamente y registra, registra sin parar, se le nota en la mirada inquisidora de sus ojos pequeños y oscuros. Elvio Gandolfo, escritor y crítico, amigo, que la conoce y admira desde hace más de cuarenta años, escribió: “Hebe Uhart se encuentra entre aquellos escritores donde un modo de mirar produce un modo de decir, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”. Fogwill dijo alguna vez que Hebe era la mejor escritora de la Argentina. 

Ella, ya lejos de Frankfurt, en su departamento de Almagro, sirve el lemoncello que le regaló una alumna de su taller de narrativa, abre la ventana que da a un balcón con plantas preciosas, azaleas, santa ritas, y dice:
—Bah.
Y después:
—Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada.
No hay falsa modestia. Incluso la incomoda ese reconocimiento que llegó todo junto, especialmente después de la publicación de sus “Relatos reunidos” (2010). Y quiere cambiar de tema, rápido. Hablar, por ejemplo, de otro viaje, el que hizo a Bolivia cuando era “muy jovencita”. “Lo hice hace cincuenta años. Fui de turismo. Primero a La Paz y después a Perú, en tren. Fui con dos amigas, una era un personaje tipo princesa en su camarote. Se parecía a Jeanne Moreau. Después fuimos a Perú. Yo tengo primos peruanos. Los hermanos de mi abuela emigraron a Lima y mi abuela emigró acá. Tengo un primo peruano de mi misma edad que me llevó por Lima y he vuelto como cuatro veces”.
A Hebe le gusta viajar, le gustó siempre. Ese placer es obvio en sus dos libros de crónicas de viaje, “Viajera crónica” (2011) y “Visto y oído” (2012). La Patagonia, Ecuador, Córdoba, Roque Pérez, pueblos de la provincia de Buenos Aires con pasajes así: “Para variar, le pedí que me hablara de las costumbres de los animales. Me dijo: el caballo es mejor guardián que el perro, yo tenía uno que con el hocico me abría la tranquera, al caballo hay que saber palenquearlo. Uno ve a un caballo de frente y es un cristiano”, escribe. No tiene sueños de viajes a lugares grandiosos: no piensa en la China ni en la India.
—No entendería nada, sería como un asalto a los sentidos. ¿Cómo hago yo para absorber todo eso? Tampoco me gusta la naturaleza plena, no me gusta el glaciar ni las ballenas. A mí me gustan los pueblos chicos, porque son abarcables, porque se los camina y se los conoce.
Y porque, claro, en los lugares más chicos la gente está dispuesta a saciar la voraz curiosidad de la escritora: ella pregunta, quiere saber; charlar con ella es ser entrevistado. Sabe cuándo detenerse y tiene calculados los límites del pudor. Ella es pudorosa aunque, dice, todos sus cuentos son en alguna medida autobiográficos y los de “Un día cualquiera”, aún más. “En la peluquería” relata sus horas en la peluquería de Medrano y Rivadavia, a la que va seguido.

Mientras se hace los pies, habla con María. Hebe nunca se pinta las uñas, no le interesa, no tiene tiempo. Desde hace unos años, está particularmente intrigada con los animales.
—Es muy curiosa —dice María, sentada en uno de los cuartitos de depilación de la peluquería—. De chica yo vivía en Corrientes, éramos muchos hermanos y teníamos animales: monos, avestruces, loros, perros, gatos. Hebe pregunta mucho por el mono. Quiere saber cómo la convivencia con el mono.
—¿Y vos qué le decís?
—Que el mono es muy inteligente, quizá más que nosotros.
María le recomendó varias veces un viaje a los esteros del Iberá: ahí podría ver de cerca a los animales. Hebe lo viene planeando hace rato, aunque no sabe bien cuándo, porque en el verano hace demasiado calor.
Escribe Hebe: “Cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo de Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo frío y blanco, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y el bosque”.
Alertado por María, Maximiliano, el dueño, buscó el texto en internet. “Yo no soy mucho de leer, pero me gustó. Alguien te cuenta que fue a la peluquería y decís “qué aburrido”, pero ella no, lo hace entretenido, te enganchás”, dice Maximiliano detrás de uno de los mostradores de Caprice: en el cuento el nombre de la peluquería es el mismo.
Ese relato son sus peripecias y lucecitas diarias pero también, como siempre, la novela familiar: Moreno, la familia inmigrante y el ascenso social; su tía loca que tiraba baldes de agua a las paredes y humedecía la casa para siempre, protagonista de decenas de cuentos; su experiencia como docente en colegios rurales, los vecinos, los viajes a Buenos Aires a comprar ropa. Su mundo, cartografiado en detalle, hasta que no queda un recoveco de la memoria que no haya sido aireado y de ese rincón sale la frase rescatada, elegida, ese asombro, el humor oblicuo, una forma de escribir que mezcla el estupor con la filosofía, la atención y el tesoro: como si lo más normal fuera rarísimo. Uno de sus cuentos más famosos, “El budín esponjoso”, de 1977, empieza: “Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que les faltara alguna cosa: por eso se comen sin parar”. Después de leer esto, ya no se puede comer galletitas de la misma manera, sin pensar en esa tercera dimensión ausente. Elvio Gandolfo escribía en su prólogo para “Camilo asciende”, (de 1987): “Lo que la convierte a la vez en un ejemplo muy poco frecuente de penetración filosófica o antropológica y en portadora de un humor opresivo, desopilante, es que se incluye a sí misma en esa mirada, a través de sus distintos alter ego cuando hablan en primera persona”. Etnógrafa vocacional, la llamó Graciela Speranza. Una de las mejores dialoguistas desde Puig. La mejor cronista de viajes de los últimos cuarenta años, según Gandolfo.
Cuando escucha los elogios, ella mira fijo.
—Qué se yo —dice. Y se va a servir café.

Pía Bouzas es escritora, docente y, después de ir tres años al taller de Uhart, se hicieron amigas. Se visitan, se leen. Pero es una amistad extraña. “Hay mucha diferencia de edad y ella es reservada: no somos pares. Me alegra tenerla cerca porque es una mujer muy sabia”. Pía tiene poco más de cuarenta años. Cuando se conocieron, en los ’90, Hebe atravesaba lo que Pía define como “un momento editorial complicado”. Estaba por publicar, pero las fechas se dilataban, y el libro no salía y eso, cree Pía, la angustiaba. “Creo que a ella la afectaba. Si bien no tiene narcisismo, creo que quería reconocimiento. No es una anacoreta. Sufría bastante la falta de lectores. Pero cuando el reconocimiento le llegó, la encontró parada en un lugar que no tiene nada de vedette. Cuando dice que creerse muy escritor hace mal a la función de escritor, realmente lo piensa”.
En el taller, leían a Chejov, Erskine Caldwell, cronistas brasileños, Saki, Daniel Moyano, Clarice Lispector. Nada sistemática, ninguna línea clásica, nunca Cortázar ni Borges ni Rulfo ni García Márquez. Pía llegó al taller a través de una amiga: había estudiado Letras.
—Fue muy cómico —cuenta—. Quería aprender lo efectivo y a Hebe no le interesa eso en lo más mínimo. Al principio yo estaba entre fascinada y enojada. Decía ¿cómo no me señala el conficto entre los personajes? Solamente hacía intervenciones muy particulares.
—¿Y por qué te quedaste?
— Porque es una gran maestra. Le interesa que cuentes algo que sea tuyo. Trata de ayudarte a que descubras tu mundo, a encontrar lo más singular y propio que tengas.
A Hebe no le interesan las traducciones: para ella no existen, quién sabe lo que pasa en otro país.
Y de las presentaciones de los libros, Hebe prefiere ir a comer con sus amigos. No le importa la posteridad. “Yo vivo hoy”, dice siempre. Tampoco le llaman la atención los grupos. “Recuerdo un cuento donde ella relata que es directora de una escuela durante el Proceso, pero no se habla del Proceso. Sin embargo, hay una tristeza muy profunda en el personaje; la anécdota, en contraste, es mínima. No tiene nada que ver con los grandes discursos y la tradición literaria de los 70. Me cuesta encontrarle una tradición. Salvo los autores que ella menciona, Mansilla, o Fray Mocho, muy atrás”.
***
Hebe Uhart vino a Buenos Aires a estudiar Filosofía desde Moreno. Se mudó cuando tenía unos 25 o 26 años. Empezó la universidad en la calle Viamonte y siguió en la sede de Independencia pero la terminó en Rosario, provincia de Santa Fe. Se le hizo muy difícil ese último año, rendir las equivalencias, estar lejos de las cátedras que ya conocía. ¿Por qué lo hizo?

Sacude la cabeza –el pelo corto, bien teñido, muy cómodo– y enciende otro cigarrillo.
—Me fui escapada por un amor. Me enamoré de un hombre casado y mis amigos me dijeron ‘andate’. La verdad: me fui por boluda. Mi mamá me descubrió esas cartas que escriben las jóvenes para sí mismas, que dicen ‘no puede ser, no puede ser’. Una chica de ahora no se va. Sufre una semana y listo. Me fui un año. Cuando volvía acá, vomitaba. También una mentalidad pasiva mía. Andá a saber.
Hay otros novios en la vida de Hebe Uhart. Lo poco que cuenta –a los novios no los incluye casi en ningún cuento: son esa parte de su vida que no expone ni comparte– habla de relaciones intensas. Elvio Gandolfo la conoce desde los años ’60 y es uno de sus más tempranos entusiastas: supo ver desde el principio esa mirada extraña de Hebe, su diferencia radical. Y se acuerda de un “camionero grandote”, aunque no está totalmente seguro porque, con Hebe, a veces le cuesta distinguir entre ficción y realidad. Dice, en un bar cerca de su casa, en Palermo, los anteojos gruesos y hablar precipitado de lector voraz: “El tipo se borró con el camión y ella se lo fue a buscar a Entre Ríos. Andaba por los campos, golpeando las tranqueras a ver si había pasado por ahí”. Se acuerda también de que el camionero comía con el torso descubierto. “Era pintón, como de ‘Rápido y furioso’”. Pero, dice Gandolfo, no sabe si Hebe tuvo una pareja importante, un gran amor. Pía asegura que hubo un hombre de Tandil muy importante hace más de veinte años. “Es reservada y sobre todo en la vida amorosa o de su familia. Hay zonas sobre las que no quiere entrar y no escribe sobre eso tampoco, no le gusta transitarlas: creo que son lugares de dolor. Una vez me contó que se había vuelto encontrar con el de Tandil veinte años después, tomaron una cerveza. Y le dijo al hombre: ‘La cerveza ya no nos hace lo que nos hacía antes’. Después me lo negó. ‘Yo no digo esas cosas’”.
Hay un novio del que Hebe sí habla, y mucho. Ignacio, el poeta borracho. Fue, dice, mucho más importante que el casado de Rosario.
—Con ese me hice la película, muy fuerte, pero la verdad es que estuve dos veces nada más con él. Con Ignacio no fue una película. Fue muy real.
Y no sólo por Ignacio, sino por lo que Ignacio significó. En ese momento, la casa de Hebe en Moreno era toda desdicha. Su hermano había muerto a los 27 años, en un accidente (de esta muerte joven, cercana, nunca escribe). Su primo, también de 27, aviador, murió en esos años. Y su prima, muy joven, de un problema cardíaco. Su tía loca estaba viviendo en la casa.


—Yo era invisible. Y me fui con Ignacio. Me rajé. Ibamos por ahí, por los cafés. Él chupaba. Las mujeres jóvenes todas creen que los regeneran a los borrachos. Que si una hace bien todo, él va a cambiar. Yo hice todo, lo llevé a un psquiatra, le compré vitaminas y él las tiró a la mierda. Cuando la otra persona no quiere, no quiere. Cuando estaba sobrio era muy bueno, me quería.
Ignacio era buen poeta, dice Hebe pero era “incoherente”: no podía publicar y apenas escribir.
—¿Qué sentías con él?
—Me sentía útil. En mi casa, con toda esa desgracia que había, nadie me miraba ni me podía mirar. Mi mamá, muy eficiente, hacía todo, yo quedaba de lado. Y mi papá murió por esa época. Con Ignacio yo me sentía eficiente. Él no hacía nada y me miraba como si fuera una sabia. Decía que no podía ir a trabajar porque no tenía pantalones. Entonces mi mamá le compró un traje con dos pantalones. Los borrachos son como los perros, pelean al lado de los tachos de basura. Entonces el traje se le rompió todo. Yo iba a la sastrería a ver si se lo podían reparar y él esperaba en el café de la esquina para ver mis gestiones. Los empleados de tienda antes eran muy decentes, de muy buena presencia, y miraban el pantalón y decían “cómo se pudo haber hecho eso”.
El romance duró unos cuatro años. Hacia el final, ya no podía llevarlo a reuniones porque Ignacio se ponía malo, agresivo. Sufría, hablaba de poesía toda la noche y no comía. La iba a buscar a su trabajo –una biblioteca en ese momento– totalmente borracho. Pero la salvó.
—Me sacó de una cosa hecatómbica. Mi casa era una locura.
***
A Hebe le importa publicar y agradece a quien quiera editarla. Le gustan los sellos “caseros”, como los llama. No se fija en las tapas y si hay que cambiarle el título, se lo cambia. Todo lo que rodea al libro no le importa mucho.
Las editoriales de sus libros son todas pequeñas e independientes: Menhir (Rosario), Goyanarte, Fabril, Cuarto Mundo, CEAL, Torres Agüero, Pluma Alta, Bajo la luna, Simurg. Recién en 2003 publicó en Adriana Hidalgo y un año después en Interzona. Luego, sí, en Bajo la luna, una editorial independiente pero de mayor visibilidad. Y, ahora, ya famosa, Alfaguara.
En 1972 publicó por editorial Fabril “La gente de la casa rosa”, con prólogo de Haroldo Conti. Pero si en esa época su literatura era tan secreta y periférica, ¿cómo consiguió el prólogo de Haroldo Conti? ¿Eran amigos? No, amigos no.
—Era amigo de amigos míos. Y me hizo hacer de prejurado para un concurso de cuentos del Cordobazo, en los 70. Después me hizo un prólogo divino, pero antes me hizo laburar. Eran 700 cuentos. Por eso no quiero ser más jurado: es mucho trabajo y mucha responsabilidad. Encima todos los cuentos del mismo tema. Yo no sé por qué cayó, creo que por su amistad con Paco Urondo. ¿Qué podría haber hecho él? Guardar armas en su casa, esas cosas que se hacían.
—¿Y Fogwill, que decía que sos la mejor, era tu amigo?
—No, tampoco. Fogwill era amigo de Elvio Gandolfo, que sí es mi amigo. No tengo muchos amigos escritores. Además, de Fogwill no se podía ser amigo, te hacía quedar mal. Una vez lo invité a una presentación cuando tenía el nene chiquito, de brazos. “Contá cuándo ibas con Ignacio por ahí”, gritaba. Me hinchaba las pelotas. Yo cuento lo que quiero contar. Pero “Los Pichiciegos” qué lindo que es. La gente de los talleres no lo quiere leer, sin embargo. No quieren leer de Malvinas casi nunca así que ya no lo doy.

Hace cinco años, el Viejo Hotel Ostende armó un encuentro de escritores: pasaron varios días ahí, en la playa, fuera de temporada, filmados por Mariano Llinás. Estaban Hebe Uhart y Fogwill. “¡La mejor escritora argentina!” dijo Fogwill ni bien la vio y Hebe le retrucó “dejate de joder”. Y eso fue más o menos todo. La incomodaba, decía, que la llamara así adelante de los demás. Cuando hablaban, solos y por los rincones, se podía intuir cierta complicidad. Pero Hebe prefería estar con los invitados más jóvenes: contarles sobre Ignacio el novio borracho, dar consejos a las chicas sobre sus dramas sentimentales y tomar notas en una visita a un pueblo cercano, donde la directora de un museo local decía, en la visita guiada, “acá los indios eran totalmente mansos”.
Hebe, maravillada, anotaba. Estas son las piedras preciosas que ella encuentra y atesora. Las conversaciones sobre cómo matar una vizcacha. Una mujer que dice “este caballo es de cuarta”. Su tía que hablaba con la televisión y decía “qué limpita esta chica” cada vez que veía una propaganda de shampoo donde la modelo se bañaba. De vuelta en el hotel, Hebe le daba algunas pitadas a un porro –poco, para probar– y después pasaba largos ratos mostrando su valija colorida, muy cómoda y útil para viajar, y preguntando sobre la historia del Viejo Hotel, que alguna vez estuvo bajo la arena y fue inspiración de Silvina Ocampo y Bioy Casares. Pero si fumó fue alentada por el espíritu de estudiantina del evento. Ella, sólo tabaco. Ni siquiera fumaba en los intensos años ’60. Cuenta: “Recuerdo haber probado alguno que otro cigarro de marihuana, pero no me producía gran efecto. Y nada más. Drogas duras tampoco. Muy pocos tomaban drogas duras”.
***
Una vez separada de Ignacio empezó a cambiar. Pasaron dos cosas al mismo tiempo: comenzó a leer literatura política y después eligió ser vicedirectora de una escuela rural. Ese puesto, esa experiencia, la hizo salir de la burbuja. —Entre Ignacio y los amigos de la calle Corrientes el mundo resultaba limitadísimo —dice.
La escuela quedaba en el barrio Los Cuatro Vientos de Moreno. “Elegí ir ahí para ayudar al proceso de liberación nacional. Iba ebria de ideales”. Tomaba el colectivo hasta Once, ahí el tren y después caminaba diez cuadras. Les llevaba material de lectura a los chicos, pero también les llevaba medias. La escuela tenía sólo primaria, y era en el campo. Casitas bajas, los años 70. Ahí, dice, aprendió “cosas de la vida”.
—Después me di cuenta de que una persona sola no puede ayudar, que necesita un equipo. Me desilusioné. Pero me hizo salir, antes no le daba pelota a nadie. Era bastante antojadiza y veleidosa, creía que podía hacer cosas que no podía. Tenía arranques de hacer cosas extraordinarias. Maduré yendo a la escuela de campo. A mí nunca jamás nadie me había pedido nada. Mi sueldo era para mí, para comprar boludeces. Entonces me di cuenta de que había tenido muchos pajaritos en la cabeza, de irme, de buscar una beca, de viajar a París. Me di cuenta de que había otras personas que hacían sacrificios, que aportaban a la casa. Que venían a dedo porque resultaba caro ir en micro. Me dio vergüenza de lo que yo pensaba, de que estuviera tan autocentrada. Ahí tomé color. Hay gente que no toma color ni a los 40. Gente que sigue reclamando y echando la culpa a los padres.

Se acuerda de los signos del terror durante sus años de docente en la década del ’70. “Pero no tenía idea, ni a nadie cerca que haya sido secuestrado”. Cuando llegaba a la estación de Moreno había policías con perros y en las comisarías estaban las metralletas apuntando. En la escuela, no había que hablar con una chica, porque su novio era teniente del ejército. Y Lela, que sigue siendo su amiga, otra maestra, se salvó por un pelo. “Mi amiga estuvo en una toma de una fábrica pero sobre todo ella tenía un novio a quien buscaban: a ella la querían para que diera información. Todo Moreno estaba bajo la base aérea de José C Paz. Ella ya era en ese momento una figura conocida en el pueblo porque trabajaba como maestra. Entonces la citaron de la base, y por la confianza de ser de Moreno ella fue sola, sin ningún recaudo. La interrogaron, le preguntaron por el novio que estaba en una organización armada. Sabían todo de ella. A todo ese grupo no los mataron, pero les fijaron destino en un colegio donde el ejército entraba y vigilaba”.
—Entonces sí sabía lo que pasaba.
—Pero no tenía la global completa, la idea. Sabía, pero una cosa es saber, tener la información, y otra cosa es saber con toda el alma. A mí se me cayeron todas las fichas mucho después, me entró lo que pasó cuando lo escuché a Scilingo por televisión. Cuando contó lo de los aviones (en el año 1995). Eso. Antes tenía la información. Pero con Scilingo caí de la atrocidad.
—¿Con quién trabajabas en Moreno?
—Cuando fui a la escuela entré de costado a los movimientos tercermundistas. En toda la zona de Moreno a Luján trabajaban los tercermundistas, hacíamos teatro en La Reja. Había una monja irlandesa que hablaba, la pobre, como si se le entendiera. Y otra argentina que estaba con la Teología de la Liberación. Pero no era un grupo de armas, era un grupo cristiano. Como el padre Pepe, que se salvó por un pelo. Yo compraba El descamisado pero por modalidad propia hubiera preferido otra línea de penetración que no fuera militarizada. Había una discusión interna, sobre si la forma de penetración debía ser lenta o militarizada. Pero bueno.
—¿Nunca escribiste sobre esto?
—Quise. También quise escribir sobre las veces que fuimos a ver a Perón en los 70, pero no estoy conforme. No me gusta lo que escribí.
—¿Lo viste a Perón?
—No, no llegamos. Fue la primera vez que volvió, durante el gobierno de Lanusse. Fuimos en micros de Moreno, estaban los caminos cortados bordeando Rivadavia y entramos por un camino de tierra a Lobos. No se permitía a la gente que llegaba acercarse, pero tratábamos, íbamos dos del bracete con un muchacho flaquito y nos corrían a gases. Y como el viaje era tan largo desde Moreno, cuando llegamos, unos se metieron en los chalets de Ezeiza y vieron llegar a Peron por televisión. La multitud era interesante vista en sus particularidades porque había todo tipo de personas y actitudes: Un hombre decía que él se quedaria ahí tranquilo en uno de esos chalecitos de Ezeiza, otro decía no sé qué cosa y la dueña de un micro dijo que si hacía eso ella quemaba los micros y no teníamos cómo volver.

Después de Moreno, dando clase en la secundaria, tuvo una experiencia muy ingrata en el Nacional Buenos Aires. El celador era de la policía de Morón. A los chicos no los dejaban ir al baño durante la clase. “Yo le tenía terror a ese colegio. Es la caja de resonancia de todos los procesos políticos que hay en el país y en la dictadura era terrorífico”. Ella necesitaba trabajar y la hija de uno de sus primos le contó que en el Nacional había una suplencia de latín y se fue, con pantalón y blusa. Le dijeron que debía usar pollera. El rector tenía bigotes estilo manubrio y la entrevista, dice Hebe, fue un interrogatorio. “Sepa usted señorita que acá no discriminamos a ningún judío, a ningún italiano”, le dijo. “Era inadmisible, yo nunca más trabajé incómoda”. Si iba a tomar un café al buffet se desesperaba si se le corría la media. “Cuando se murió el rector la mitad de los profesores festejaron con champagne. En los actos los chicos estaban en un silencio helado. Ese colegio es difícil, yo no le guardo cariño. Esa sala de profesores, tan fría. Tiene lindos cuadros, pero es todo tan sombrío. Yo prefiero un colegio ventilado, aireado, más chiquito.”
***
Organiza asados en su casa: mejor dicho, en la terraza del edificio donde tiene su departamento. Tiene distintos grupos de invitados. Los alumnos del taller con los que tiene más afinidad, amigos escritores como Gandolfo, Irene Gruss, Eduardo Muslip, Pía Bouzas o los “trasandinos” Alejandra Costamagna, Alejandro Zambra y Diego Zúñiga. También a veces se reúne con sus compañeros de cátedra: durante veinte años enseñó filosofía en la Universidad de Lomas de Zamora, daba clases un día por semana de 9 a 12, de 12 a 17 y de 9 a 22. Al principio no había combis y tomaba el colectivo en Liniers, dos horas sobre el 188 hasta el sur. Se hizo amiga de varios profesores. “En las cátedras o es gente muy buena o es nido de sierpes.”. En la UBA, trabajó en la cátedra de Filosofía con Tomás Abraham que escribió sobre ella: “Hebe tiene una mirada rara. Toca y se va. No le gusta que se le impongan. Es un ser libre, inaprensible. Sus palabras se miden con una vara pequeña. Le gustan las frases cortas y odia discutir. Prefiere intervenir con interrogantes”.
Está jubilada hace siete años. Los que van dicen que los asados son muy divertidos. Eso sí, las ensaladas son siempre las mismas. Ahora consiguió que encienda el fuego el portero.
El portero en cuestión se llama Norberto: hace el fuego, pone la carne y se va. Le gusta hacerle el favor. Siempre le dice: “Hebe, tenemos que hacer un asado porque la parrilla se oxida”. Norberto trabaja hace poco más de tres años como encargado del edificio de Almagro. Adora a Hebe. “Más que buena: buenísima es”. Cuenta, Uhart es una de las pocas personas que da propina aparte de las expensas. Suele hacerle comida: platos árabes, por ejemplo, que Norberto nunca había probado. Él no sabía que era una escritora “famosa”. Se fue enterando al ver llegar periodistas con cámaras y también por la cantidad de alumnos que van a los talleres lunes y sábados: muchos se van después de las ocho de la noche. Chicas grandes, dice, hasta un señor de más de 70 años.
Cuando se va de viaje, Hebe siempre le avisa a Norberto. El hombre parece muy contento por esa confianza, aunque como todos los que la conocen a veces tiene que responder a sus preguntas.

Un día, por ejemplo, Norberto salía del edificio para ir a la Fiscalía que está en Beruti y Coronel Díaz. Lo habían citado como testigo en relación a un departamento vacío del edificio. Se la cruzó a Hebe, que venía con bolsas del lavadero. Él le contó a dónde iba. Ella le preguntó: “¿Tenés miedo?”.
“Es muy sociable”, cuenta Pía Bouzas. “Y le encanta viajar sola. Tiene que ver con algo vital: la sociabilidad y los viajes la mantienen muy viva y muy activa. Tiene mucha energía aunque es una mujer grande; tiene una enorme libertad. No le interesa que la aprueben. Se toma libertades enomes para las formas, en la vida y en los cuentos”. Es pudorosa, también, con una forma extraña de pudor, porque escribe en primera persona, porque es charlatana, y sin embargo hay algo secreto en ella, algo duro. Algunas de sus amistades son largas y, de alguna manera, tácitas, sin la necesidad del contacto diario. Así es la que tiene con la actriz y maestra de teatro Martha Rodriguez, por ejemplo. Se conocieron hace cuarenta años, cuando Laura Yusem montó la obra de Hebe sobre los borrachos. Eran vecinas, de Almagro. Pasaron años de conexión intermitente hasta que, en 2009, Martha quiso escribir, con Yusem una dramaturgia sobre dos de sus cuentos más famosos, “Guiando la hiedra” y “Querida mamá”, ambos de 1997. Graciela Speranza escribió, para el prólogo de Relatos reunidos, que todo el arte narrativo de Hebe Uhart se resumen en “Guiando la hiedra”. “Podría leerse como suma poética o hilo invisible que guía los relatos. ‘Aquí estoy acomodando las plantas’ se dice en el comienzo, como una advertencia, un desafío, una declaración de principios. La mirada apenas se aparta de las macetas con plantas del jardín, pero la vida entera parece desvelarse en ese aleph discreto, doméstico y barrial”.
Cuando Martha y Laura le preguntaron a Hebe si podían adaptar sus textos, ella les dijo:
—Hagan lo que quieran.
Después fue a algunos ensayos. Desde 2009, la obra se reestrena periódicamente, y le va siempre bien. Cada vez que Martha la llama para avisarle de un nuevo reestreno –lo acaba de hacer, hace días– Hebe dice lo mismo:
—Che, ¿otra vez? ¿Y por qué? ¿Quién lo pidió? ¿No es mucho?
A su taller van famosos: ella los llama así riéndose, pero no da nombres, salvo el de Diego Frenkel, cantante de La Portuaria que “duró varios meses”. La llaman para charlas y conferencias y aperturas de festivales, recibe premios, la invitan a talleres en el interior del país. Gandolfo está orgulloso
—Por suerte se consagró antes de morir. Con Fogwill pasaba lo mismo: en un círculo se decía que era buenísimo, circulaba, pero le dieron bola de verdad hace unos diez años. Antes era un escritor de escritores. De Hebe se decía que era muy buena pero entre la gente que lee literatura. Ahora, si tenés que poner a un escritor nacional, ponés a a Hebe Uhart. Para ella es una suerte.
¿Qué pasó para que la mirada azorada de esta mujer brillante y discreta se haya vuelto central? Pía Bouzas tiene una teoría: “Yo creo que, además de su trabajo y perseverancia, le llegaron los lectores. Los escritores más jóvenes empezaron a mirar más parecido a ella, el detalle, lo que no es central, ni que va por la ruta del escritor programático. Encontró un camino por fuera de la tradición masculina argentina, que no es sólo por escritores hombres sino una manera de tratar el lenguaje. Eso están en consonancia con la búsqueda de lo escritores más jóvenes. Ella toca grandes temas, la inmigración, la familia, lo argentino, pero lo aligera”,
En su departamento de Almagro –el barrio de la más media de las clases medias, dice– busca libros de cronistas brasileños para regalar, porque ella ya “no va a leerlos”. Sirve café en tacitas pequeñas. Menciona de pasada un gato hermoso que tuvo, que se murió y la dejó muy triste: no quiere más gatos. Un alumno la llama por teléfono para avisarle que no viene: en este momento tiene tres turnos, y aproximadamente unos 15 talleristas, aunque el número fluctúa. Muchos se van, también. Es que a Hebe hay cierta tendencia de la literatura contemporánea que la tiene molesta y cuando la encuentra en sus talleres, la señala, la corta. “Acá en Argentina no falta ni talento ni inteligencia”, dice, con cuidado. “Pero me parece que los escritores están mal colocados. Mal encarados. Se colocan de manera muy egocéntrica o narcisista. ¿Sí o no? Hay muchos jóvenes que escriben bien pero los embalurda que son egocéntricos. Es esa actitud medio arltiana muy altanera; Arlt, en sus “Aguafuertes cariocas”, se enoja porque en Río se van a dormir a las 10 de la noche. ¿Y por qué le molesta? ¿Por qué es una vida de mierda esa? Muy autocentrado. Hay una alharaca de lo que no te gusta, por ejemplo. Como si estuvieran mirando solamente para adentro y mal, no da resultado. No importa tanto lo que piensa uno. Es un internismo brutal: también escriben para los pares. Escriben pensando en los amigos, en los conocidos, en los profesores. A lo mejor estoy prejuzgando y a lo mejor no conozco todo bien, pero noto que se escribe internamente”.
—¿Y eso cómo se soluciona?
—Ah, eso es difícil porque es cultural. Pero se debe solucionar levantando la cabeza y mirando alrededor. ¿Sí o no? 


Revista Anfibia.


lunes, septiembre 22, 2014

Luis Landero: "La primera obligación ética del escritor es ser pesimista, y la segunda, derrotar al pesimismo y seguir luchando"

Narrador “por instinto de libertad”, escéptico y feliz, Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) apura los pocos días que faltan para que Hoy, Júpiter(Tusquets), su última novela, llegue a los lectores. Han sido cinco años de vagabundeo por su infancia y juventud, de engolosinarse con las palabras, así que ahora, en su casa y en un Chamberí helado y primaveral, el escritor desnuda demonios personales y literarios mientras la luz se derrama a borbotones en el salón, ordenado, diáfano y con miles de libros dispuestos con disciplina alfabética. Apenas hay fotos, pero sí muchos cuadros y dibujos, como uno de José Hierro “hecho como él solía, con ceniza y mojando el dedo en cerveza”. En el pasillo, dos viejos relojes de bolsillo presumen de haber derrotado al tiempo, mientras una tarjeta con una cita de Jorge Wagensberg recuerda que “Lo improbable asombra a todo el mundo, lo cotidiano sólo al genio”.
Cinco años después de El guitarrista, Landero regresa a la novela. Cordial y sosegado, un cierto “pesimismo esperanzado” le domina, quizá porque asegura que “la primera obligación ética de un escritor es ser pesimista, y la segunda, no dejarse derrotar por el pesimismo y seguir luchando. ¿Cómo se va a vivir sin esperanza?”.

Lo cierto es que este lustro Landero no ha estado dedicado de manera exclusiva a la escritura del libro: “En realidad han sido sólo dos años y medio intensos, los demás he estado asediando el tema. Ocurre que lo que da sentido a mi vida es escribir, que tengo la novela como el náufrago su refugio en la isla. Además, me he acomodado a esos cuatro o cinco años que se me suponen; nadie me mete prisa ni yo la tengo.”
Ahora recuerda cómo barajó varios títulos, pero al final ganó la partida Hoy, Júpiter, que procede de una anécdota real: hace años, Landero visitó Santiago de Chile con Miquel de Palol y encontraron a un viejo mendigo con un descacharrado telescopio y un cartel que decía: “Hoy, Júpiter”. “Estaba bien enfocado –explica Landero–, y el viejo sabía lo que hacía, pero el aparato no daba para más, así que siempre se veía un resplandor. Lo demás lo tenías que poner tú. Como en la vida, y en la literatura”.

Obsesiones literarias y personales

Hoy, Júpiter narra las historias paralelas de dos hombres, Dámaso y Tomás...
–Sí, yo tenía las dos historias y en algún momento pensé en hacerlas por separado, pero tenían una relación temática, y me di cuenta de que funcionaban bien las dos. Por otro lado, refleja un poco mi vida rural y mi adolescencia urbana. Y dos de mis obsesiones literarias, mi padre, y qué ocurre cuando una vocación no está acompañada por el talento. También, claro, el poder de las palabras para construir la realidad, y por qué no sabemos ser felices.

–¿Su relación con su padre es, pues, uno de los gérmenes de la novela?
–Desde luego. De niño sufrí mucho por no saber agradar a mi padre, que me ponía como modelo a otros jóvenes que tenían diversas destrezas, no sé, uno que escribía a máquina, otro que dibujaba, y me decía, aprende de éste, aprende... De ahí surge el miedo a defraudarle, y a que el padre te cambie por otro.

–¿También, como escribe en la novela, su padre era un hombre “de grandes pasiones pero todas fugaces, repentinos anhelos, ilusiones furiosas que no admitían términos medios”?
–Sí, mi padre era un hombre profundamente frustrado, y con un punto de amargura porque no había hecho en la vida lo que le hubiera gustado hacer. Era campesino, apenas había ido a la escuela, pero tenía talento, valía y valía mucho. Y no encontró un sentido a su vida, no encontró una tarea a la altura de su afán. Y eso le amargó, así que puso en mí todas sus esperanzas, para que de algún modo yo lo redimiera.

–Aunque no llegó a verle triunfar...
–No, murió cuando tenía 16 años. Entonces yo era poco menos que un macarrilla de la Prospe [un barrio popular de Madrid], y nos llevábamos fatal, porque era muy mal estudiante y me puse a trabajar en mil oficios para pagarme el Bachillerato, y estudiar Filología. No hay día en que no piense en mi padre, al que quiero muchísimo, porque además ahora comprendo todas sus pasiones.

Nostalgia de la pasión

–También ha volcado recuerdos de su infancia en Alburquerque...
–Claro, es que el pueblo de la novela es Alburquerque, y la finca es la finca de mis padres, se llamaba “Valdeborrachos”, y las tierras son las tierras que tenían mis padres. Pero es el punto de partida.

–También el otro protagonista del libro, Tomás, tiene mucho que ver con su propia vida, por su vocación literaria y su trabajo como profesor.
–Claro, es alguien que, como yo, un día a los 15 años descubre la poesía y decide dedicarse a escribir.

–¿Siente nostalgia de esos tiempos?
–Por supuesto, siento nostalgia del lector que yo era en mi adolescencia y juventud, cuando devoraba Sinuhé el Egipcio, Qué verde era mi valle, o novelas del oeste que alquilaba en los quioscos. Podía leer ocho horas seguidas, hasta caer agotado, porque en mi casa además no había un puñetero libro. Ahora creo que soy mejor lector, o no, no lo sé. Soy más selectivo, quizás más sabio, pero cambiaría mi sabiduría de ahora por la pasión de entonces.

–También comparte con Tomás la experiencia en las aulas: como profesor, ¿por qué ha optado, por encastillarse en la alta literatura o por acercarla a los jóvenes?
–Desde luego, no me encastillo en la alta cultura ni en el canon de la excelencia, porque eso no es eficaz, pero utilizar un lenguaje culto y a la vez sencillo no es tan difícil, y además tengo mucha suerte porque estoy en la escuela de Arte Dramático y tengo alumnos maravillosos; otra cosa son los institutos, donde la cosa está bastante jodida.

–¿Por qué? ¿Se enseña mal la literatura en los institutos?
–No, hay buenos profesores, dispuestos a ofrecer a sus alumnos lecturas amenas que les seduzcan. Pero el saber se ha desprestigiado, el mismo profesor se ha convertido en una especie de siervo. Son sabios, pero su saber no está bien pagado, y eso ahora, cuando el dinero parece el valor supremo, resulta sospechoso.

–Y no sólo en las aulas, ¿verdad?
–Si, hay quien quiere ser escritor y lo primero que pregunta es cuánto pagan. Y luego ha aparecido una nueva droga, muy adictiva, que es el éxito. Porque el que ha conocido el éxito ya no sabe vivir sin él, vive angustiado por el temor a perderlo y a veces eso hace que escriba con más rapidez de la necesaria, y algo peor todavía, que intente gustar, lo que suele ser patético. Eso de intentar entretener ha convertido al escritor en una especie de bufón. Porque también habrá que inquietar. Kafka no es entretenido, Stevenson es algo más divertido. Pero esto de entretener, con esas novelas neogóticas tan de moda, está pervirtiendo el canon.

El poder de las palabras

–¿Qué tienen que ver los personajes del libro con los de sus otras novelas –Juegos de la edad tardía, Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz–, atrapados en una vida mediocre de la que sueñan escapar?
–Mucho, claro, pero es que la novela está en conexión con todo lo que he visto en mi pueblo, por la clase social en la que nací, porque viví la emigración, y los sueños de gente, no mediocre pero sí mediana, que soñaba un futuro excepcional. Como decía Ortega, los temas no hay que buscarlos más allá sino más acá, y si uno mira alrededor, lo que se mira con intensidad es interesante. O como decía Chejov, el arte del escritor es hacer interesante a la gente vulgar. El problema de Bernardo, por ejemplo, que es un impostor con causa, con raíces, es que tiene vocación, pero no tiene talento.

–Y que se vale de las palabras para mantener su impostura.
–Desde luego. Uno de los títulos que manejé para la novela estaba relacionado con los mundos de papel, y con la posibilidad de crear realidades con las palabras, que es otro de los temas del libro. La principal virtud para mí de un escritor, de una novela, es que sea auténtico, que sea verdad, o, como decía Montale, dejar memoria al menos de la luz de una cerilla. No sé explicarlo mejor.

–Las malas copias de Dan Brown que antes mencionaba le interesan entonces poco.
–Absolutamente nada. Verá, el arte de escribir es el arte de observar, más incluso que el de pensar, y en esa medida todo es novelable, aunque las mejores historias son las que salen del fondo del corazón.

–A pesar de que luego toma tintes cómicos, el tema del libro de Tomás, “el valor del silencio y del ruido en el mundo de hoy” no es ninguna idiotez ¿No le parece que tiene razón, que hay demasiado ruido y demasiada crispación?
–Desde luego, la rapidez con que funciona todo hace que el pensamiento se angustie. Es necesaria la soledad y la lentitud para hacer las cosas, porque si no el pensamiento patina. En este país se piensa poco y se opina mucho; en cualquier tertulia la gente opina de todo, y con facundia, con una cosa campanuda, y uno se pregunta si de verdad ese hombre se ha parado a pensar. Aunque, ¿cómo va a pensar si está todo el día opinando? Hay mucha información y pocas experiencias, así que pensamientos originales no encuentras, ni siquiera estrambóticos ni refrescantes. Todo el mundo se mueve en los tópicos del sentido común, o de la boutade para seguir llamando la atención, pero no por lo que se dice, por la profundidad o la manera de decirlo, sino por gritar más y hablar peor.

–Algo que crea escuela.
–Desde luego, desgraciadamente se está creando un nuevo modelo que los jóvenes ven y asumen. Se les bombardea mostrando cómo conseguir éxito y dinero fácil, y entonces lo que la escuela enseña, el mal gusto social lo desenseña. Fíjese en el ejemplo que están dando los políticos a los jóvenes.

–¿También es pesimista respecto al futuro de la literatura?
–No me gustan los discursos apocalípticos, salvo en lo que se refiere al cambio climático, pero en la literatura sí soy escéptico porque está desapareciendo de las escuelas. En España ha pasado a ser una provincia de la lengua, y está en trance de desaparecer.

Políticas educativas absurdas

–¿Los cambios en los planes de estudios no han servido para nada?
–Por supuesto que no, es una locura, primero con la LOGSE, que era una especie de folletín pedagógico. Luego el PP intentó su Ley de Enseñanza, que tenía muchas cosas positivas en las que muchos profesores estábamos de acuerdo, como, por ejemplo, restaurar un poco la disciplina, el esfuerzo, fomentar la excelencia. Ésta que ahora hay es ni fu ni fa, tampoco la conozco mucho, pero me imagino que es como la LOGSE maquillada. Con la buena tradición educativa que teníamos en España, todo el que ha alcanzado el poder ha pretendido cambiarla y descambiarla. ¡Si en el fondo les importa un carajo! Eso sí, luego se les llena la boca hablando de la enseñanza, aunque no le dediquen el dinero, la imaginación ni el sentido común suficientes. Y como a los padres les ocurre lo mismo, que han delegado en los profesionales... Bueno, más que delegar han abdicado de su responsabilidad. ¿Que hay problemas de accidentes de tráfico, que las chicas se queden embarazadas? Que les enseñen en la escuela. ¡Como si los profesores pudiéramos asumir el papel de los padres...!

–Volviendo al libro, las criticas del libro de Tomás fueron “breves, insípidas y tardías”. A su juicio, ¿qué da sabor a una critica, y cómo ve la que hoy se hace en España?
–La critica debe ser inteligente, sugestiva, contagiar un poco de entusiasmo... En general creo que en España no se hace buena critica. A menudo son críticas rutinarias, hechas de cualquier manera, donde si lees la primera y sobre todo la última frase te das cuenta de la nota que le dan. Es poco sugestiva, porque cuenta el argumento y no va mucho más allá, aunque hay de todo, hay algunos con más talento que otros. En general suelen ser insinceras. A veces se pone bien al escritor pero se nota que no ha gustado el libro y que se ha visto obligado por lo que sea. Y luego está el que mira por encima del hombro al escritor, el arrogante que parece que sabe muchísimo y d
a lecciones a quien haga falta.


sábado, septiembre 20, 2014

lunes, marzo 25, 2013

David Foster Wallace






Seis años después de su publicación, el lector en España tiene acceso a La broma infinita, que muchos, en particular otros escritores, consideran la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX. Su autor, David Foster Wallace, que contaba a la sazón 33 años, piensa que el adjetivo que mejor define su apabullante propuesta narrativa es "anular", en alusión a los diversos desarrollos más o menos circulares en que se mueven sus personajes. El protagonista, de 18 años, se llama Hal, como el ordenador de 2001: Una odisea del espacio, y ha memorizado en su totalidad el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa. Los dos enclaves en los que se desarrolla principalmente la acción son Enfield, una academia de tenis, y Ennet House, un centro de rehabilitación de drogadictos. Estamos, quizá, en la segunda década del siglo XXI. Varios Estados norteamericanos son inhabitables, debido a un accidente nuclear, y el tiempo no se mide en años, sino por unidades que llevan nombres de compañías comerciales, que pagan dividendos al Gobierno estadounidense a cambio de tan insólito usufructo. Hay, naturalmente, mucho más en esta extrañísima novela, sobre todo, una reflexión sobre las posibilidades del arte y la literatura en el paradigma cultural que nos ha tocado vivir. La lectura de La broma infinita plantea un reto al que no todos serán capaces de hacer frente. Es una obra inteligente, difícil, brillante y, no lo duden, vale la pena llegar hasta el final. Como afirmó el crítico Sven Birkerts, autor de Las elegías de Gutenberg, quienes lo hagan tendrán el raro privilegio de contemplar el universo iluminado por un torrente de luz negra.



P. ¿Cómo surgió La broma infinita?

R. Uno de los impulsos que me motivaron fue el deseo de hacer frente al malestar de la cultura norteamericana desde la perspectiva de las generaciones más jóvenes. Pese a sus muchos momentos de comicidad, es una obra impregnada de tristeza. Muchos jóvenes de clase media-alta sentíamos en nuestras vidas una enorme tristeza y vaciedad, y ello a pesar de los bienes materiales que teníamos a nuestra disposición. Uno de mis objetivos era centrarme en las preocupaciones de quienes eran más jóvenes que yo, porque me daba la sensación de que podían constituir la última generación de mi país.

P. ¿Cómo se le ocurrió mezclar el tenis con la cibernética, la filosofía, el cine de vanguardia, las drogas, la industria del entretenimiento como forma de adicción, y por si fuera poco, el terrorismo?

R. Aparte de que siempre he pensado que el autor de un libro es la persona menos indicada para hablar de él, no se me ocurre cómo resumir una novela de mil doscientas páginas sin que suene absurdo. Una vez, al rellenar la solicitud de una beca con cuya dotación pensaba vivir para llevar a término la redacción de La broma infinita, me topé con un apartado que decía: "Indique el tema de la novela", y escribí: "La libertad". Lo hice pensando en que uno de los grandes ejes del desarrollo narrativo es el tema de la adicción. Muchos de los personajes padecen las más diversas formas de adicción que hacen del individuo contemporáneo un esclavo de una manera u otra.

P. La broma infinita tiene lugar en un futuro imprecisamente cercano, que cabe cifrar en torno al año 2025. Orwell hizo algo semejante con 1984, y también Arthur C. Clarke con 2001: Una odisea del espacio. ¿Qué cree que ocurrirá cuando su visión futurista se entrecruce con la histórica?

R. Creo que además de especular acerca de lo que pudiera aguardar a la gente de mi generación, me interesaba lo que podría suceder con ciertas características de la sociedad norteamericana una vez entrados en el tercer milencio, pero sobre todo lo hacía con intención paródica, exagerando ciertos rasgos, como por ejemplo la idea de que el Gobierno sustituyera los años del calendario por el de los nombres de ciertas corporaciones, a cambio de que éstas pagaran un precio. En cuanto al componente de terrorismo, no tiene absolutamente nada que ver con lo que está pasando ahora en el mundo. La idea de que Canadá pudiera llegar a ser un enemigo serio de Estados Unidos es ridícula, y lo hago a propósito, a fin de explotar las posibilidades paródicas. Sin embargo, la situación política actual, en la que la posibilidad de que el Gobierno norteamericano lleve a cabo una matanza de iraquíes con la excusa de que así vamos a estar más seguros en casa, es algo muy real, no tiene nada de ridículo.

P. En La broma infinita hay tres líneas argumentales diferentes, ninguna de las cuales se resuelve claramente, y cien páginas de notas.

R. No es exacto decir que la novela no llega a una resolución clara. Si se examina el principio, se ven indicios que apuntan hacia lo que va a pasar. En parte, el libro trata de la diferencia entre lo que se entiende como entretenimiento y el arte. En mi opinión, lo que caracteriza a la cultura del entretenimiento es que se propone consolar, dar soluciones cómodas y fáciles, no exigir mucho por parte del consumidor de cultura. Creo que en parte ésa es la razón por la que le hurto al lector un final convencional. En cuanto a las notas, es una forma de crear una segunda voz. Uno de los rasgos del diseño narrativo de La broma infinita es que los distintos leitmotiv no se hilvanan de manera lineal, entre otras cosas porque así es como procede el pensamiento.

P. ¿Qué piensa de la atención que se le ha prestado a la novela?

R. Escribir algo tan extenso es una experiencia muy extraña. En teoría de la información es tan importante eliminar datos como antes lo fue adquirirlos. Cuando llegó a manos de los lectores, decidí borrar el disco duro de mi cerebro, por decirlo de alguna manera. Supuse que tal vez despertaría un interés moderado en un público lector de corte serio. No estaba preparado para la recepción que tuvo por parte de un público tan amplio. Supongo que cuenta algo el hecho de que le presto atención a una serie de elementos que normalmente no encuentran cabida en las formas de ficción convencionales. En parte yo quería propiciar un flujo libre lleno de fuerza, más que proporcionar dosis discretas de información eficaz. Técnicamente, se hacía imperativo emplear una multiplicidad de perspectivas. Yo creo que hay muchas partes del libro en que la escritura refleja más la textura del pensamiento que la del lenguaje discursivo. Digo esto con cautela, porque seguramente si yo oyera a un autor decir algo así de su libro, se me quitarían las ganas de leerlo. Por otra parte, la novela salió en un momento en que se publicaba casi exclusivamente literatura tradicional de corte realista o metaficción posmoderna... y mi libro se planteaba como una alternativa al imperio de esas dos tendencias. Con La broma infinita me proponía encontrar una tercera vía, combinando los logros técnicos del posmodernismo con la emoción asociada al realismo, sin la que no puede haber buena literatura.

P. ¿Cuál es su posición respecto a la distancia que separa el arte de la literatura, que sólo están atentos a los aspectos comerciales de las formas más elevadas de producción artística, cuyo fin, para usar sus propias palabras, no es ni el beneficio económico ni el placer, sino una exploración dolorosa de las zonas más oscuras de la condición humana?

R. No creo que haya nada intrínsecamente malo en la voluntad de hacer dinero. Lo que sí creo es que la experiencia del capitalismo norteamericano y la industria del entretenimiento, sea en cine, televisión o literatura, al tener como objetivo prioritario generar beneficios económicos, se ve obligado a satisfacer a grandes sectores del público, que es de donde procede el dinero. Y si se quiere satisfacer necesidades compartidas por un número muy elevado de gente, es obvio que el producto a ofertar será algo bajo e infantil. Los intereses que comparte una gran mayoría de la gente no son particularmente nobles, refinados y complejos, sino que se trata más bien, hablando claro, de instintos animales. Al "arte bajo" se le da muy bien gratificar esas necesidades de orden inferior. Desde luego, hay gente que prefiere internalizar el arte auténtico efectuando un esfuerzo, un gasto de energía que requiere que los seres humanos hagan frente a ciertos elementos problemáticos de su vida en lugar de ignorarlos o dejarse distraer brevemente. Pero eso no genera beneficios, porque no hay millones de personas que se presten a ello. El problema en Estados Unidos es que la presión para que el arte de calidad se someta al rasero impuesto por el éxito de ventas es casi insoportable. Pero el artista de verdad ha de intentar hacer algo que es sencillamente diferente, porque en eso consiste la magia de la literatura.

P. ¿En qué?

R. Una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Yo no sé si funcionará en español, porque es un término sumamente idiomático e idiosincrático, en realidad, la expresión de un sonido. Lo encontré una vez leyendo a Auden o Yeats, no recuerdo exactamente. Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic, el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud.

P. ¿Con qué escritores ha sentido algo así?

R. A lo largo de mi vida, muchas veces. La primera vez, siendo muy niño, con C. S. Lewis. Los ejemplos son incontables: la oración fúnebre de Sócrates, la poesía de John Donne, Gerard Manley Hopkins y los poemas cortos de John Keats... Kafka, Camus, Moby Dick, el Joyce del Retrato del artista adolescente, Flannery O'Connor, Cormac McCarthy, algunos de los cuentos de Thomas Mann, ciertos momentos de la prosa de John Barth, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Entre los poetas más cercanos a nosotros en el tiempo, Philip Larkin. La filosofía también puede provocar ese efecto: Schopenhauer, William James y seguramente más que nadie Wittgenstein.

P. ¿Por qué más que nadie?

R. Encuentro que las ideas de Wittgenstein sobre el lenguaje encierran un sentimiento trágico. En su frialdad y abstracción, el Tractatus es la obra de filosofía más solitaria que cabe leer. Luego evolucionó. Una de las cosas que hacen de él un artista, en mi opinión, es que su horror ante la idea del solipsismo lo llevó a desdeñar la perfección que había alcanzado, decidiéndolo a sumergirse en las profundidades de las Investigaciones filosóficas, que constituyen el argumento más hermoso que se haya hecho jamás en contra del solipsismo. Creo que estamos muy lejos de agotar la riqueza de un pensamiento como el de Wittgenstein.

Tomado del diario El Paí
jueves, 21 de noviembre de 2002

domingo, diciembre 09, 2012

Thomas Lynch

La víspera de todos los santos

Yo quería saber la fecha de mi muerte. Sería un buen dato para ajustar las pólizas de seguros, fijar la hora del arrepentimiento, despedirse de los viejos amores. Buscaba cierta precisión en el cálculo. Si no la fecha exacta, entonces la edad aproximada en que dejaría de existir, al menos en lo que concerniera a quienes me rodeaban.
Los genes no eran claros al respecto. Los hombres de la familia habían muerto todos del corazón: congestionado, infartado, ocluido, agotado. Todos sus decesos provenían de sus pechos, en su mayoría sesentones. El padre de mi madre, un corpulento parrandero, murió en mi infancia y es ahora el recuerdo limitado de un calvo que contaba historias de osos. Se había criado en la península superior de Michigan a principios del siglo XX, había venido al sur del estado a educarse en Ann Arbor y se había casado, según la abuela, con la primera mujer que le dio el sí. Pero Pat O’Hara, aunque vivió civilizadamente hasta el fin de sus días en el extremo sudoriental de Michigan, solía dejar a su consorte. Marvel Grace, durante un mes entero cada otoño y volvía “arriba”, donde se dedicaba a emborracharse, a cazar, a pesar y a inventar los cuentos en cuya narración ahora lo recuerdo, cuentos de osos que lo hacían treparse a los árboles y de lobos y otros animales salvajes que no llegamos nunca a ver. Y aunque Pat murió a los sesenta y dos años, Marvel, mi abuela, lo sobrevivió por casi treinta hasta que un derrame cerebral la dejó consciente pero postrada en cama durante ocho meses, marchitándose hasta morir a la edad de noventa años. Yo tenía treinta y cinco en ese entonces y empezaba a considerarme mortal.
El padre de mi padre murió igualmente de un infarto cardíaco, a mis dieciséis años. Recuerdo la llamada a la bolera donde yo trabajaba. Él tenía sesenta y cuatro años. Había manejado hasta Frankenmuth, a cenar con la doña en Zehnder’s Famous Chicken Dinners, dos horas y media al norte de Detroit, Camino de regreso empezaron a bajarle las punzadas de dolor por el brazo izquierdo. Creyó que sería la salsa espesa o los hígados de pollo. Ya en casa, llamaron al doctor, a los bomberos, al cura y a mi padre. Todos estaban junto al lecho, él sentado en el borde, en camiseta y con tirantes, mientras el doctor lo examinaba y el cura tranquilizaba por señas a mi abuela y los bomberos aguardaban con las máscaras de oxígeno listas, un grupo parecido a una lámina de Rockwell, que hubiera podido llevar por título La buena muerte. Mi padre, que acababa de cumplir cuarenta años, se sentiría tal vez cauteloso e impotente. Tan solo estoy adivinando. En fin, el doctor aplicó el estetoscopio en los lugares de costumbre y luego de un ponderado silencio emitió el diagnóstico:-Eddie, no te puedo encontrar nada de malo. Palabras tras las cuales, Eddie, contradictor eterno, se desplomó al piso, se puso morado y murió en un instante, probando a todos los presentes, de una vez por todas, la flalibilidad de la medicina moderna y lo cambiadiza que suele ser la vida.
Como mi padre era dueño de unas funerarias, nos tocó a mi hermano Dan y a mí arreglar a papá Lynch y ponerlo en el ataúd. Fue el primero de los míos que atendí profesionalmente. No recuerdo si mi padre simplemente nos preguntó si queríamos hacerlo, o si insistió, o si nos ofreció la oportunidad. Pero sí recuerdo que en el acto sentí el alivio de poder hacer algo, cualquier cosa por ayudar.
Con todo, resté mis años de los suyos y comencé a pensar en el futuro como algo finito, la primera de esas verdades de la vida que tienen cara de aritmética.
La abuela Lynch, como Nana O’Hara, vivió hasta los noventa años. Las décadas de sus viudeces concurrentes se convirtieron, para mí, en una serie de domingos y navidades y cuatros de julio en que solíamos encontrarlas en el patio o ante la mesa de la cocina, echándose al coleto sus whiskys canadienses con agua, discutiendo de política y religión y corrigiendo el inglés de sus nietos. La abuela Lynch era republicana, pragmática, diez años menor y católica sólo por conversión. Metodista de crianza, pensaba que los curas eran nos meros oportunistas y predicadores ambulantes, aves de paso en la vida de la fe. Desconfiaba del celibato y la celebridad de los sacerdotes y comía carne los viernes. Moderaba sus gastos, era lenta para criticar y parca pero sincera a la hora de elogiar. Nana era demócrata, miembro del sindicato de maestros, católica al estilo fervoroso e idólatra de los irlandeses, escrupulosa, llena de etiquetas, elocuente y extravagante en eso de halagar o de humillar. Las discusiones entre ellas eran brillantes, mejores que cualquier pieza de teatro. Mientras que Nana se valía del lenguaje como un arma, la abuela se valía del silencio. Si Nana vociferaba una certeza, la abuela susurraba una duda razonable. Nana recalcaba sus palabras apuntando con un dedo, y la abuela, arqueando una ceja. Ninguna resultaba vencedora. Que hayan vivido largos años y que yo haya vivido los míos al alcance del oído y de sus altercados fue, eso sí, una merced. Ahora están enterradas en distintas secciones del mismo cementerio, junto a los hombres a quienes sobrevivieron durante tanto años. Recuerdo sus exequias: Formales, decorosas y llenas de elocuencia, como ellas.
Mis abuelas fueron mujeres de mucha fortaleza, grandes en rasgos que ahora percibo en sus nietas y bisnietas. Ninguna de las dos tuvo nunca un problema al que no pudieran darle un nombre. No se hablaba entonces de silencios que hubiera que romper. Más bien había muy poquito silencio. La división del trabajo típico de su generación no implicaba una renuncia al poder. Si bien ganaban sesenta y tres centavos por cada dólar que ganaban sus esposos, a ellas les tocaba vivir una, dos o tres décadas más que la pensión de los maridos muertos o del seguro social. Si sus esposos, tenían ventajas políticas, financieras y en una gran medida musculares, las mujeres se desquitaban en los campos emocional, espiritual y demográfico. Caer en cuenta de que Dios podía ser hembra implicaba la consideración de que el diablo también pudiera serlo. Mis abuelas se inclinaban a no considerar muchos ese punto. Para la mayoría de las mujeres, desde luego, la situación no era tan buena. El mundo que ellas conocían estaba al borde de sufrir un cambio.
Mi madre y yo compartimos esa parte del siglo que vio cómo las brechas entre los sexos empezaban a abrirse, al cerrarse y otra vez a abrirse. Las mujeres renunciaban a las labores del hogar a cambio de las cuotas hipotecarias, hacían campañas en pro de la paridad política y fiscal y empezaban a morirse de los infartos del corazón, accidentes de tránsito y enfermedades gastrointestinales que habían matado siempre a sus hombres, más jóvenes y mejor aseguradas que sus madres. Hasta los suicidios, que antaño fueran pulcras acciones femeniles que recurrían a las píldoras, las estufas de gas y otros métodos callados, se volvieron más agresivos y ruidosos: Al principio pistolas, después las escopetas. El silencio se había roto. En ciertos raros ámbitos aquello era tenido por progreso.
Tradicionalista en casi todas las cuestiones de la vida, mi madre, sin embargo, se adelantó a los tiempos en eso de morir, falleciendo veintiocho meses antes que mi padre, a los sesenta y cinco años, de un cáncer que la dejó sin voz.
Así que ni el sexo ni lo genes servían mucho para hacer predicciones. Empecé a mirar a otros lados en busca de respuestas.
Yo tenía una teoría. Se basaba vagamente en la nada extraordinaria observación de que los viejos siempre miran atrás con nostalgia, y los jóvenes, con la misma nostalgia, miran hacia delante. Un hombre recuerda lo que el otro imagina. Creo que la teoría vale también para las mujeres. La visión del placer en brazos del ser amado, o del triunfo tras un ingente esfuerzo, o de la seguridad arrebatada de las garras del peligro, o del sosiego tras un largo combate, ya sea generada por la memoria o la esperanza, por la vejez o por la juventud, está impregnada de las mismas ansias y es igual para todos los casos.
Según mi teoría sería posible calcular la mitad exacta de la vida mediante la aplicación de esas no tan abstrusas verdades. Y conocer la mitad exacta me daría por ende, la Cosa Más Ignota: el día de mi muerte. Dado el medio, el final podría saberse. Era cuestión de álgebra: equipos y signos de igual, aes más bes.
II
Si el pasado es la provincia que los viejos vuelven a visitar y el futuro es la que el niño sueña, el nacimiento y la muerte son los océanos que las delimitan. Y la mitad de la vida sería el instante central, esa frontera en la que al parecer podemos avanzar en cualquier dirección, cuando la vista es igualmente buena hacia ambos lados. Cuando no nos embarga tanto la nostalgia como la perplejidad. Cuando tenemos menos miedos y más preocupaciones. Son apenas unos pocos de los síntomas. Los viejos escriben memorias, los jóvenes presenta hojas de vida. En el punto del medio, llevamos una especie de diario que empieza siempre con una exposición del estado del tiempo. Vivimos en plano presente, equidistante de nuestro nacimiento y nuestra muerte. Nuestro cónyuge actual tiene el mismo poder de atracción que el recuerdo de primer amorío o que las fantasías sobre los culos firmes y las barrigas planas en los aviso de ropa interior de las revistas.
El punto medio de la vida posee un cierto asiento, un equilibrio ajeno a los envites de la juventud, y a los estrujones de la edad senil: flotamos, liberados momentáneamente de la gravitación del tiempo. Vemos con claridad nuestro pasado y nuestro porvenir. Dormimos bien, soñamos en todos los tiempos, despertamos capaces y resueltos.
Hazte cuenta, solía decir a cualquiera que me prestara atención en mis tiempos de bebedor, hazte cuenta que son los Estados Unidos. Emerges de las aguas de la matriz como tus antepasados en Ellis Island. No conoces el idioma. No entiendes la comida, las costumbres. Aunque quieres, no puedes trabajar. Necesitas que alguien te enseñe los trucos. En el mejor de los casos, tus padres lo harán. Partes rumbo al oeste, soñando con el oro, el glamour y tu futuro. Por allá en los montes Poconos conoces a una chica. Aprendes algunas mañas y astucias callejeras en Ohio. Puedes darte un rodeo por los placeres rápidos de Memphis o de Nueva Orleans, o hacia el norte, para pescar salmones en Michigan, pero nunca te desvías demasiado o descuidas por mucho el ansia juvenil de alcanzar el oeste. En California es donde están el oro y el sexo memorable. California es Hollywood y la ciudad de los Angeles. Es tu lugar, una vez llegues.
Acaso, cuando cruces el río en San Luis, la chica que ligaste en Pensilvania empiece a parecerte un poco rústica para un tipo tan fino como tú. O a lo mejor ella te planta por un fulano del viejo barrio o alguien con buena labia y rico, de las Montañas Rocosas. ¡En buena hora!, dices, y continúas viajando lidero de equipaje, sin mirar nunca atrás. En Las Vegas te entra la locurita, saltas de cama en cama, compras un convertible, apuestas, pierdes, das un paseo en carro por el desierto, donde se te ocurre pensar que tú eres tu peor enemigo. Piensas en la pandilla del viejo barrio, tus mayores se están muriendo ahora o ya están muertos. Te persigue el recuerdo de la carne de tu primer amor. Haces un montón de llamadas de larga distancia. Por primera vez en la vida aminoras el paso, tomándote tu tiempo para pasar el Gran Cañón, empezando cantidad de frases con cuando yo tenía tu edad y hace veinte o treinta años. Hay días tan bellos, que te duele que vayas a morir.
Si el desierto, las montañas o el yermo no te matan, vas a parar a California. Nada parece tener la misma importancia que tenía antes. Le dices a cualquiera que te preste atención que, después de todo, no se trataba de alcanzar la meta. Lo importante eran el punto de partida y el viaje que llegar allá. Alguien, por ayudarte, te dice que ya nunca podrás volver a casa. Si a estas alturas todo ha salido bien, te será fácil despedirte, precipitándote desde el largo muelle de Santa Bárbara, recordado por tus hijos y los hijos de ellos, que te habrán de llorar a lo largo de todo el continente de la edad.
Desde luego, la mitad de tu vida fue allá atrás, en Kansas, donde los horizontes de ambas lados eran interminables. Puedes divisar lejos, de noche salen las estrellas, estás en equilibrio por la visión igual de lo que tienes por detrás y por delante, de los hechos cumplidos y las posibilidades. Erguido, cómodo en tu pellejo: Kansas. Sólo dura un instante. Cuando reconocer ese terreno, estás en la mitad. Doblas la edad y obtienes la fecha de su muerte. Si te ocurre a los veinte, calcula cuarenta. Si te ocurre a los cuarenta, siéntete agradecido, ahora más, escoge nombres para tus biznietos. Es una teoría simple, en realidad. Algebra, historia, geografía, nada estrafalario.
Tenía dieciocho años cuando se me vino a la mente esta teoría. Contemplaba alternativas para mi futuro. Era un universitario, que no esquivaba tanto el reclutamiento como trataba de ignorarlo. Emblema de los tiempos era el hecho de que tus perspectivas respecto de Vietnam (tan sinónimo de muerte como el cáncer lo era y sigue siendo) eran determinadas por una lotería, invento del gobierno de Nixon. Sacaban los días del año de un sombrero; el orden en que los iban sacando era el orden en que se llamaría a los reclutas a prestar servicio. El tema de tu muerte estaba vinculado al día de tu nacimiento. Yo me encontraba jugando “corazones” en la asociación estudiantil cuando se hizo el sorteo. Mi número resultó ser el 254. La suposición general era la de que no alcanzarían a reclutar más allá del 150. Me iba a salvar. Tenía un futuro. Quería ser poeta. Había descubierto a Yeats. Quería ser Simón y Garfunkel. Sabía tocar la guitarra. Acaricié, de modo pasajero, la posibilidad de dedicarme a la enseñanza. Se me hacía que obtener una licencia de empresario de honras fúnebres no será mala cosa, dado el caso de que no me ganara un contrato disquero o un Pulitzer. Estaba totalmente absorto en la primera persona del singular.
Casi la única cosa que sabía con certeza sobre mi porvenir era que quería pasar buena parte de él en los brazos de Johanna Berti, o alguien así. Recientemente, ella me había rescatado de los años de infeliz ignorancia que las monjas y los hermanos cristianos se habían esforzado por cultivar. Para ellos, el único cuerpo muerto: el de Cristo, el de San Esteban, el de San Sebastián, pobre bastardo, el de Santa Dorotea, virgen y mártir, patrona de los jardineros. En la escuela parroquial de los años cincuenta y sesenta, el amor y la muerte estaban indisolublemente atados. “Pasión” quería decir la muerte lenta por una buena causa. Nuestras aulas y psiques eran galerías de crucifixiones, martirios, agonías en el huerto, éxtasis de oscura procedencia, todo en aras del amor. Johanna, que era una buena católica italiana y que tenía algo más que un fugaz parecido con Santa Catalina de Ricci, corresponsal de San Felipe Neri, arregló todo eso del modo acostumbrado, brindando la acogida de un cuerpo a otro cuerpo. Mi futuro se veía pródigo, informe.
III
En ese entonces yo vivía en la funeraria de mi padre. No la que poseo y administro actualmente, sino una versión anterior. Por los noches contestaba las llamadas de defunción y acudía a los levantamientos. Una mujer llamó una noche para decir que su hijo se había “quitado la propia vida” y que ahora estaba donde el médico forense del condado, donde le haría la autopsia en la mañana, y que si podíamos ir después de eso a recogerlo. Cuando lo traje a la funeraria y lo desenvolví, quedé asombrado con la carnicería. La incisión en T en el pecho no era ninguna sorpresa: autopsia torácica estándar. Pero al quitarle la bolsa plástica en que los hombres de la morgue le habían envuelto la cabeza, encontré un rostro inconcebiblemente recompuesto. Había partes enteras del cráneo que simplemente le faltaban. Se había pasado un poquito de tragos y había ido a casa de su ex novia. Se rumoraba que ella había roto con él hacía una o dos semanas y que él había estado paseando su desengaño por las orillas de la vida de ella de una manera que hoy en día llamaríamos “asedio”. Bebió en exceso. Fue a la casa de ella, a rogarle que volviera a recibirlo. La chica, claro, no quería, no podía, le dijo que fueran “sólo amigos”, etc., así que él se metió por la fuerza, subió corriendo al cuarto de los padres, sacó del armario del padre el rifle para cazar venados, se recostó en la cama con el cañón en la boca y accionó el gatillo con el dedo gordo del pie. Fue, en palabras de la ex novia, “un gesto impresionante”.
Ahora que contemplaba el gesto en la mesa del frente, se me hacía que se veía ridículo. La fuerza del estallido le había partido en dos la crisma, justo arriba del caballete nasal. Parecía un melón caído de la carreta, una calabaza destrozada por los niños vecinos. La parte de atrás de su cabeza no existía, así no más. He allí a un hombre que se había matado, impresionantemente, para enviar un mensaje a una mujer que él quería que lo recordara. Sin duda lo recuerda. Yo por mi parte lo recuerdo. Pero el mensaje en sí parecía fútil, deliberadamente vago. ¿Quería estar muerto para siempre, o sólo libre del dolor? “Yo quería morir”, es todo lo que parecía expresar con claridad. “¡Oh!”, decimos los demás.
Pero grabada en mi memoria está la forma como miraba con un ojo hacia el oriente y con el otro al occidente, perspectiva lograda mediante la división de su cabeza a mano armada. Aquel punto de vista parecía permitir una visión equilibrada: un ojo puesto en el futuro, el otro en el pasado. Gracias a esta precaución, donde él había estado y donde iba a ir se combinaban, dando por resultado el equilibrio. Pero también era patente que la visión era imposible. Estaba muerto. Así, de la primera teoría que forjé surgió otra secundaria, según la cual el equilibrio y la visión no se podían forzar. La violencia no conducía a la visión. Las armas de fuego no funcionaban aquí. Había que crecer en ella, habitarla, igual que la madera al árbol. El tipo frente a mí en la mesa de baldosín había conseguido perspectiva a expensas de la visión, un buen punto de vista a expensas de la propia vida. Se veía ridículo y terriblemente estropeado. Y desde entonces, aunque me he sentido impotente, y desesperado, y con ganas de matar, y dolido, nunca he tenido, que recuerde, un momento suicida en toda la vida.
Caminar enhiesto entre el pasado y el futuro, un paseo en la cuerda floja por nuestros tiempos, llegó a ser, para mí, un modo de vida: tratar de mantener un equilibrio entre las gravitaciones antagónicas del nacimiento y de la muerte, la esperanza y la añoranza, el sexo y la mortalidad, el amor y la aflicción, todos esos términos opuestos o casi opuestos que se convierten, con el tiempo, en las rocas y aristas, en las fuerzas sinónimas entre las cuales nadamos, como salmones que se balancean en la corriente, condenados a veces por hacer algo o por no hacerlo.
IV
A mí me sucedió eso una noche hace pocos años. ¿Sobraría decir que acabábamos de hacer el amor? Ella se recostaba junto a mí, fumando un cigarrillo. Yo estaba apoyado en los codos, mirando por la ventana. Era una noche de luna, un martes 31 de octubre. Víspera del Día de las Ánimas. Habíamos enterrado a mi madre esa mañana. En el plomizo ambiente de la media mañana nos habíamos congregado en el Santo Sepulcro a presenciar la introducción del féretro en la cripta, una compañía de los acongojados por la muerte de una mujer buena, muerta de cáncer, cuyo cuerpo recibía sepultura bajo el murmullo de los sacerdotes y el caer de los hojas y el gemido triste de las gaitas. Había sido un largo día. Yo trataba de recordar la voz de mi madre. El tumor se la había quitado por dosis. Yo estaba al borde del pánico porque no volvería a oír su voz, ese suave contralto lleno de sabiduría y resonancias de seguridad.
Y entonces, por un instante, lo ví todo esa noche. Entre el cadáver de la mujer que me había dado la vida y la cuerpo elástico de la mujer que me hacía sentir vivo, tuve una visión de mi pasado hasta mi nacimiento y una visión del futuro que terminaría con mi muerte.
Y la vida a cada lado de ese instante no era más que pesares y afectos, amoríos y heridas, risas y llantos, lutos y despedidas, cópulas y alegrías… misterios horizontales en medio de un paisaje parecido al de Kansas. El dolor y el deseo me abrumaban. Dolor por la madre que me había dado a luz, deseo de la mujer junto a mí hasta la muerte. En un instante así, el pasado pierde su arrastre y el futuro, su miedo.
Cumplí cuarenta y un años ese octubre. Y todavía a ratos me veo tentado a buscarle a todo eso la aritmética, o la geografía, o el álgebra, o la biología; a encajar las verdades de la vida en algún paradigma que se amolde, a decir que es precisamente así o asá. Pero desde esa noche, flotando entre los afectos conocidos de dos mujeres que me han amado, he perdido el gusto por los números y los modelos fáciles. Las ciencias de la vida tienen aún más cosas que enseñarme.
La revisión y los pronósticos parecen pérdidas de tiempo. Por más que yo quisiera poder manipular el pasado y el futuro, el momento en que vivo es lo único que tengo. Y el momento me instruye así, a saber: las nubes se deslizan delante de la cara de la luna, las luces titilan en los rostros tallados de las calabazas, las hojas vuelan al azar sopladas por el viento, los santos pasan sin ser reconocidos, el amor reconforta, las almas cantan más allá del alcance de los cuerpos.