Sunday, July 12, 2009

La voz de un hombre, el poeta: Una entrevista a Oliverio Girondo


Laura Navarro


Quería que mi ensayo fuera una entrevista a un escritor argentino. Cuando estaba abocada a la tarea de selección del autor, leí unos poemas que me facilitaron la decisión: sería Oliverio Girondo.

Sentí que necesitaba saber más, que esas poesías solas no alcanzaban; una nueva mirada al mundo llegaba hasta mí y no me era ajena.

Salí a buscar al autor, pero ya no estaba, había llegado tarde a mi vida. Pero permanecía su obra y por ello, superando la desilusión inicial, decidí continuar en el empeño: haría la entrevista. Encontraría las respuestas en las palabras de Oliverio Girondo, es decir, en su propia obra; y he aquí el resultado.


P: Usted ha escrito que las distancias se han acortado tanto que la ausencia y la nostalgia han perdido su sentido. ¿Acaso ha quedado un espacio para la poesía?


R: Segura de saber donde se hospeda la poesía, existe siempre una multitud impaciente y apresurada que corre en su busca pero, al llegar donde le han dicho que se aloja y preguntar por ella, invariablemente se le contesta: Se ha mudado. La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta que lo descubre un verdadero poeta.


P: Pero entonces, ¿qué los mueve a escribir?


R: Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir.

Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.


P: No obstante, al leer su obra nos sorprende la variedad de temas, como si todo le sirviera de materia poética, los grandes temas humanos y la vida cotidiana. Cabe luego la pregunta: ¿cómo surgen sus poemas?


R: A veces los nervios se destemplan… Se pierde el coraje de continuar sin hacer nada… Y se encuentran ritmos al bajar la escalera, poemas tirados en medio de la calle, poemas que uno recoge como quien junta puchos en la vereda. Lo que sucede entonces es siniestro. El pasatiempo se transforma en oficio.


P: Y seguramente el oficio lo impulsa a publicar…


R: ¿Publicar? ¿Publicar cuando hasta los mejores publican 1071% veces más de lo que debieran publicar? Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones. Yo no aspiro a que me babeen la tumba de lugares comunes, ya que lo único real- mente interesante es el mecanismo de sentir y pensar. Hasta que uno contesta a la insinuación de algún amigo apocalíptico e inexorable…


P: ¡Amigo al que sus lectores estamos muy agradecidos! Por otra parte la crítica…


R: No hay crítico comparable al cajón de nuestro escritorio. ¡El Arte es el peor enemigo del arte! Un fetiche ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas. Los críticos olvidan, con demasiada frecuencia, que una cosa es cacarear, otra, poner el huevo. ¡La opinión que se tendrá de nosotros cuando sólo quede de nosotros lo que perdura de la vieja China o del viejo Egipto!


P: Sin embargo, la dureza de sus palabras no coincide con la ternura y la piedad hacia los otros que se ve reflejada en su obra. Esta aparente contradicción me lleva a preguntarle: ¿cómo es en realidad Oliverio Girondo?


R: Yo no tengo una personalidad; yo soy un cóctel, un conglomerado, una manifestación de personalidades. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión


Tuesday, June 30, 2009

HAROLD PINTER LA TEXTURA DE LA CREACIÓN


Entiendo que “pinteriano” es un adjetivo que describe lo que es amenazante, siniestro y enigmático. ¿Usted piensa que eso le hace justicia a su trabajo?

Nunca he entendido lo que significa esa palabra. Otra gente la usa. Yo nunca la uso, así que debería de preguntarle a la gente que usa esa palabra.

Tal vez es una forma de describir con este adjetivo algunas cualidades de su escritura.

Sí, pero yo no sé cuáles son esas supuestas cualidades. Quiero decir, estas palabras “siniestro” y “amenazante” son muy fáciles de usar, pero espero que en mi trabajo haya más que eso.


Quizá sea un adjetivo que se haya usado por sus primeras obras. Como dramaturgo, ¿usted cree que la experiencia de David Byron fue útil para el trabajo de Harold Pinter?

Si usted se refiere a David Byron el actor, sí, creo que sí. Estuve actuando durante doce años todas las noches, bueno, no tanto, estuve trabajando mucho, pero me dio un sentido muy fuerte del teatro y de lo que sucedía en escena con relación a la audiencia… la tensión que existe entre el público y la obra a través de la actuación. Así que creo que eso es verdad.

Otra etiqueta que usted seguramente rechazaría es la de Martin Esslin por ejemplo, que lo ubica como un autor del teatro del absurdo.

Sí, creo que eso está fuera de tiempo, honestamente. Eso viene de un libro de hace veinte años y no creo haber sido absurdo en esa época como no creo serlo ahora.

¿Tiene usted alguna afinidad con el trabajo de Samuel Beckett?

Bueno, yo admiro a Beckett muchísimo. Creo que es un gran escritor. Lo admiro y me encanta, pero no me siento en el mismo nivel que él. Creo que es un gran escritor.

Algunos críticos han apuntado su conciencia del diálogo intrascendente, de la así llamada conversación casual, y que eso proviene de Chéjov, ¿usted siente alguna afinidad con Chéjov?

Bueno, me encanta Chéjov también, pero no creo que eso venga de Chéjov. Esto viene de la vida, la conversación intrascendente es la vida.

Lo que nos lleva a lo que muchos críticos han insistido, acerca de la naturaleza del lenguaje que usted utiliza, que puede ser etiquetado como intrascendente, pero quizás haya algo más que su obra nos quiere mostrar.

Bueno, no lo creo. Me parece que el lenguaje intrascendente es una forma de evadir el tema, de escapar de la verdad de una situación, no sabemos cómo enfrentarla, tenemos miedo de ella, entonces se utilizan maneras de lenguaje, formas de expresión para no permitir que se sepa lo que realmente está ocurriendo. Entonces no creo que sea realmente intrascendente: es trascendente.

La violencia parece ser parte de su experiencia, así como la de sus personajes, ya sea una violencia personal o social. ¿Esta violencia es sólo de los personajes o es una lectura de la sociedad en su conjunto?
Yo era niño durante la Segunda Guerra Mundial, tenía quince años cuando terminó, había muchísima violencia, estaban los bombardeos y todo eso. Había una guerra y yo era consciente de que millones de personas estaban muriendo. Después de la guerra viví en una parte muy ruda de Londres, el East End, y había mucha violencia y también antisemitismo. Soy judío, así que crecí en un mundo muy violento, y sigue siendo así, no ha cambiado.

Como escritor dramático, ¿qué es más importante para usted el lenguaje o los personajes?

Van juntos. En la obra dramática el lenguaje no existe por sí solo, tiene que surgir a través del personaje. El personaje tiene que estar ahí para que el lenguaje suceda.

Sí, pero para algunos la construcción psicológica del personaje es más importante que el uso del lenguaje.

En realidad yo no me preocupo por las manifestaciones psicológicas del personaje, yo sólo escribo y es el lenguaje lo que me conduce. Me he dado cuenta que mis personajes tienden a decir finalmente lo que en realidad piensan. Toma un buen tiempo hacerlo, pero al final lo hacen. Hablan al desnudo, pero no es tan fácil, tiene que haber una especie de explosión, algunas veces es una explosión violenta, tanto en el lenguaje como en la acción.

Quizás esta explosión en su trabajo sea permanente. No es la explosión que puede uno encontrar en ciertos dramaturgos norteamericanos, donde todo conduce hacia un clímax y en ese momento se dice la verdad. Tengo la impresión de que esta explosión en su trabajo siempre está ahí.

Creo que se trata de una violencia subyacente, una explosividad y tensión subyacentes. Estoy de acuerdo con usted. Éste es el caso también en la sociedad en que vivimos.

¿El lenguaje en sus obras ayuda a la gente a comunicarse o les impide hacerlo?

En realidad tiende a ser lo segundo. Lo que se dice actúa como una especie de cortina de humo casi todo el tiempo.

¿Cuál es la importancia de la ambigüedad y de la incertidumbre en su obra?

Cuando usted me pregunta cuál era o es la importancia de la incertidumbre realmente no tengo respuesta. La incertidumbre y el desconcierto son parte del tejido de mi vida y de la vida de mucha gente, sobre todo en la sociedad a la que pertenezco y en el país en el que vivo.

¿Cómo ve usted su evolución desde su primera obra The room hasta la más reciente?

Es muy difícil para mí, contestar esa pregunta porque uno no puede situarse fuera de la vida. Creo que mis preocupaciones se han hecho cada vez más claras y me he vuelto cada vez más comprometido políticamente, siempre estuve interesado y preocupado políticamente pero ahora estoy realmente comprometido y me veo como un ciudadano del mundo con ciertas responsabilidades y esas responsabilidades consisten en apreciar claramente lo que sucede en el mundo y al hacerlo me vuelvo muy impopular.

¿Usted ve su obra actual como un teatro comprometido?

Sí, cada vez más, pero esto no incluye Moonlight, no creo que ésta sea de ninguna manera una obra política. En Moonlight abordo un tema muy importante, que es la muerte, y eso es un serio problema.

Estaba pensando en Moonligth y en la imposibilidad de comunicarse al interior de la familia y me preguntaba si esto sería una característica de las familias anglosajonas…

¿Es solamente de la cultura anglosajona? ¿No es el caso también de la cultura hispánica? No lo sé… Pero hablando de Moonlight lo importante es la figura de la hija, está muerta, es un fantasma y creo que lo definitivo, a cuestión de la intimidad y el contacto, es que no puedes abrazar a los muertos y ellos tampoco te pueden tocar a ti, pero creo realmente que son manifestaciones que están presentes en nuestras vidas, creo que traté de ex presar esto de alguna forma en Moonlight.

Muchos de los lectores de sus obras de teatro no estamos familiarizados con su obra poética, ¿es lo mismo para usted escribir poesía, que drama o guión de cine? ¿Cómo visualiza, cómo arregla su material?

Desde muy joven he sido poeta y he escrito mucha poesía durante más de cuarenta y cinco años. Pe ro hablando de cine es muy distinto, ya que requiere de una muy precisa y particular elaboración, porque yo adapto, nunca escribo directamente para el cine. He adaptado novelas para la pantalla y lo disfruto mucho. Es un reto que me emociona, cómo serle fiel a la novela, son medios totalmente diferentes. Tuve una relación de trabajo muy excitante con Joseph Losey e hice tres filmes con él y también escribimos uno más que nunca se realizó.

Usted realizó también una adaptación de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, cosa que parece casi imposible.

Bueno, yo lo hice. Está publicado, puede leerlo.
Entiendo que “pinteriano” es un adjetivo que describe lo que es amenazante, siniestro y enigmático. ¿Usted piensa que eso le hace justicia a su trabajo?

Nunca he entendido lo que significa esa palabra. Otra gente la usa. Yo nunca la uso, así que debería de preguntarle a la gente que usa esa palabra.

Tal vez es una forma de describir con este adjetivo algunas cualidades de su escritura.

Sí, pero yo no sé cuáles son esas supuestas cualidades. Quiero decir, estas palabras “siniestro” y “amenazante” son muy fáciles de usar, pero espero que en mi trabajo haya más que eso.


Quizá sea un adjetivo que se haya usado por sus primeras obras. Como dramaturgo, ¿usted cree que la experiencia de David Byron fue útil para el trabajo de Harold Pinter?

Si usted se refiere a David Byron el actor, sí, creo que sí. Estuve actuando durante doce años todas las noches, bueno, no tanto, estuve trabajando mucho, pero me dio un sentido muy fuerte del teatro y de lo que sucedía en escena con relación a la audiencia… la tensión que existe entre el público y la obra a través de la actuación. Así que creo que eso es verdad.

Otra etiqueta que usted seguramente rechazaría es la de Martin Esslin por ejemplo, que lo ubica como un autor del teatro del absurdo.

Sí, creo que eso está fuera de tiempo, honestamente. Eso viene de un libro de hace veinte años y no creo haber sido absurdo en esa época como no creo serlo ahora.

¿Tiene usted alguna afinidad con el trabajo de Samuel Beckett?

Bueno, yo admiro a Beckett muchísimo. Creo que es un gran escritor. Lo admiro y me encanta, pero no me siento en el mismo nivel que él. Creo que es un gran escritor.

Algunos críticos han apuntado su conciencia del diálogo intrascendente, de la así llamada conversación casual, y que eso proviene de Chéjov, ¿usted siente alguna afinidad con Chéjov?

Bueno, me encanta Chéjov también, pero no creo que eso venga de Chéjov. Esto viene de la vida, la conversación intrascendente es la vida.

Lo que nos lleva a lo que muchos críticos han insistido, acerca de la naturaleza del lenguaje que usted utiliza, que puede ser etiquetado como intrascendente, pero quizás haya algo más que su obra nos quiere mostrar.

Bueno, no lo creo. Me parece que el lenguaje intrascendente es una forma de evadir el tema, de escapar de la verdad de una situación, no sabemos cómo enfrentarla, tenemos miedo de ella, entonces se utilizan maneras de lenguaje, formas de expresión para no permitir que se sepa lo que realmente está ocurriendo. Entonces no creo que sea realmente intrascendente: es trascendente.

La violencia parece ser parte de su experiencia, así como la de sus personajes, ya sea una violencia personal o social. ¿Esta violencia es sólo de los personajes o es una lectura de la sociedad en su conjunto?
Yo era niño durante la Segunda Guerra Mundial, tenía quince años cuando terminó, había muchísima violencia, estaban los bombardeos y todo eso. Había una guerra y yo era consciente de que millones de personas estaban muriendo. Después de la guerra viví en una parte muy ruda de Londres, el East End, y había mucha violencia y también antisemitismo. Soy judío, así que crecí en un mundo muy violento, y sigue siendo así, no ha cambiado.

Como escritor dramático, ¿qué es más importante para usted el lenguaje o los personajes?

Van juntos. En la obra dramática el lenguaje no existe por sí solo, tiene que surgir a través del personaje. El personaje tiene que estar ahí para que el lenguaje suceda.

Sí, pero para algunos la construcción psicológica del personaje es más importante que el uso del lenguaje.

En realidad yo no me preocupo por las manifestaciones psicológicas del personaje, yo sólo escribo y es el lenguaje lo que me conduce. Me he dado cuenta que mis personajes tienden a decir finalmente lo que en realidad piensan. Toma un buen tiempo hacerlo, pero al final lo hacen. Hablan al desnudo, pero no es tan fácil, tiene que haber una especie de explosión, algunas veces es una explosión violenta, tanto en el lenguaje como en la acción.

Quizás esta explosión en su trabajo sea permanente. No es la explosión que puede uno encontrar en ciertos dramaturgos norteamericanos, donde todo conduce hacia un clímax y en ese momento se dice la verdad. Tengo la impresión de que esta explosión en su trabajo siempre está ahí.

Creo que se trata de una violencia subyacente, una explosividad y tensión subyacentes. Estoy de acuerdo con usted. Éste es el caso también en la sociedad en que vivimos.

¿El lenguaje en sus obras ayuda a la gente a comunicarse o les impide hacerlo?

En realidad tiende a ser lo segundo. Lo que se dice actúa como una especie de cortina de humo casi todo el tiempo.

¿Cuál es la importancia de la ambigüedad y de la incertidumbre en su obra?

Cuando usted me pregunta cuál era o es la importancia de la incertidumbre realmente no tengo respuesta. La incertidumbre y el desconcierto son parte del tejido de mi vida y de la vida de mucha gente, sobre todo en la sociedad a la que pertenezco y en el país en el que vivo.

¿Cómo ve usted su evolución desde su primera obra The room hasta la más reciente?

Es muy difícil para mí, contestar esa pregunta porque uno no puede situarse fuera de la vida. Creo que mis preocupaciones se han hecho cada vez más claras y me he vuelto cada vez más comprometido políticamente, siempre estuve interesado y preocupado políticamente pero ahora estoy realmente comprometido y me veo como un ciudadano del mundo con ciertas responsabilidades y esas responsabilidades consisten en apreciar claramente lo que sucede en el mundo y al hacerlo me vuelvo muy impopular.

¿Usted ve su obra actual como un teatro comprometido?

Sí, cada vez más, pero esto no incluye Moonlight, no creo que ésta sea de ninguna manera una obra política. En Moonlight abordo un tema muy importante, que es la muerte, y eso es un serio problema.

Estaba pensando en Moonligth y en la imposibilidad de comunicarse al interior de la familia y me preguntaba si esto sería una característica de las familias anglosajonas…

¿Es solamente de la cultura anglosajona? ¿No es el caso también de la cultura hispánica? No lo sé… Pero hablando de Moonlight lo importante es la figura de la hija, está muerta, es un fantasma y creo que lo definitivo, a cuestión de la intimidad y el contacto, es que no puedes abrazar a los muertos y ellos tampoco te pueden tocar a ti, pero creo realmente que son manifestaciones que están presentes en nuestras vidas, creo que traté de ex presar esto de alguna forma en Moonlight.

Muchos de los lectores de sus obras de teatro no estamos familiarizados con su obra poética, ¿es lo mismo para usted escribir poesía, que drama o guión de cine? ¿Cómo visualiza, cómo arregla su material?

Desde muy joven he sido poeta y he escrito mucha poesía durante más de cuarenta y cinco años. Pe ro hablando de cine es muy distinto, ya que requiere de una muy precisa y particular elaboración, porque yo adapto, nunca escribo directamente para el cine. He adaptado novelas para la pantalla y lo disfruto mucho. Es un reto que me emociona, cómo serle fiel a la novela, son medios totalmente diferentes. Tuve una relación de trabajo muy excitante con Joseph Losey e hice tres filmes con él y también escribimos uno más que nunca se realizó.

Usted realizó también una adaptación de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, cosa que parece casi imposible.

Bueno, yo lo hice. Está publicado, puede leerlo.

Sunday, May 17, 2009

Yeats o la harina de las catedrales


La poesía de William Butler Yeats, buscador de héroes sobre navegaciones de universos catedráticos, gira sobre dos ejes básicos: la defensa de la identidad nacional de Irlanda, antes de que apareciera el IRA, y la exploración de los misterios psíquicos y sobrenaturales (fue muy aficionado a la cábala y el ocultimo). De la primera nace su interés por los mitos y el folclore de su tierra; de la segunda, su abundante y difícil simbología: árboles, pájaros, rosas, escaleras, pozos, etc. "La rosa" y "El viento entre las cañas", de influencia simbolista, contienen leyendas, paisajes y recuerdos de Irlanda. "La Torre" recoge sus preocupaciones intelectuales y místicas y su nostalgia del pasado. El amor y la pérdida de la juventud le inspiraron también hermosos poemas.
Existe un poema, "Cuando seas vieja", rescatado, sin duda alguna, de un soneto de Ronsard, que comienza "Cuando seas muy vieja, a la luz de una vela," que remodela el aojamiento del Carpe Diem horaciano o el Colligo virgo rosas, pues el canto al amor, entendido como pérdida de los años en que la belleza puede desaparecer (tema, por otro lado, tópico en poesía), será uno de los más autorizados por Yeats, quien hizo del amor, como de la remememoranza de la juventud todo un apacentamiento lírico, sobre el cual, como ciudadano literario de la carne y la rosa que era, descargó toda su metáfora diurna.
En relación a los poemas de raigambre nacionalista, dentro de una adivinación política que desembocaba no en la violencia sino en la belleza, prodemos darnos cuenta de que la poesía de Yeats es de un compromiso soscial y público que pudiera enardecer a las masas optimizadas por un cambio de rumbo en la vieja Irlanda, que supurando las costas, prendía la batahola refulgente de una independencia que estaba, desde hacía tiempo, medida por la batimetría fijada de los océanos,. Yeats se había dado cuenta de todo y lo hacía bruñir en sus poemas, que profundamente, para que quedaran asolados ante el mundo, pero inmensamente comunicantes, William Butler Yeats, más conocido por las iniciales que le nombran, fue un nacionalista irlandés que bebía cerveza mietras componía versos en los acantilados de Irlanda, intentando que la canalización de su compromiso político, desde el punto de vista literario, pudiera ser utilizada para el avance de las libertadoes asociativas y para la consolidación de un crisol de ya viejas aventuras sociales y públicas, intentando ayudar en lo que pudiera al crecimiento natural del nacionalismo irlandés. Quizá Yeats iba para revolucionario y quedó en poeta, que no se sabe ya que es lo mejor, porque la poesía no es que sea revolucionaria sino que siendo revolucionaria deja de ser poesía, pues el compromiso social y político hay que dejarlo, creemos nosotros, para los obreros y los banderilleros, que son los que tienen que hacer las revoluciones, pues en poesía se debe buscar la vanguardia o la pureza, por no decir el clasicismo o los nuevos u otros ocultos estilos literarios que no se sabe por dónde fatigan la metáfora y la natación adjetival.
De modo que Yeats, sin ser obrero, como Blas de Otero u Orwell (éste novelista), fue un poeta comprometido, pero este compromiso, quizá, a no ser que sea utilizado a pie de trinchera, como hizo Miguel Hernández, no sirve para nada, pues las hojas políticas, al ser incomprendidas o monótonamente descubiertas, en seguida se convierten en hojas muertas, cual hojarasca volteada por los vientos otoñales. Yeats lo intentó y no le salió bien. Porque un poema nunca podrá mover el mundo, por mucho que el mundo quiera ser movido por un poema. Si bien es cierto que, en ciertos casos, puede más la palabra escrita que la acción, pero esa palabra siempre ha venido desde el terreno de la intelectualidad, nunca desde la poesía, que es una cosa de señoritas y peluqueros.
De modo que a Yeats le quedaba mejor su etapa como poeta simbolista, rememorando, en algunas señalizaciones al simbolismo finisecular del diecinueve en el que se movieron Baudelaire y tantos otros. Yeats es seguro que, atajando en su lírica, leyó a Jean Moréas (pseudónimo francés del griego Joannis Papadiamantopoulos), el cual está claro que tomara pseudónimo, pues de otro modo más que poeta hubiera acabado en nadador de piscinas. Yeats, que era un gran ojeador de la tradición poética, pues su imantación literaria era tan contundente como la arquitectura de un edificio eclesiástico, conoció, sin duda, la obra simbolista del nortemaericanoStuart Merrill, convertido en auténtico poeta francés. Yeats, que era un águila de viva cumbre, osciló entre las lecturas de Francis Vielé-Griffin, Henri de Regnier y el simbolismo belga de Rodenbacg, afincado en París, porque París no es que fuera una prostituta, que también, sino que vertía rosas por los callejones antes de que los estilos literarios principaran a amar a los perros diurnos, y también el belga Verhaeren, y Maeterlinck. Ortro caso de puro simbolismo fue George Rodenbach, quien se entregó a la contemplación y la evocación, dando prioridad al objeto observado sobre el sujeto observador le symbole, ce que je vois (el símbolo, lo que veo). Otros casos de crisálidas simbolistas del fin de siécle, que no fue final sino el principio de la carrera de las manzanas, muy curiosas, fueron Emmanuel Signoret, poeeta mediterráneo; Louis Le Cardonnel, que dio un simbolismo religioso ordenándose sacerdote, y Pierre Louÿs, que dio un simbolismo erótico.
Yeats, que fue un poeta que vio en el símbolo un modo de conmover, tras la visualización de la palabra, el verdadero sentido de la visualización, supo, al menos esas fueran sus innegables influencias, quien era Albert Semain, como supo de la existencia de Francis Jammes, un poeta lleno de luz y serenidad idílica.
Hubo un poeta que cronológicamente es difícil de colocar: Germain Nouveau, quien tiene la importancia de haberse relacionado con Rimbaud y Verlaine (con Rimbaud pasó una temporada en Londres, y, conociendo a Rimbaud, existen posibilidades de que fuera una temporada en el infierno).
Lógicamente toda esta escuela tiene dos grandes padres literarios, de los cuales Yeats de ningún modo pudo desembararazarse, estamos habando del simbolismo de Charles Baudelaire y del simboismo de Stephen Mallarmé, pero no es el momento aquí de profundizar en estos dos poetas, pues largo me lo fiaríais.
De modo que W.B.Yeats, que como su contemporáneo T.S. Eliot, otro poeta cuyo fama está en las iniciales, aparte de su reconocido patriotismo, cotizó estilo anunciando influencias de un simbolismo mallarmeano; sin embargo, es última preocupación sus frases intelectuales, como decíamos, y sus adentros hacia el iracundo misticismo, aparte de cierta añoranza por un presente ya ocurrido. Si bien lo que más información celebra su manera de profundizar la lírica que derramaba entre misterios contables es el arreglamiento del amor y la pérdida de la juventud, como ya hemos apuntado al principio de este capítulo. Yeats, que fue operado de ántrax entre la bnelleza de las rosas, es poeta de amor, suave como lanzamientos de progresivos atentados contra la violencia, porque amar es violenta fuerza que hiere la razón y la rotura del alma. Yeats amó y fue ese amor el que le hizo ser poeta celebrante de pura poesía amatoria, cual Bécquer o Quecedo o Garcilaso o Rousard, porque ya le hemos buscado la hermandad con el poeta renacentista francés, pues fue Ronsard un poeta celebrante de amor y alentador del entusiasmo por la vida, pues Carpe Diem canto, como Yeats, quien de manera acusada edificó en arte la búsqueda de la felicicidad en los momentos dichosos de la juventud, como si Petrarca o Garcilaso o el Renacimiento entero, como una époica relumbrante y atildada de cuerpo fino, hubieran acudido a escribir el poema, y precisó que era más deseoso vivir el presente, cuando la belleza está atalantada que esperar a que el tiempo pase y se aje la hermosura.
De manera que, y ya finalizamos, Yeats, nacionalista irlandés, fue simbolista por culpa del Fin de Siècle, y fue poeta, como Rilke, al fin y al cabo, porque encontró en la poesía ese aplazamiento de la muerte tan necesario cuando la muerte es cúmulo de perros oscuros que ocultan símbolos, llámense rosas, pozos, árboles, bosques, pájaros, silencios, lluvias, y todo un mundo sumergido bajo el lenguaje prístino que está superpuesto y vivo para celebrar el profundo o iracundo amontonamiento del mundo, el cual se ve o no se ve, dependiendo de la insinuación simbólica.

Wednesday, January 07, 2009

CHUCK PALAHNIUK


"Una buena historia debe hacerte reir, provocarte náuseas, y después, romperte el corazón".

El rostro de Chuck Palahniuk refleja con exactitud el tipo de vida que el autor de El club de la pelea y Diario ha escogido. La textura de su piel revela que el escritor ha invertido en humectantes y tratamientos faciales, pero sus facciones permanecen duras y prematuras arrugas dan cuenta de una juventud vivida a pleno. El mismo ha confesado que sus técnicas de investigación tienen algo de suicida.El más notorio residente de Portland, Oregon, es el hombre que convirtió a Bret Easton Ellis en intrascendente. Su insolente pluma no se amilana a la hora de describir destripamientos (Haunted) o accidentes aéreos desde el punto de vista del pasajero (Sobreviviente). El contexto justifica sus excesos: sus personajes pueden aparecer exagerados, pero a la larga su propósito es tan ordinario como conectar con otro ser humano. Para algunos, la alienación de la vida moderna sólo permite alcanzar semejante objetivo a través de grupos de apoyo para enfermedades que no padecen o golpeando a alguien hasta ver hueso.Palahniuk pasó de figura de culto a ser parte de la cultura pop debido a la adaptación cinematográfica de su libro El club de la pelea. Gracias a resueltas actuaciones de Brad Pitt y Edward Norton y la dirección de David Fincher ("Seven"), la historia del grupo de sujetos tratando de reconectar con su masculinidad y degenerando en células terroristas, hizo pública esta nueva sensibilidad, con suficiente material para saciar al nuevo séquito que la película despertó.Quien asista a una lectura de Palahniuk descubrirá que el autor no es sólo pose. Con tal de entretener y divertirse él mismo, Palahniuk es conocido por arrojar bombas fétidas a su audiencia y responder cartas de sus fans con pequeñas encomiendas. El escritor sencillamente no responde a la imagen del versado y fatuo representante de la literatura contemporánea norteamericana.Nos encontramos en Vancouver, a donde viajó para juntarse por primera vez con uno de sus autores preferidos, Douglas Coupland (Generación X), en vísperas del lanzamiento del último libro del canadiense. Palahniuk trabaja el estereotipo: bebe café negro, sin azúcar, y te perfora con una mirada inquisitiva y afable a la vez.

- ¿Alguna vez has tenido resquemores a la hora de asistir, por ejemplo, a una sesión de sexalcohólicos anónimos cuando estás investigando para un libro?-
He sido bendecido con una impulsividad inconsciente. Si alguna vez no me siento cómodo, invito a un amigo, como cuando fui al Festival Testicular. Es también una manera de mantener mis amistades.

- ¿Qué le da valía a una historia para convertirse en parte de tus libros?
- Un profesor me enseñó que una buena historia debe hacerte reír, provocarte náuseas y, al final, romperte el corazón. Descubrí que estos relatos no son fáciles de contar para quienes los viven. Muchos de mis lectores vienen a mí porque confían en que yo no los juzgaré. Si es un recuerdo muy doloroso, y yo me puedo reir de él, quien me lo está contando se sentirá mas cómodo y será capaz de repetirlo un poco mejor la próxima vez.

REPORTERODEL CRIMEN.El autor se graduó en 1986 de periodista en la Universidad de Oregon, aspecto que se traduce en la casi naturalista atención al detalle de sus obras. Un hecho de sangre, a su vez, teñiría sus textos de romanticismo y muerte: su padre conoció a una mujer a través de un aviso clasificado. El ex marido de ésta, un neonazi, la había amenazado de muerte si alguna vez la encontraba con otro hombre. Como era de predecir, la mujer y el señor Palahniuk serían asesinados por el sujeto. Eros y Tánatos en estado puro.Palahniuk reveló su homosexualidad hace dos años en una entrevista con "Rolling Stone". No porque fuera un misterio, sino porque nadie le había preguntado antes. El autor ha mantenido una relación estable por once años, probablemente el aspecto más impensado de su personalidad, juzgándolo sólo por sus escritos.

- ¿Dirías que ser feliz sería contraproducente para tu trabajo?
- Absolutamente. Uno escribe para capturar esa parte de la propia existencia que no ha sido asimilada y la disectas hasta que no esté más ahí. Para tener material, tú tienes que perseguir la miseria y este tipo de experiencias.

- Pero hay algo inherentemente perverso al buscar la infelicidad.
- Depende. Si lo enfrentas como un juego, con reglas temporales, tú todavía puedes divertirte. Cuando termino un libro, habré detallado todos mis sentimientos acerca del asunto que me aproblema y ha dejado de ser un tema de preocupación. Algunas veces es incluso un evento material: hace varios años tuve una vecina que tocaba la radio increíblemente fuerte y música que yo detestaba. Discutíamos seguido, llevamos el tema a la municipalidad, y nunca pudimos resolverlo. Por ese entonces escribí Nana, que era sobre un arrullo asesino. De vuelta de una gira para promocionar el libro, mi vecina se había mudado. En medio de la noche. Después de 15 años. Sin una palabra de advertencia a nadie.

- ¿Cuál es la más errónea interpretación de tu trabajo?
- Que mis libros son nihilistas. O que sólo escribo para choquear a mis lectores. Si hay un elemento común en mis novelas, es que en el fondo son romances. Todas giran en torno a un individuo enajenado que se identifica a sí mismo como antisocial. En cada uno de mis libros, el sujeto crea las circunstancias que le permiten volver a insertarse en la comunidad, normalmente de la mano de una pareja.

Los libros de Chuck Palahniuk están plagados de guiños, ya sea a sí mismo (las palabras "liebrecilla azul" y el nombre Gwen aparecen en cada uno de sus libros) o a sus autores favoritos. "La trivia establece la autoridad del narrador. La gran mentira en cada una de mis historias se construye sobre un montón de pequeñas verdades, de modo que, cuando le revele al lector la gran mentira- como que Tyler Durden es una persona y no parte del inconsciente del protagonista- , éste se la tragará sin cuestionarla".Lo extravagante de su prosa se traduce también a sus técnicas a la hora de sentarse a escribir. "Me gusta ponerme en situaciones en las que estoy atrapado sin nada que hacer, como una lavandería o el taller donde están arreglando mi auto. Viajes largos en auto son perfectos, porque tu cerebro comienza a sonar despierto. Siempre traigo un laptop conmigo... ¡El baño! Escribo toneladas cuando estoy tomando una ducha".- Eso no lo creo.- Hey, Stephen King escribe en el baño. ¡Catherine Dunn escribe en la piscina! Hay algo en el agua que facilita el fluir de las ideas.

- Los derechos de "Sobreviviente", donde el protagonista secuestra un avión, fueron adquiridos por Fox, pero la idea fue abandonada luego del ataque al World Trade Center. ¿Hiciste tú la misma conexión?
- No, para nada. Más cercano a la realidad me pareció El club de la pelea. Quedé realmente choqueado por el final de la película. Se parece tanto a lo que sucedió el once de septiembre, es difícil para mí siquiera verlo. Sobreviviente fue recientemente adquirido por el equipo que hizo la película "Constantine", así que todavía hay esperanza.

- ¿Crees que "El club de la pelea" podría convertirse en película hoy?-
De ninguna manera. No creo siquiera que pudiera escribir la misma novela hoy. No es que me sienta responsable por los verdaderos clubes de pelea que la historia originó. Hasta el día de hoy, sigo recibiendo cartas de gente que jura que eran parte de clubes de pelea sesenta años atrás, durante la Segunda Guerra Mundial. Esa es mi coartada: lo que sea que pueda concebir, probablemente ha habido 10 mil otros que ya pensaron lo mismo.

- ¿Qué es lo que más te molesta de los medios?
- Nunca me ha gustado dar opiniones o hacer evaluaciones morales, pero el nuevo periodismo me fastidia. Murió con Hunter S. Thompson. Hay más cronistas interesados en sus propias reacciones que en lo que están reporteando. El verdadero monstruo de nuestra era es la destrucción de la credibilidad. Internet nos convirtió a todos en fuentes de noticias y hay tantas perspectivas que se presentan a sí mismas como hechos, que por eso mismo ya no hay una única verdad. Es una situación realmente atemorizante.

La próxima novela de Palahniuk podría ser catalogada como de ciencia ficción, aunque desde cierto ángulo, casi todos sus libros lo son. Al mismo tiempo, el autor espera debutar como dramaturgo este año. De todos sus textos cuyos derechos han sido adquiridos por Hollywood, el que tiene la mejor chance de transformarse en película en el corto plazo es Asfixia. El protagonista podría ser Heath Ledger ("Secreto en la montaña").

- ¿Cuál es tu lema, Chuck?
- Hazlo ahora, discúlpate después.

PARA ESTÓMAGOS FIRMES. Dos nuevos libros de Chuck Palahniuk están por ser publicados en español. En Haunted, un grupo de escritores participan en un retiro que, según su anfitrión, los convertirá en acabados autores. Desafortunadamente para ellos, el retiro consiste en encerrarlos en un teatro abandonado. Sin comunicación, electricidad, comida y agua, los invitados producirán el mejor trabajo de su vida, lo que no significa que alguien llegará a verlo.Stranger than Fiction reúne ensayos y crónicas periodísticas tan variadas como la lucha libre o un día en la vida de un perro callejero. También hay retratos de gente cuya sensibilidad es similar a la de Palahniuk, como Marilyn Manson o Amy Hempel (su mayor influencia literaria). Por último, indaga en los rincones más inaccesibles de su alma y revela viñetas de su vida, incluyendo el asesinato de su padre a manos de un supremacista blanco.

Por Jorge Ignacio Castillo.Fuente: Diario "El Mercurio"Más información: www.diarioelmercurio.com

Monday, November 17, 2008

Roberto Rubiano


Comencemos con una catarata de lugares comunes: Roberto Rubiano Vargas es uno de los mejores escritores vivos que tiene Colombia. Sin embargo, es uno de los más desconocidos. Lo lee una camarilla de iniciados que cultiva una pasión secreta por el cuento -un género que los tipos del departamento de mercadeo de las editoriales no quieren porque dicen que no se vende- y una pasión esotérica, casi demodé, por la literatura negra o policíaca. Rubiano se mueve entre esas dos aguas inciertas y a la fecha lleva a su cuenta tres libros de cuentos, una novela, dos libros infantiles y una antología de consejos para escritores por escritores, Alquimia de Escritor.

¿Por qué algunos de sus libros venden apenas medio millar de ejemplares, cuando se trata de narraciones de espléndida factura, hechas con oficio de escritor, de un escritor que tuvo muy clara su vocación desde muy joven y desde entonces no ha hecho más que prepararse y prepararse para su destino manifiesto, mientras que otros escritores manifiestamente mediocres venden hasta 30000?

La respuesta es muy simple: porque en la actualidad la literatura se ha vuelto más asunto de mercadeo que de arte, y Rubiano es pésimo para mercadearse a sí mismo. O por lo menos de eso lo acusan algunos de sus editores, quienes quisieran que se exhibiera más, que firmara más libros en librerías, que concediera más entrevistas (o lo que es peor, que se las lagarteara).

Esa posición de los editores confirma algo que cierta escritora amiga mía me dijo sobre cómo se alcanza el éxito ahora en este oficio tan difícil: lo que menos importa en un escritor moderno es que escriba. Lo que importa es que parezca un escritor. Saber escribir es una cualidad deseable pero prescindible. (Estamos hablando de que apenas escriba , no de que escriba bien. La obra de estos escritores de mercadeo modelo Jaime Bayly debe existir al menos como textura gráfica antes que como texto: y para el caso de que alguien decida leerla, debe tener el discreto nivel de un artículo provocador para una revista de Miami como Maxim). Lo que es imprescindible del escritor de mercadeo es que pose de escritor. En esta materia un escritor contemporáneo debe ser un experto. Debe llamar la atención con su ropa y sus compañías. También puede “epatar” con sus opiniones iconoclastas, pero esto último también es prescindible. Si opina sobre moda o sobre sexo, es útil porque sube las ventas. Pero si opina sobre, digamos, las patentes transgénicas y la biodiversidad, es mejor que guarde silencio: menos complicado y más útil. Un silencio bien administrado puede interpretarse como inteligencia y dar mayores resultados a nivel de mercadeo. Aún más útil resulta empelotarse en la portada de un pastiche, como hace Efraim Medina, cuyos libros apenas alcanzan la calidad de un largo artículo de la revista Soho (esa sí una técnica de masturbación para Batman y Robin) o publicar una ininteligible ópera prima mientras se anuncia una novela genial que se tiene en preparación. Esta novela genial puede ser un simple recuerdo de días de infancia contada de manera lineal, sosa y plana, literal, sin ninguna recreación, juego de tiempo ni profundidad alguna, como hace Santiago Gamboa: no importa. Si contiene suficientes alusiones al trópico, algunos recuerdos del abuelo sobre la dictadura o la frágil democracia y uno que otro juicio político común a nuestras sobremesas dominicales, será suficiente para llamarle la atención a algún despistado editor barcelonés.

Ahora bien, Rubiano NO es un escritor moderno (no posa de escritor) sino un escritor a la antigua: un escritor que escribe. Escribe con pasión, con método, con sutileza y con arte, y por lo tanto merece ser leído por lectores que lean con los mismos atributos. Es decir, lectores que no están en el espectro de los tipos del departamento de mercadeo de las editoriales. Los lectores que buscan los tipos del departamento de mercadeo son los llamados de nicho , es decir, que combinen poder adquisitivo, nivel social y gusto ecléctico, y para ellos se editan libros a su medida, libros que provoquen un leve boom de ventas y luego se olviden. Libros asimilados de alguna manera al periodismo, libros que se compren por su actualidad pero cuya relectura es prescindible, o peor aún, indeseable. Como los libros con largas transcripciones de entrevistas que le hacen a Antonio Caballero para recoger sus preciosas opiniones como en misa; el acto de comprarlas es una pulsión de consumo al pasar por la mesa de novedades de una librería de postín, igual a un antojo por un jamón: lo hojearán y lo dejarán enmohecerse en la mesa de noche hasta que alcance el nivel de los rimeros de periódicos viejos y vaya a parar a los tenderetes de libros de segunda en la calle 22. De estos libros lo que importa es que se vendan, no que se lean: es más, dudo mucho de que quienes los compran tengan ninguna intención de leerlos, ni mucho menos de releerlos. Pero sí de exhibirlos al desgaire encima de sus coffee table books, para que sus visitantes se enteren de que son tipos enterados.

Y Rubiano es justamente un escritor que merece releerse. Dije al principio de manera un tanto atrevida para este país de antropofagias, que se trata de uno de los mejores escritores vivos de Colombia. Y repaso la lista, excluyendo de ella al consagrado Fernando Vallejo y al monstruo GGM, y me sobran dedos: vivo está Germán Espinosa, que tiene una antología de cuentos monumental además de La tejedora de coronas. Y vivo está Antonio Caballero, que escribe sus columnas para la galería, y también posa de escritor, pero usa esta pose para seducir y no para vender libros, porque Sin Remedio, que es la novela de la Bogotá de los setentas pero sobre todo la novela de la bogotanidad, no necesita de ningún artilugio de promoción ya que es una novela magistral. Basta con que el editor le haga un poquito de ruido. Vivo también está Roberto Montes Mathieu (El cuarto bate), cuya escasa obra se lamenta. Y vivos están, cómo no, Abad Faciolince, cuyas novelas adolecen de editorialismo, exceso verbal y falta de autoedición, pero hierven, son vitales y van en vía de mejora, y el difícil Luis Fayad de Los parientes de Ester, y el prolijo Juan José Hoyos de El cielo que perdimos, y Laura Restrepo, de cuya obra se destaca sobre todo La novia oscura por su cuidadosa estructura, su bella factura y su extraordinaria anécdota. Dos paisas, dos caribes, cuatro bogotanos. Y pare de contar, a menos que hayamos de considerar literatura ese guión de dudosa sintaxis que es Rosario Tijeras. No están todos los que son pero sí son todos los que están. Entre los miembros de esta arbitraria lista no hay ninguno que pose como modelo: todos son escritores de misa y olla, y no de pasarela.

En efecto, desde muy temprana edad este bogotano sin remedio que es Rubiano supo que lo suyo iba a ser este destino un tanto incierto. Ser escritor es como ser torero: uno puede convertirse en figura mundial o seguir toreando de pueblo en pueblo, pero de todas maneras se juega el pellejo en cada palabra. Rubiano comenzó a torear muy temprano, hacia 1982, con un libro de cuentos llamado Gentecita del montón que le publicó Carlos Valencia tras hacer el normal tránsito por un premio de cuento de la editorial misma, y que hoy, como casi todo lo de Rubiano, es inconseguible. Rubiano ofrecía con él una perspectiva fresca de la sociedad colombiana, elaborada desde el ángulo de la bohemia local, a la manera de Andrés Caicedo. El valor poético de la vida anárquica, de seres insólitos que transitaban la vida en contravía, entre la droga, la rumba, la marginalidad o la subversión, era una temática novedosa entonces, cuando aún se escuchaban los ecos de la revolución beatnik en Colombia y era válido (casi que imprescindible) ostentar una posición progresista tirada a la izquierda, como lo que hoy día llaman en fútbol “volante de creación”. Profetas de nuevos modos de vida, hippies de la universidad Nacional, anarcos sin destino, mujercitas rumberas: muchos pichones de escritores actuales han abrevado en esa fuente en secreto, como si Rubiano hubiera descubierto de pronto que se podía escribir sobre esos personajes, que había una poética detrás de ellos. Hoy día esa temática luce un tanto anacrónica, pero Rubiano ha trasvasado algunos de esos personajes en sus cuentos modernos (“El gurú Mejía”, por ejemplo, en su libro Vamos a matar al dragoneante Peláez, de 1999), en donde el llamado modo de vida alternativo de las gentes de la Colina de la Deshonra (el barrio La Macarena de Bogotá en los años 70, detrás de la plaza de toros), adquiere una perspectiva madura, ya distante en la historia. Hay un escritor que acompaña a Rubiano en esa visión zurda de la vida bogotana, y es su íntimo amigo Antonio Morales Riveira, el brillante periodista hijo de Próspero Morales (Los pecados de Inés de Hinojosa), que figuraría en la atrabiliaria lista de arriba si hubiera hecho la tarea. Muestra de ello es su magistral cuento “El del ritmo no eras tú”, publicado en la antología El último macho donde se reúnen textos de tres generaciones de Morales. Mas no importa, seguiremos esperando la eterna novela en preparación de Morales, hasta el último día de la eternidad.

Felizmente Rubiano se aleja de esa temática marginal, que de alguna manera era estrecha de miras, como quiera que se deriva de un fanatismo, y lanza su declaración de guerra literaria con El informe de Galves, en 1993. En términos de mercadeo Rubiano fue durante los años 80 lo que los editores llaman “una promesa literaria”, criterio basado en la ecuación premios+corta edad= éxito+billete, y que José Saramago se ha encargado de denunciar en repetidas entrevistas con su habitual lucidez. Este síndrome de Rimbaud es en realidad una premisa falaz traída del mercadeo, según la cual un escritor joven vende más por el solo hecho de serlo, teniendo en cuenta como valor absoluto y como factor de ventas primero la juventud y luego la calidad. Por eso rara vez se tienen en cuenta en Colombia óperas primas de gente de más de 40 años, sin recordar que Conrad abandonó la marina mercante por la literatura ya bien entrado en los cuarenta y que gente como Vallejo, GGM y Mutis han producido sus grandes obras en la madurez.

Pero en lugar de infligirnos un alud de obra irregular para darles gusto a los tipos de mercadeo, Rubiano hizo dos movimientos extraños: se silenció durante unos años y se exilió en el Ecuador detrás de un amor (cuando lo políticamente correcto habría sido marcharse a París, lo cual tampoco garantiza nada, según ha podido verse en otros escritores contemporáneos). Tenía otras pasiones, además de la literatura, y probablemente no tenía nada qué decir aún (“aún” en los términos de tiempo de los editores). Sus otras pasiones eran a saber, la fotografía, el cine documental y la investigación. Produjo un par de libros fotográficos y expuso como artista, participó como investigador en libros sobre historia de la fotografía, fundó en Quito un bar de salsa que le da un mediano pasar (“Seseribó”), y trabajó en periodismo cultural y en edición. En el entretanto, tuvo tres hijos. Como consecuencia natural de este hecho en un escritor, produjo algunos libros infantiles, que se cuentan entre sus obras más vendidas, y curiosamente orientadas hacia la novela negra.

Pero estábamos hablando del Informe de Galves y la declaración de guerra hacia la novela negra. En 1993 Rubiano es ya un escritor preparado, aunque no necesariamente maduro, pero ha dejado pasar mucho tiempo desde la salida de su primer libro, y lo más grave, ha dejado de sonar. El informe de Galves pasó inadvertido, excepto para un (valga la expresión) nicho de lectores formado en la lectura del cómic moderno y en las novelas de Dashiell Hammet como Cosecha Roja. Su cuento “La muñeca de ébano” es un sutil homenaje a El halcón maltés . En este libro Rubiano se decanta por el género negro, abandonando las anécdotas de los artistas marginales, pero adaptando el género al trópico y más exactamente a Bogotá. Una ciudad de inmigrantes y de delincuentes, que no había tenido quien cantara ese ángulo suyo de mujer torva, dura y cínica, atractiva y fatal como un mal bolero.

Con Galves Rubiano alcanza la maestría en el manejo del cuento como género literario. Pero no del cuento corto, repentista, que está tan de moda como solución para exhibir el ingenio por parte de escritores y editores, sino del cuento profundo y complejo, matizado y largo. Un tipo de cuento rayano en la novela corta, pero de manejo mucho más difícil que la novela misma, porque sigue siendo un cuento, es decir, una flecha que se dirige hacia su destino sin desviarse en lo más mínimo y en busca de producir un efecto demoledor y no una serie de matices de sentimientos, según rezan los cánones de Horacio Quiroga y de Hemingway. Cuentos como “Los papeles de Juan de la Cuesta”, o personajes como Larsen, el protagonista de “Un editor pirata”, demuestran este aserto.

Pero esa maestría no le garantiza a Rubiano suficiencia en el terreno novelístico, porque se trata de géneros distintos. Una cosa es pintar un fresco social a través de unos personajes novelísticos y otra transmitir un sentimiento por medio de un cuento. Luego de una ardua separación conyugal, Rubiano vuelve al ring y produce Vamos a matar al dragoneante Peláez , segundo volumen de cuentos con una característica peculiar: son un recorrido por la historia de la Bogotá del siglo XX. Pinta las distintas épocas de la ciudad y es para mí su libro más logrado, mucho más que su novela El anarquista jubilado, del 2002. En el Dragoneante, este escritor que se autoadscribe a la novela negra pero es más bien un hiperrealista, logra mejores cuentos sobre tiempos históricos que actuales. El Dragoneante está ordenado cronológicamente, y su cuento mejor logrado es el primero, que transcurre en la época de la guerra de los Mil Días. Hernando, Elvira y Joaquín Perdomo se mueven en un ambiente denso de finales del siglo XIX, donde el honor es una apariencia y los canallas se aprovechan de los ingenuos que creen en él. Una historia de espionaje que transcurre a caballo, entre postas y cartas en alforjas de cuero llenas de secretos, conduce al protagonista a una trampa militar que despejará el camino del canalla hacia la mujer de sus sueños y enterrará de paso al partido liberal. Aunque pretenda enmarcarse en el género negro, este cuento traspasa ese estrecho marco y vuela mucho más allá, hacia la interpretación de la naturaleza humana, que es en últimas de lo que se trata esto de la literatura.

El libro avanza con cuentos representativos de cada década. Conocemos a míster Portila, un oscuro abogado encargado de cuidar un gringo que investiga en la Bogotá de los cuarenta y termina asesinado. A Máximo Frisone, escultor y anarquista de la época de la fundación del partido comunista en Colombia, hacia 1930, que intenta volar la fábrica de Bavaria enfrente del actual Museo Nacional, entonces cárcel. Al Gurú Mejía, personaje que descrestaba juventudes en la Universidad Nacional de los setentas y se convierte poco a poco en su propia sombra. Y a Culoetrueno, travesti y mesero de un peligroso bar gay del sur de Bogotá. Todo un fresco de la ciudad.

Rubiano y yo estamos en un coqueto restaurante de la Macarena bogotana, absurdamente caro y pretenciosamente parisino, un restaurante más de esos que se nutren de la memoria de Jaime Garzón y de la fama ya lejana que tuvo el barrio en su época de bohemia. Rubiano recorre con nostalgia estas mismas calles de andenes rotos, cubiertas de mierda de perro que tuvieron un encanto especial hace veinte años, cuando funcionaban bares como La teja corrida y El palomar en casas hoy abandonadas.

Entre bocado y bocado de prosciutto, Rubiano, que es un tipo alto y fornido, con físico de exciclista o de estibador de barcos, de tez mora y barba entrecana que le da un cierto encanto mediterráneo, me cuenta de los tres proyectos de novela que tiene en mente: uno sobre inmigrantes colombianos al Ecuador -vaya, qué original- otro sobre tráfico de obras de arte -me acuerda de Tintín y el arte alfa, cómic póstumo de Hergé- y una novela histórica. Salta ofendido, como si le hubiera echado alcohol en un ojo, cuando le digo que El anarquista jubilado es una novela más bien poco verosímil y de anécdota difícil de seguir, y que sus fans que hacemos procesión a San Librario para conseguir un ejemplar del Galves para regalar, esperamos una segunda novela que alcance el nivel de sus cuentos. “Pero si son cosas que me pasaron a mí” protesta, y entonces descubro que Mariana Llano, la bella cineasta que persigue traficantes de fauna y tiene sexo triste en El anarquista jubilado es el propio Rubiano, que estuvo haciendo documentales sobre ese tema en el Ecuador. A los traficantes de fauna se sobrepone una compleja trama de tres tipos que hace treinta años buscaban con un mapa de tesoro el cadáver de Camilo Torres para lograr la paz de Colombia, pero en el fondo, para hacer plata. Ahora los tipos están en orillas opuestas de la vida, el uno como traficante, el otro como ecologista y el tercero como borracho desilusionado de la revolución, que se la pasa leyendo a Shakespeare en la edición de papel biblia de Aguilar. Todo ello refuerza mi convicción de que la verosimilitud en literatura tiene poco que ver con la verdad realista, y devuelvo la conversación al tema de los proyectos de novela.

Rubiano me habla con pasión de su proyecto de novela histórica, que transcurrirá en planos paralelos entre finales del siglo XIX (como el cuento de Hernando y Elvira) y finales del XX. El mismo ejercicio del Dragoneante, que tiene unidad de estilo mas no de trama. Todo gran libro de cuentos es el germen de una gran novela, si el autor logra concretarla. Intuyo que si Rubiano logra concretar ese vasto proyecto de novela histórica, se consagrará, sin que importe su edad, la opinión de los tipos de mercadeo o las 600 páginas que tendrá el mamotreto. Juiciosito, me termino mi ensalada sin controvertir más, y muy dentro de mí oro para que Rubiano abandone el proyecto de los inmigrantes colombianos a Ecuador y se consagre a su gran fresco novelístico y me voy a mi casa a releerme Los papeles de Juan de La Cuesta, la historia de una edición príncipe de El Quijote perdida en Bogotá entre aristócratas sin escrúpulos, ladrones de antigüedades y un anarquista desesperado que quiere destruirla.


Wednesday, August 13, 2008

JACK LONDON: LA LEY DEL MAS FUERTE


Por: Jose Angel Barrueco

Dos defunciones distintas jalonan la leyenda del escritor, idealista y aventurero Jack London: una muerte accidental y una muerte por mano propia, ambas tras larga enfermedad.
Corre el filo de la madrugada del 22 de noviembre de 1916. En el interior de la hacienda "Beauty Ranch", en Glenn Ellen, California, sobre el lecho, un hombre acabado combate la agonía de los dolores renales, el desasosiego del insomnio, la decadencia física y moral a la que el consumo frecuente de alcohol le ha empujado, la infelicidad conyugal, el desencanto y el rastro de una existencia dilapidada entre borracheras, derroches de fortuna e innumerables aventuras. En los últimos tiempos, para atenuar los padecimientos de la enfermedad, ha sustituido los analgésicos y el alcohol por la morfina y la heroína.

Se llama Jack London y la fama de sus cuentos y de sus novelas y su militancia en el socialismo han atravesado las fronteras y los países. Encima de la mesilla esperan las drogas. Con determinación y acaso el pulso tembloroso, y la frente perlada de fiebre y de los tormentos de la vigilia perpetua, toma en su mano la aguja y se inyecta una sobredosis de sulfato de morfina y de sulfato de atropina. La burla del destino quiere que ambas drogas actúen de forma contraria, luchando una contra la otra, lo que le depara, en lugar de una muerte súbita y sin dolor, una agonía de varias horas.

Acaso en aquellos momentos el escritor, atareado en la batalla contra el suplicio, alcanzara a recordar el hermoso final de su novela autobiográfica Martin Eden, donde, como en un oráculo literario, parecía haber configurado el que sería su fin. El escritor Martin Eden, inquieto e insomne en La Mariposa, el barco que navega rumbo a los Mares del Sur, y presa de los desvelos de la noche, salta al mar, tras descubrir el camino en unos versos de Swinburne. Su resolución es desconsoladora y uno de los finales más hermosamente tristes de la literatura: "Primero nadó un rato. Un bonito de los que siguen a los barcos le mordió y le quitó la carne. La Mariposa se alejaba. Dejó de nadar y se instaló en la vertical. Le rodeó como una hoguera radiante. Después, tenebrosidad". Martin Eden viaja a los Mares del Sur decepcionado por haberse traicionado a sí mismo: el ascenso a una clase social elevada, gracias a la fama que, después de una época de rechazo editorial, ha logrado con sus escritos, le proporciona la idea de que ha vendido su anterior vida de hambre y miseria por los regalos y el relajo de la sociedad que antaño despreciaba. Sin dejar un reguero de cartas de despedida ni testamentos, con el denuedo de un suicida sin vacilaciones, se arroja por la borda.

Tal vez Jack London recordara las últimas palabras que había escrito en aquella novela cuando se inyectó las drogas, sin detenerse a redactar manuscritos de despedida ni anotar en un diario su decisión. O tal vez, como cuenta otra de las leyendas en torno a su confuso tránsito, muriese de manera accidental, sin saber que aquel veneno mixto le empujaría aprisa hacia la tumba. En cualquier caso, y siguiendo a Borges, London "agotó hasta las heces la vida del cuerpo y la del espíritu. Ninguna lo satisfizo del todo y buscó en la muerte el tétrico esplendor de la nada".
Jack London había nacido cuarenta años antes, en 1876, en San Francisco, bajo el nombre de John Griffith, hijo de una espiritista soltera llamada Flora Wellman y de un astrólogo ambulante y periodista, William Chaney. El muchacho, dado el carácter enfermizo de su madre y la desaparición de su padre, fue criado por una antigua esclava, Virginia Pentiss. Pronto, Flora Wellman contraería matrimonio con un veterano de la guerra, John London, de quien John Griffith tomó el apellido.

Mientras comienza su educación, empiezan sus primeros pasos en el mundo de la miseria y el hambre. Con diez años ya vende periódicos en la calle durante la noche, hasta que llega la hora matutina de entrar al colegio. Desde entonces, junto al hambre como camarada que le roba la infancia antes de clausurarla, atraviesa un periplo en el que prueba en sus carnes los oficios más embrutecedores y dispares: ladrón de ostras, agitador político, contrabandista, pescador, soldado, marinero, buscador de oro en Alaska... Probó en sus labios la hiel del vagabundaje y, consumido por el escorbuto y el fracaso en su búsqueda de oro, regresó para iniciar una carrera literaria que iba a acarrearle fama mundial y una fortuna que derrocharía en viajes, borracheras, granjas y donaciones, siempre titubeando al filo de la ruina.

Jack London compagina su militancia en el socialismo con el descubrimiento de autores como Nietzsche, Spencer o Darwin. De estas lecturas contradictorias nace un personaje complejo; en sus obras se refleja su pasión paradójica por el individualismo nietzscheano y por el colectivismo socialista. De su trayectoria vital, como de una mina de la que extrajese oro, extirpa la materia aventurera que servirá de base literaria para sus cuentos y novelas. Algunas, como Colmillo blanco, Martin Eden o La llamada de la selva, han alcanzado por derecho propio el rango de clásicos.

London ha sido un hombre de acción y esa acción, esa supervivencia del hombre por salir adelante en un entorno hostil, cuaja con acierto en sus libros, narrados con sentido del ritmo y nervio. Con treinta años es el escritor mejor pagado de su país, y a lo largo de su trayectoria literaria publicaría más de cincuenta libros, convirtiéndose en lo que hoy conocemos como autor de best-sellers, pero dotado de un gran talento. Fue el típico escritor que ha vivido todo cuanto luego ha escrito. Su maridaje entre experiencia y literatura es completo. Pero no sólo se alimentó de filosofías contradictorias y aventuras en buques: de las bibliotecas desempolvó material abundante de lectura para perpetuar esa condición tan americana de "hombre hecho a sí mismo".

Todo su itinerario por los lados salvajes de la vida culmina aquella madrugada de 1916, en el lecho de su hacienda, carcomido por la ruina física y moral, con esa sobredosis que, acaso con el pulso tembloroso, se inocula para apaciguar el rigor de los sufrimientos. La frialdad con que su personaje Martin Eden escoge su punto final nos recuerda también al protagonista de El burlado, cuento de London recuperado recientemente en la antología de Suicidas. En este relato un hombre ve aproximarse su muerte mediante la tortura lenta y dolorosa, que sus enemigos acaban de infligirle a sus compañeros. Sabe que sólo la astucia y la elocuencia podrán granjearle una extinción rápida y digna, un pasar al otro lado sin llantos ni súplicas innobles.

De ese mismo modo, como su Martin Eden, como el Subienkow de El burlado, como el viejo indio ya inservible de Ley de vida que es abandonado a morir frente al frío del ártico y las manadas de lobos tras haberse convertido en una carga para los suyos, queremos creer que Jack London aceptó su destino, sin quejas ni llantos, con la determinación de quien se sabe vencido en esa lucha que marcan las leyes de la supervivencia. La ley de la selva y la ley del más fuerte.

Sunday, May 25, 2008

LAS VISIONES DE FERNANDO DENIS


LAS VISIONES DE FERNANDO DENIS / NICOLÁS SUESCÚN

El poeta que hoy presento es una paradoja viviente: escogió para firmar sus libros un seudónimo tan común o más que su nombre verdadero —José Luis Gonzáles Sanjuán—, y a pesar de llevar una vida sórdida, por lo pobre, aunque no despreciable —como quiso calificarla uno de nuestros novelistas—, se ha proclamado prerrafaelista —esa sofisticada hermandad de pintores y poetas ingleses del siglo diecinueve de un romanticismo sensual y casi místico—, y se mueve, nos interna en sus poemas, en un mundo de enorme belleza: los mitos, los personajes y las imágenes de la literatura del mundo, pero sobre todo de Borges, de los prerrafaelistas, claro, y hasta de Christopher Marlowe —el genial dramaturgo inglés que quizás habría sido un digno rival de Shakespeare, de no haber sido asesinado a los 29 años en una riña de taberna—, y de ciertos pintores del romanticismo, como Turner, sobre todo Turner, cuya "…luz demencial que sueña en los espejos, /Monólogo de los crepúsculos bermejos / Fragatas incendiadas de mortales colores", le inspira el título y el tono de su primer libro, La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner, o Piranesi, ese grabador genial del siglo dieciocho, que "trazó la arquitectura de los infiernos".

Lo obsesionan ciertos temas —, los elementos, el fuego en primer lugar, la pintura, los colores, la noche, el infierno, los espejos, el doble y lógicamente para este férvido hijo del trópico, la nieve, los lagos de hielo, los hielos azules— y ciertos personajes de la literatura y el arte. El resumió esos temas, aunque dejando bastante por fuera, en la "Palabra liminar" para este deslumbrante primer libro, donde habla de "mi amor por el sueño, por los colores sin los cuales muere la mirada, por esa criatura que no conozco y que me invade infinitamente, por Borges, cuya genio importa una complejidad para las letras y la soledad del verso".

Denis llama a Turner, "hermano del fuego" y le pide que su espíritu "haga brotar llamas / En nuestras palabras". Este hermoso libro nos transporta a su "dorado" siglo diecinueve y consiste, añade con recato el poeta en "unos breves ejercicios". En un segundo libro —que después deshizo—, Leo casi toda la noche y viajo al sur en el invierno, título sacado de "La tierra baldía" de T. S. Eliot, tal vez el más famoso —y desolado— poema del siglo veinte, se desdobla el autor en Phileas —evocación, típica del sedentario soñador inveterado del famoso y muy práctico, aunque imaginado, viajero de Julio Verne, Phileas Fogg, que le dio la vuelta la mundo en 80 días—, Phileas Denis, entonces"un joven pintor del Caribe colombiano, viajero y ornitólogo", a la vez tallador que "con la mano del amor reinventa los colores" —y que viaja, en un bello homenaje a Aurelio Arturo, "al sur de fuego y madera roja nutrida por el fuego"—, al evocar a la "bellísima joven Magdalena que aparece en sus cuadros, cartas y memorias", y también a la región de "intensos azules" donde nació; que presencia cómo "regresa la noche a su lienzo y nos encierra"; y que en el cine, ese "salón de los sueños", siente "la extrañeza de una pared donde empieza el mundo".

En Ven a estas arenas amarillas, como tituló aquellos poemas para su segundo libro, Phileas Denis, ese "pintor de aves y viajero" imaginario, ese doble soñado, llega pues, creador de ensueños y de fantásticas imágenes, "al país de la metáfora, / Donde todo es pintura, esplendores / Que se apagan sobre el verano de tantas costas / Para quedarnos a morir aquí, / En estos aposentos del sur / Donde nació el mejor de los poetas". En este libro, tan rico en vívidas metáforas como el primero, el personaje del poema "De uno que vio a Circe", dice haber sido:

"…prisionero de unos brazos que conocen el vasto
Deseo del mundo, de unos cabellos que caen
Sobre mí todavía, como la lluvia de oro de Zeus
Entre acantilados vertiginosos, enrojecidos bosques
Y arenas amarillas. Fui cautivo de unos ojos
En cuya hoguera aún arden poemas de Homero.
Es imposible atravesar estos bosques antiguos
Y su magia
Sin que esta insoportable dulzura pueda matarte…
Y este deseo de volver a la isla sé que
Enloquecería a cualquiera."

Esos bosques antiguos y su magia, esas arenas amarillas a donde nos invita este poeta son pues la literatura, de Homero hasta Borges, y la que inspira la poesía "embriagada de metáforas" de este enloquecido portador de una personalidad múltiple que pinta esas —entre muchos otros fantásticos paisajes—, visiones increíbles —ese "juego de círculos y laberintos"— de Giovanni Battista Piranesi, autor de aquellas "impresiones caprichosas de cárceles", que previó en sus fantásticos grabados arquitectónicos de las ruinas subterráneas en la Roma del siglo dieciocho la opresiva atmósfera de nuestro tiempo. En sus oscuros grabados de cavernosas bóvedas, un difuso rayo de sol crea un espacio casi palpable, repleto de enormes arcos que se entrecruzan en forma ilógica, de escaleras y gigantes jarrones, candelabros, lápidas, trípodes y ornamentos, criptas y rejas, puentes levadizos y ominosos aparatos de tortura. El color está ausente en los grabados, y la impresión que causan es la de que ese monstruoso y sobrecogedor mundo subterráneo es una imagen del subconsciente colectivo, como lo son los poemas, llenos, desbordantes de color, ellos sí, de Fernando Denis, este feliz habitante del "país de la metáfora". También, como las pesadillas de Piranesi y las visiones de Turner, la poesía de Denis está signada por un fuego infernal. Como el Dédalo de uno de sus poemas, el poeta es un hechicero que llega "desde los confines donde nada es real" y "todo es pintura, esplendores de fuego".

Denis ha ido añadiendo a su poesía nuevos personajes, en este segundo libro: Remedios Buendía, por ejemplo, a quien le escribe una carta desde un cuarto de Macondo donde el poeta espía los crepúsculos; la Mohana, en cuya cabellera "se esconden los secretos de muchos"; pero sobre todo Tamerlán, y su amada Zenócrate, aunque no los personajes de la tragedia de Christopher Marlowe, sino transformados por la desenfrenada imaginación de Denis: Tamerlán, el cruel, "Azote de Dios y Terror del mundo" como se describe a sí mismo en la obra de Marlowe, conquistador del Asia central, de Rusia y de Persia, ávido de poder, pero que en los versos de Denis "observa metáforas" como cualquier poeta, y sufre de portentosos delirios, de los que lo salva, amante romántico y sensible, el recuerdo de la amada; y ella, la hija del sultán del ardiente Egipto, en el poema de Denis se desliza en su trineo "rompiendo hielos azules", como si viviera en Noruega. Cabe añadir que Marlowe fue tan libre en su interpretación de los personajes históricos como lo es Denis con los suyos. La historia para el genial dramaturgo inglés, los personajes de éste según Denis, son apenas medios para dar libre juego a sus visiones poéticas, pero en ambos está la esencia del conquistador, solo que en Denis en una forma indirecta, visto por su amada. Así, ella dice, hablando de su esposo, en un poema del libro, todavía sin título, que ahora está escribiendo:

"En su espada hay el sueño y la magia, hay un talismán
Que horroriza; su luz me aterra, enceguece a los hombres.
Por la noche el sueño no le da reposo, lo desgarra.
Imagina que ya es un dios, que es suyo el infinito.
Pero en mis brazos no es más que un hombre solo
Ardiendo en el lecho, temblor y amor
Mientras de los astros cae la nieve".

Platón, con Nietzche, el más poético de los filósofos, decía que los poetas eran mentirosos y los expulsó de su república ideal. Pueden ser mentirosos, pero lo son en una forma muy peculiar, pues se las arreglan para decir la verdad. ¿Puede haber mejor descripción que la de estos versos del poder desnudo del conquistador y a la vez del poder avasallador del amor? Y hablando de amor, de verdadero amor, ¿es posible definirlo con más ingenio y humor que éste, el más corto de los poemas de Denis, titulado "Ajedrez":

"Blanca o negra la tinta
Con la que escriba tu nombre
Siempre ganarás nuestra partida"?

Pero hay otra clase de amor —espiritual, se podría decir— el amor a la verdad y la belleza, que impregna toda la poesía de Fernando Denis, y cuyo dominio, doloroso y placentero a la vez, él imagina en William Turner:

"Un mar de ardiente fiebre calcina mis sentidos,
Mi pecho es una ciega tempestad invisible,
Siento en mí los escombros de ese sol imposible
Y el amor, el más hondo que se haya resistido,
Muero de luz en esta tarde sola del mundo,
Pasaré al horizonte incesante y profundo."

—Nicolás Suescún