martes, octubre 02, 2007

IN MEMORIAM





Conversando con Raúl Gómez Jattín
por Harold Alvarado Tenorio

Después de nueve años de ausencia, este Julio (1987) regresó a Bogotá, donde había consumido su juventud, el poeta y hombre de teatro Raúl Gómez Jattín (Cartagena, 1945-1997). Esta dilatada ausencia lo llevó por las tierras del Bajo Sinú, donde recorrió descalzo y a pie pueblos como Ciénaga de oro, Cereté, Lorica, San Bernardo, San Carlos, Ayapel, Sahún, etc.

Gómez Jattín hizo estudios de primaria y bachillerato en Cereté, Montería, Pamplona y Cartagena, y los universitarios, de derecho, en la Universidad Externado, donde hizo teatro con Carlos José Reyes. Ha dirigido dieciocho obras de teatro y actuado en otras veintidós. Su primer libro, Poemas, fue publicado en mil novecientos ochenta; para algunos de ellos han compuesto música Beatriz Castaño y Silvia Mejía, quienes lo han cantado a través de la república. Su último libro, Tríptico Cereteano (Retratos, Amanecer en el Valle del Sinú y Del Amor), aparecerá en las ediciones de la Fundación Guberek en Diciembre de este año.

Entiendo que su padre descendía de patricios cartageneros...

-Joaquín Pablo Gómez Reynero, mi padre, es sobrino en segundo grado del canónigo José Joaquín Gómez, fundador de la Universidad de Cartagena en 1827. Su hermano Raúl fue gran amigo del tuerto López, le diseñaba los libros y le dibujaba sus carátulas. Mi antepasado Tomás de la Cruz Gómez, tío en segunda línea ascendente de mi padre, fue ejecutado en 1783 en Lorica cuando el levantamiento comunero, y su cabeza fue expuesta en una jaula de hierro para escarmiento público. Mi abuelo José Joaquín Gómez fue contacto liberal durante la Guerra de los Mil Días y amigo personal del general Uribe Uribe, mi tío Carlos Gómez Reynero llevó la máquina Singer al Sinú.

Mi padre fue abogado, gran lector de Montaigne, de los novelistas rusos, de Shakespeare, de Balzac, de José María de Eça de Queiroz. Me legó una biblioteca no muy grande porque regalaba los libros a quien podía, pero si con joyas literarias como Las mil y una noches, que leí a los seis años, y una traducción de El Decamerón que aprendí a leer a los nueve. Desde muy niño se dedicó a mi educación intelectual y moral. Historia y filosofía, literatura, geografía y astronomía me enseñó Joaquín Pablo, pues adivinó y fomentó conscientemente mi vocación de escritor. Pero no pensó que fuera poeta, sino novelista. Fue periodista en Cartagena sobre temas educativos y de beneficio público. Escribía para El Universal.

¿Y los Jattín?

Los Jattín vienen de una aldea homónima cercana a Beirut. El 14 de Noviembre de 1900 mi abuelo Miguel, de apenas dieciséis años, llegó al puerto de Cartagena de Indias con tres hermanos mayores, una faltriquera de monedas de oro y un español un tanto atravesado y precario. Semanas después, por mar, se trasladaron hasta Lorica, en el bajo Sinú, y se dedicaron al comercio. Instalaron una factoría para vender telas, alambres de púas y grapas. Siete años después contrajo matrimonio con mi abuela Catalina Safar, natural de Sahleh, Siria. No hablaban español sociable, pero una gran colonia, que pronto se les sumó, permitió el desarrollo de la familia sin demasiadas tristezas. En Mayo de mil novecientos ocho nació Lola Jattin, mi madre.

Los Jattín hablaban francés y había una escasa biblioteca en ese idioma y en árabe. Mi madre me cuenta que de niña Miguel, el abuelo, le leía párrafos no escabrosos de Las Mil y una noches. La astucia para el comercio y su conocimiento milenario los enriqueció y otros jattin vinieron desde el Líbano.

A mediados de los años veinte mi madre y mi tío Miguel, el menor de la familia, fueron llevados en un viaje de placer por el Mediterráneo hasta la tierra de los orígenes familiares, donde permaneció mi madre por tres años, conociendo las costumbres no solamente del Líbano sino de Turquía, Egipto y la Arabia en general, y mi tío Miguelito fue internado en un colegio francés de Beirut, donde cursó el bachillerato en dos idiomas, el árabe y el francés.

Miguel Jattin, el abuelo, medía casi dos metros, de la estirpe de los árabes libaneses, de bellos ojos negros y de facciones nobles. Era generoso hasta casi ser dilapidador para ofrecer a sus hijos todos los placeres que fueran posibles. No fueron pobres los Jattin. Tenían el problema religioso de las desavenencias de las diversas sectas cristianas y, como árabes, ya conocían a los españoles. Mi abuela fue más conservadora y era de familia de menos recursos y cultura, pero era una mujer de una gran intuición de la vida y gran conocedora de las virtudes de las plantas.

¿Podría intentar un retrato de Lola Jattin, su madre?

- Lola Jattín tenía todas las virtudes y defectos de una princesa oriental. No era culta, a la manera occidental, aunque mi padre le enseñó inconscientemente, pero tenía la idea de un hogar fuerte y condescendiente, ante todo lo último, fuerte ante todo en el cariño y la protección de los hijos. Era de una gran belleza física y una gran estatura moral y una gran cocinera de los alimentos de su raza y cultura. Me mimó hasta el día de su muerte y crío nietos, los hijos de mi hermano Rubén, con la dedicación de una maestra. Hasta muy anciana, nosotros y Cereté todos la llamamos La Niña Lola. Desde muy niño me enseñó a comer la carne cruda, el ajonjolí, los pistachos, me enseñó y pulió una fuerte tendencia al placer con el comedimiento de la voluntad y de la necesidad del mejoramiento espiritual, me hizo bueno pero feliz.

Usted se educó en lugares diferentes de la costa...

- Mi padre fue un gran maestro. Cuando comencé a leer ya él había pasado la barrera de los cincuenta años y de memoria me repetía la obra de Darío y de López. Me enseño a injertar naranjos y a cultivar vegetales, a diferenciar un adjetivo de otro, él mismo me enseñó a leer. En Cereté fui a mi primera escuela, con una maestra genial, que dictaba clases a cursos de primaria y de bachillerato al tiempo. Esa mujer extraordinaria sabía desde las cuatro operaciones hasta las intimidades de Diógenes y Platón. Después estuve en el colegio de las monjas Capuchinas, con muchísimas mujeres, con centenares de ellas. A los seis años, mi padre, con el afán de educarme lo mejor que podía según sus recursos, me mandó a Montería y a los nueve, para curarme de una asma congénita, me enviaron a la colonia vacacional de Pamplona. De regreso de allí fui a Cartagena a vivir con Catalina Safar viuda de Jattin, mi abuela, que me odió pero enseñó a vivir.

¿Cómo fue su vida en Cartagena?

- El esplendor de Cartagena palió un poco el dolor de la separación de mi madre y de mi padre. Todos los días, después de salir del colegio, me escapaba a la muralla y al mar para recoger conchas y caracoles y a escribir una pequeña novela sobre mi madre y mi familia. Una novela de nueve páginas donde narraba la fuerza emotiva de mi madre, su relación a veces conflictiva con sus familiares y la separación obligada de unos hijos que tuvo de un primer matrimonio y mi soledad, mi desamparo en la casa de mi abuela, que quedaba en el centro de la cuidad, en la calle de la Mantilla, así llamada porque una dama de la época de la colonia se suicidó, ahorcándose con su mantil, al verse abandonada por el amante.

Cartagena tenía el esplendor arquitectónico que nunca imaginé existiera en una ciudad y tenía cines donde refugié mi soledad y mi imaginación. La primera película que recuerdo haber visto en Cartagena fue Velvet con la Taylor, luego vi decenas de filmes del Oeste. Yo veía hasta diez y doce películas semanales. Recuerdo que el 23 de Octubre de 1958 comencé a ver El último Cuplé, de Sarita Montiel, durante trece sesiones consecutivas, de esa artista española que admiro profundamente. En 1959 vi Vértigo, de Hitchcock, que me fascinó.

A los nueve años mi madre me enseñó a fumar y a los catorce un primo árabe me indicó los secretos del ron y de ciertos burdeles que él frecuentaba. Recuerdo uno, en especial, El niño de oro. El día que mi primo me llevó, había llegado un alegre grupo de quinceañeras. Le tuve tanto miedo al asunto que me orine en los pantalones. El burdel era de luces multicolores y de plantas tropicales, cerca de la parte de Tesca, rodeado de mar muerto y hediondo. Era un lugar lujoso y caro. Todavía recuerdo a una mujer de ojos verdes que me inspiraba una profunda timidez porque tenía algo maternal en su ánima.

Luego fue maestro al terminar su bachillerato...

-Mi padre gastaba todo su dinero en satisfacer los deseos de mi madre, que se compraba, prácticamente, un vestido cada día, tanto que decía que le iba a poner un trapoducto desde los almacenes del pueblo hasta las maquinas de coser de las modistas. Como no contábamos con recursos económicos suficientes para ese entonces, mi padre me convenció que fuera profesor de Historia y Geografía en los colegios de bachillerato. Yo tenía diecinueve años y me resistí durante varios días, pero al fin triunfó la persuasión y pude gozar del trabajo maravilloso de estar cuarenta y dos horas semanales hablando de Eurípides, Pandora, la Osa mayor, la forma geográfica de las Españas, de Italia, de África, a unos alumnos que muchas veces eran mayores que yo. Enseñé Historia y Geografía de primero a sexto de bachillerato en tres colegios donde la gente, venciendo la natural resistencia, aprendió a escucharme con generosidad y me preparó para mi futuro trabajo de teatro, de ocho años de actor, en el Externado, donde estudié derecho...

Hablemos de esa época cuando fue actor...

-Los primeros papeles que hice fueron cuatro cuentos adaptados de Los Funerales de la Mamá Grande, luego hice la adaptación de La prodigiosa tarde de Baltasar y un pequeño papel en Los baúles empolvados, de Reyes. Era muy tímido y no podía casi hablar en el escenario, pero me apasionaba mi trabajo y Carlos José fue siempre paciente y alentador. En mil novecientos sesenta y nueve me concedió un papel protagónico en Gran imprecación frente a los muros de la ciudad, de Dors. Y después trabajé, haciendo de madre superiora, en Las monjas, de Genet.

Para mí el teatro ocupa un lugar subsidiario, al lado de la poesía, en mi desarrollo personal, pero es algo que entraña un gran placer y una gran fuerza en mi vida de veinte años para acá. Me encanta ofrecer emociones con mi cuerpo. He representado incluso papeles femeninos, como dije arriba, y aunque desde mil novecientos setenta y uno empecé a dirigir mis propias obras, no significa nunca lo que mi alma ha alcanzado, como seguridad, en su desarrollo, en el trabajo de la poesía, que comencé a los veintiún años. He hecho también una adaptación de Eréndida y otra de Los arcaniences, de Aristófanes, también obras de Kafka y Cepeda Samudio. Al terminar mis estudios de Derecho me fui a vivir a Cereté..

Y tuvo el advenimiento de una nueva era...

La política había penetrado el teatro colombiano. Mi trabajo teatral siempre tocó lo mítico antes que lo histórico, lo estético antes que el detalle antropológico o sociológico. Soy ajeno y contrario a cualquier injerencia, de una actividad como la política, a la que considero de menor rigor intelectual que el arte, en el mundo de este. Las consideraciones políticas aparecen en las grandes obras de arte, no como una premeditación sino como una meditación y un reflejo secundario. Me sentía frustrado, no sólo por esto, sino ante todo porque se me agolpó todo lo que había visto sobre arte, sobre vida, y me sentí confundido y perdido y loco y tonto.

Me encerré en una pequeña finca que tenía mi padre en los umbrales del pueblo, con una biblioteca donde ante todo estaba la poesía, casi toda la poesía universal y perdí la relación coherente que había tenido con la vida y el arte. Mi imaginación poética empezó a nacer, dolorosamente. Lloré casi dos años mi infortunio mientras cultivaba mangos, calabazas y berenjenas. Me cuidaban mis sobrinos. Enloquecí totalmente, encerrado en la pequeña heredad. Mi padre comprendió. Mi madre sufrió. Mi hermano no entendió, él y su esposa me despojaron de los bienes que me dejo mi padre, incluso del seguro de pensionado de que yo disfrutaba a causa de mi enfermedad y de algunos solares en mi pueblo.

Los alucinógenos dieron alas y aire a mi imaginación de artista pero saturaron, de una manera mortalmente negativa, mis emociones. La muerte de mi padre fue seguida de un delirio mortal que me llevó a estar encerrado en un hospital mental durante cincuenta y seis días sin probar alimentos, sin acostarme, sin siquiera tomar agua. Pero ahí nació mi coherencia poética. Al salir escribí en unas semanas un pequeño libro que nunca publiqué. Humor negro liberándome de la tragedia de la locura. Volví a Bogotá y emprendimos con Carlos José y Miguel Durán el montaje de Final de partida, de Beckett. Montaje frustrado por un nuevo ataque a mi débil emocionalidad.

Siguieron nueve años, que han oscilado entre la mendicidad en las calles, el domicilio de aceras y parques y estancias más o menos prolongados durante once ocasiones en diferentes clínicas siquiátricas, pero no he dejado de escribir. La publicación, en mil novecientos ochenta, de un pequeño libro, promovida y realizada por mi amigo Juan Manuel Ponce, le dio un piso algo sólido a mi existencia. He trabajado en las clínicas siempre, he escrito por lo menos una tercera parte en las clínicas, si se me pidiera repetir la experiencia me negaría horrorizado, pero si me dijeran que renunciará a ella lo negaría rotundamente. La alquimia entre el dolor de la locura, mi frustración personal, el duro trabajo de leerme tantos libros, ver tantas películas y de escuchar el amado y difícil Joan Manuel Serrat que me enseñó a entender a Machado, y el duro esfuerzo de escribir diariamente quince o veinte páginas, dieron como resultado una cogida a mi obra poética, sobre todo de parte de los poetas Jaime Jaramillo Agudelo, y el difusor de la cultura y escritor Milciades Arévalo.

Después de estos ires y venires, ¿cuál es su concepto de poesía?

Como poeta pasional que soy, que me padezco, es mi problema trascendental la coherencia del poema. Siempre he envidiado la perfección conceptual de Machado o de Borges; considero a la poesía como un arte del pensamiento que incluye la filosofía, es el arte supremo del pensamiento, es el pensamiento vivido, trascendente e inconsciente, lo que agrava más su dificultad. Lo que otorga el verbo a los pueblos. La relación tradicional, desde el hombre primitivo y su lenguaje, ha sido esencialmente poética; la poesía es el pensamiento en su esencia primigenia, es el pensamiento mismo.

Soy un poeta que aspira a un rigor conceptual que me permita mostrar o demostrar una realidad, y a veces todo en una autonomía absoluta de la poesía, odio con miedo cualquier estética programática; quiero para mis compañeros poetas esencialmente libertad. Aspiro en mi obra a una claridad misteriosa, a un misterio que trate de dilucidarse a sí mismo, a una forma que se invente, no premeditada sino meditadamente, a un entronque con los grandes maestros, mis maestros de siempre. Platón, a quien considero incluso superior a Homero, más un poeta que un filósofo; Villón, que tanto fue amado por mi padre; mi adorado Rimbaud; Whitman, mi maestro moral en muchos aspectos; Machado, Kavafis, Pessoa, Borges y Paz.

Revista Papel de Luna, Bogotá, Febrero de 1988.

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